La mirada de Loznitsa cuando hace ficción no puede desprenderse de esa observación clínica de otros trabajos que disecciona habitualmente en sus largos y detenidos planos documentales. Dos fiscales recoge ese espíritu de observador distante que ve la vida pasar ante su cámara. La película se construye sobre imágenes muy frías, casi asépticas y de aire escultórico, a las que rellena con intensos diálogos para mostrar la verdad interior de sus escasos personajes. La historia se vertebra sobre reducidas escenas planteadas como cuadros escénicos con un mismo telón de fondo que ahoga desde las mismas entrañas de la peor etapa del estalinismo. El final de los años ’30 del pasado siglo marcó lo que se llamó la Gran Purga de Stalin o el Gran Terror, maniobra aniquiladora y represiva de cualquier atisbo de amenaza política a la nueva sociedad socialista que se estaba construyendo, buscando una “purificación” mediante la ejecución o deportación de millones de personas a los campos de concentración.
La película bebe de la novela homónima de Georgy Demidov, uno de tantos deportados políticos a un gulag que pasó 14 años sufriendo todo tipo de torturas a las que sobrevivió bastante erosionado, pero con la fuerza suficiente para hacerles frente escribiendo en 1968 un texto interceptado por la KGB que no vio la luz hasta 2008, tras el empeño de su hija. Esa atmósfera física que destilaba la tensión y represión de una sociedad bajo un sistema totalitario que condenó y desvió el utópico proyecto de sus orígenes, se traduce perfectamente en la plasticidad visual de Dos fiscales. Uno de los grandes aciertos de la película se articula sobre la estética impecable conseguida por Oleg Mutu, su director de fotografía, así como un fascinante etalonaje que condensa en una gama de grises, negros, marrones, mortecinos y gélidos, toda una declaración de principios con base documental y alejada del espectáculo visual que termina minándonos.
Casi toda la película respira una desaturación del color y un efecto invierno que traspasa la pantalla confiriéndole textura cercana a archivos históricos recuperados. El tono frío y paletas de tonos reducidas buscan el reflejo del pasado de la estructura de la URSS ahogada en una administración congelada por un sistema implacable al que resulta imposible encontrar brechas emocionales y de justicia. Loznitsa paraliza el tiempo y las iniciativas individuales con esas pieles cianóticas de sus personajes privados de dignidad. Los presos políticos que, a duras penas, entran a la prisión, lo hacen como cuerpos vampirizados para pintar débilmente la estructura misma del sistema penitenciario, que recrea en un plano de líneas cruzadas muy potente con unos andamios de madera ruinosos donde la vida carece de valor.
En ese lugar envejecido, una de las cartas de súplica y queja redactadas por los presos termina sobreviviendo por el azar a la quema en una estufa. Es la de un anciano que demanda con tinta de su propia sangre la atención de la fiscalía de su región por la injusticia cometida con él, considerándole antirrevolucionario.
Encerrado en el pabellón 5, donde se encuentran los más “peligrosos” para el Estado, malvive tras autoinculparse presionado por las torturas recibidas de la NKVD (policía secreta de Stalin) con un mínimo hilo de vida, agravado por una enfermedad infecciosa ignorada adrede. Atendiendo a esa súplica llega un fiscal muy joven e idealista de rostro céreo y ojos inseguros. Lleva tres meses en su cargo y se mueve por la firme convicción de alguien que ha nacido bajo el sistema soviético al que se consagra con una lealtad absoluta.
Lo que sigue después de esa intensa entrevista con el anciano nos adentra en un denso y laberíntico mundo burocrático que ya comenzó con las trabas y amenazas veladas del subdirector y director de la cárcel que van adquiriendo un tono mucho más severo y obstaculizado cuando se dirige directamente al fiscal general en Moscú sin cita previa al considerar su asunto de vital importancia. La puesta en escena de Dos fiscales subraya la sensación de impotencia del joven fiscal que parece no poder salir de los pasillos estrechos y largos, exentos de ornamentación y bañados en gris, como el uniforme de los trabajadores. Existe en esta película un uso depurado al máximo en lo visual y sonoro atravesado por una geometría constante de líneas rígidas que marcan las vidas de los ciudadanos de ese 1937 atroz y la experiencia áspera del espectador.
El formato casi cuadrado representa a la perfección la opresión del régimen y la pétrea actitud de los que ostentan cargos importantes en el sistema judicial. Uno de los momentos más álgidos a partir de la segunda mitad de la historia es la conversación habida entre los dos fiscales, cuando el recién llegado a la justicia pasa de escuchar a actuar con firmeza y por qué no, bondad. La enorme sala donde es atendido posee techos altos y una mesa muy alejada enfatizando el muro con que se va a encontrar. Utensilios de escritura burocráticos de mármol gris a modo de barrera con el visitante y un busto enorme de Stalin sobre ellos no pueden ser más elocuentes.
Los actores (Aleksandr Kuznetsøv como Kornev y Anatoly Bely inspirado en Vyshynsky) sostienen un duelo entre el ímpetu por la búsqueda de la verdad y el cinismo del poder corrupto con una actuación memorable en el que una leve sonrisa disimula lo inevitable. En la parte final con ese viaje de vuelta en tren de Kornev y fiesta con vodka incluida, el color se vuelve engañosamente algo más cálido en el camarote con la luz ámbar intermitente de la ventana sobre su rostro más relajado. Un final de una película de avance lento, como los trámites que sufre el fiscal, en la que no hallamos afectación y dramatismo exagerados, pero que termina hiriéndonos tras esa puerta de la prisión que cierra circularmente la película sin atisbo de esperanza alguna.
Loznitsa condena el totalitarismo del pasado en la URSS que tanto ha reflejado en su cine, pero otras formas totalitarias van surgiendo peligrosamente en la actualidad adoptando modos aparentemente inocuos.

Profesora de Secundaria. Cinéfila.
“El cine es el motor de emoción y pensamiento”









