El Apóstol (Fernando Cortizo)

Ayer en Sitges pudimos disfrutar de una nueva propuesta animada salida de Galicia. En esta ocasión asistíamos a una cinta creada a partir de la técnica ‹stop motion›. Si bien es verdad que el audiovisual gallego lleva apostando años por la animación, no es menos cierto la escasa calidad narrativa que ha mostrado en ocasiones. Por suerte, ese no es el problema de O Apóstolo.

Todo el mundo lo ha gritado a los cuatros vientos tras la proyección: huele a Tim Burton, sí, pero posiblemente también tenga parte del encanto de la escuela checa. Sea como sea al cineasta Fernando Cortizo no le hace falta mirarse en otros para construir un relato único donde la idiosincrasia y las leyendas gallegas son las protagonistas y quienes marcan la atmósfera de lo que acontece, con unos personajes marcados con pequeñas pinceladas, perfectamente reconocibles tanto en el género de terror como en la manera de entender la esencia gallega.

Una fuga de una prisión acaba con uno de los fugitivos buscando un tesoro escondido en un pueblo por donde transcurre, o no, el camino de Santiago. Pronto queda claro que los variopintos lugareños ocultan tanto o más que nuestro ladrón protagonista, que se hace pasar por un humilde peregrino. El espectáculo circense se va construyendo poco a poco en los días y noches que el héroe pasa en el poblado mientras va descubriendo todos los misterios del lugar y sus habitantes. Paralelamente tenemos el viaje de un cargo eclesiástico, cargado de tópicos y con algunos chistes fáciles a su costa basado en el contraste entre lo que debería representar como soldado de Cristo y la parodia que resulta ser el fondo, al mismo pueblo donde suceden todos los acontecimientos.

Es cuando se unen las dos historias, la del ladrón atrapado en un pueblo donde acontecen todo tipo de extraños y macabros sucesos mientras intenta hacerse con un botín y la del viaje entre el gordo glotón eclesiástico y su sufrido ayudante que van a recuperar un collar, cuando todo se acelera la acción en demasía y se alcanza un final precipitado y algo torpe por la simpleza con la que acaba. Pero no obstante, a la cinta se le perdonan estos detalles por el buen ritmo que adquiere, por la brillante construcción de escenas góticas y oscuras, o ese momento musical donde se nos explica el origen de toda la trama haciendo que la típica escena donde se nos cuenta todo de manera atropellada (algo típico en el género, por otro lado), adquiera una dinámica inaudita y deliciosa, con unos dibujos maravillosos acompañados de una música fantasmal francamente remarcable y que hicieron disfrutar como un enano a un servidor.

Los muñecos son el vivo reflejo de sus actores, que han sido grabados para luego capturar en sus avatares todas sus expresiones faciales y gestuales. La técnica ‹stop motion› es depurada aunque se centra principalmente en los personajes, sin embargo, Fernando Cortizo demuestra bastante inteligencia al hacer una virtud de ello, pues la construcción de espacios está pensada para potenciar la sensación fantasmagórica del relato, con todo el paisaje desolado, poblado por una espesa niebla y donde todo parece sin alma, muerto. Queda clara entonces la apuesta por adquirirle la mayor vida posible a los muñecos en detrimento del resto del paisaje visual.

En resumen, estamos ante un espectáculo muy disfrutable, que salvo su precipitada conclusión carente de la imaginación que estaba dominando la obra hasta entonces, se le puede achacar más bien pocos fallos.

Gran cinta animada con aroma a meigas. Que haberlas, haylas.

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