Fue la mano de Dios (Paolo Sorrentino)

È stata la mano di Dio, galardonada con el Gran Premio del Jurado, se estrenó en Venecia el pasado 2 de septiembre y la naturaleza de su buen recibimiento y celebración resulta completamente estremecedora y decepcionante. En anteriores trabajos ya intuimos la presencia de una masculinidad imperante, pero la nueva propuesta de Paolo Sorrentino articula un pretencioso y sumamente testosterónico drama autobiográfico que confía demasiado en la sabiduría de su propia experiencia vital —exhaustivamente glorificada—. El director anida la primera parte del largometraje en una excéntrica comunidad de vecinos, cuya relación despliega una comedia hiperactiva e insolente que recae en un abuso incesable a la integridad femenina. El resultado es un Sorrentino más obsceno y misógino que nunca.

La comedia oscila entre dos obsesiones: el sexo y Maradona. Aunque es imposible abordar todos los personajes femeninos del film desde un único sentido crítico, ya que cada uno de ellos es explotado narrativamente de manera distinta, su totalidad es comprendida, definida y filtrada a través de los personajes masculinos, cuya mirada opera violentamente sobre el metraje y condena a sus mujeres a una construcción y desarrollo psicológico de lo más ridículo, nauseabundo e irrespetuoso, transformándolas en mero material cómico.

Entre los ejemplos más problemáticos está el personaje de Patrizia —interpretado por Luisa Ranieri—, quien se presenta al inicio del film a través de la obvia, descarada e innecesaria exposición de sus pechos y que actúa de manera absurdamente ingenua a lo largo del metraje. Además, es víctima de violencia de género, tema que es frivolizado, relativizado y sexualizado hasta el punto de ser una excusa para consolidar la comedia. Su valor como personaje queda inmediatamente reducido a ser una tentación sexual. En contraposición a Patrizia encontramos una mujer gorda que es incapaz de mantener una pareja estable y se conforma con la compañía de un hombre irritante y excesivamente mayor que necesita un laringófono para comunicarse. La idea de que alguien corriente es inaccesible para ella se emplea para degradarla y alimentar la comedia. Se confirma que se debe a su sobrepeso durante una escapada al mar; ella quiere bañarse, el resto de vecinos la miran expectantes y Sorrentino le dedica un plano general desde el interior del agua, dónde la vemos caer descomunalmente.

Las mujeres en È stata la mano di Dio mantienen un inquebrantable vínculo con el sexo, impuesto desde el deseo masculino. Mantener una relación ninfomaníaca con la feminidad es misoginia. No ser capaz de construir personajes femeninos jóvenes, que no sean un sujeto sexual al mismo tiempo, también es misoginia. Incluso la ruptura de esta constante es empleada para someter satíricamente a una de las mujeres de la película —una abuela cuyo único aporte narrativo es desvirgar al protagonista—.

La otra vertiente cómica del largometraje deriva de la figura de Maradona, un futbolista argentino de renombre que es fichado por el Nápoles. Los personajes masculinos de la película quedan cautivados en cuerpo y alma por este acontecimiento que conduce a otra situación en la que un personaje femenino es simplificado hasta el punto de convertirse en una ficha, en una estrategia cómica barata. Maria Schisa —interpretada por Teresa Saponangelo— descubre por teléfono que su marido, Saverio Schisa —Toni Servillo—, la engaña. Ella se corroe de dolor y lo echa de casa. Seguidamente la vemos hacer malabares en su habitación —una habilidad por la que es enormemente halagada en la comunidad de vecinos—. A Saverio se le dedica una escena en la que parece que está hablando con su amante, pero realmente ha recibido la noticia del fichaje de Maradona. Su eufórica reacción eclipsa el conflicto por completo y el dolor de María deviene un cebo sin importancia.

Con la muerte de los padres de Fabietto —Filippo Scotti—, el film pretende ponerse serio acompañando al protagonista en su intento de abandonar la adolescencia —que va mucho más allá de desvirgarse, aunque a estas alturas el planteamiento del director ya no es sorprendente— y la búsqueda de su causa. No obstante, Sorrentino se las ingenia para componer un desenlace terminantemente desastroso. Un importante director de teatro y cine interrumpe bruscamente la interpretación de una joven actriz, menospreciándola frente a su público. A continuación el hombre abandona la sala indignado y despotrica interminablemente. Se posiciona como un ídolo, como alguien que es portador de una verdad poderosa, cuando lo único que ha hecho es acribillar a una chica adolescente que se está formando artísticamente a costa de exponerla como un ente estúpido, no realizado, frágil y dependiente. Para rematar el desmedido discurso de este personaje, entre adornadísimas lecciones sobre la manera correcta de hacer cine y referencias sexuales, se marca un “Men don´t cry”, advirtiendo a Fabietto que no debe descomponerse ni mostrar debilidad jamás.

El final habla por sí solo; esta película es la viva forma de una masculinidad pestilente y pasada de tuerca que ni hace gracia ni conmueve. Puro falocentrismo. Paolo Sorrentino está convencido de que su alter ego es un héroe y deberíamos dejar —urgentemente— de seguirle el rollo y, sobretodo, de ensalzar la ambición como un atributo honorable per se. Tener una mirada inconsciente puesta siempre en el futuro no tiene ningún valor, porque no está en armonía con el resto de realidades, especialmente la femenina.

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