Del lado del verano (Antonia San Juan)

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Siempre han existido dos vertientes en el cine de cara al modo de tratar la realidad. Para muchos, lo ideal es alejar la película todo lo posible del mundo que vivimos, llevar al espectador a una esfera onírica con el objeto de que durante dos horas se abstraiga de todos sus problemas; es lo que muchos han llamado “la magia del cine”. Otros, en cambio, defienden que el cine debe reflejar la realidad del momento para así realizar una crítica social, una postura que sus defensores argumentan como la que verdaderamente refleja el carácter artístico de este medio. Algo innegable, pero suscita una pregunta: ¿hasta que punto lo real es interesante?

Del lado del verano es de esas películas que tratan de reflejar el estilo de vida de un grupo concreto. En este caso, la directora Antonia San Juan nos dirige a una familia canaria sin aparentes problemas de dinero, pero con un enorme agujero social y cultural. Casi todos sus miembros son de lo más vacío, zafio y repelente que se pueda imaginar una persona que haya tenido alguna vez en la vida un libro entre sus manos. A los pocos que no adoptan este modelo de conducta, les exigen cambiar: “Esta es nuestra familia”, le exhorta Estela a su hermana Tana, una joven universitaria que reniega de los malos modos de sus parientes.

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Por tanto, lo que esta cinta plantea es muy sencillo: un análisis social de la que podríamos llamar Generación Sálvame, integrada por todos aquellos que sienten que ser vulgar no sólo es lo correcto, sino que hay que estar orgullosos de ello; que ven a las personas como unos seres sobre los que chismorrear, sin importar el daño que se les pueda causar aunque se trate de sus propios hermanos; que educan a sus hijos según lo que les digan ellos y no los profesores. En definitiva, el tipo de gente que cree que Marcel Proust es un futbolista del Getafe.

El problema que tiene Del lado del verano es que en ningún momento queda claro si se está criticando o defendiendo ese estilo de vida. Si atendemos a lo que dijo su directora, la cinta tiene que tener un efecto “terapéutico” en la gente. Pero el estilo en el que está contada es tan superfluo que es difícil pensar que la película pueda servir para algo más que para reírse. Sí, porque el ser humano es tan peculiar que ante abominaciones como los personajes que pululan por esta obra no puede hacer otra cosa que desternillarse, aun cuando sepa perfectamente que en algún lugar no muy lejano al suyo, existe alguien similar.

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Tampoco invita a reflexionar el irregular guión, que avanza con más o menos decencia en la primera hora de película para luego ahogarse en un mar de tópicos, hipérboles y situaciones cogidas con pinzas durante los cuarenta minutos finales. Trata de abordar una pléyade de temas (adulterio, muerte, enfermedad…) que no aportan nada al conjunto, ya que en cien minutos sólo se pueden tratar de una manera muy superficial, como desgraciadamente sucede en el caso que nos ocupa. Eso sí, la música está presente en todo momento para hacernos despertar unas emociones que no logran las imágenes por sí mismas.

El que aquí escribe es el primero en agradecer el esfuerzo por intentar retratar una corriente tan nociva para el ser humano como la del suicidio cultural, que parece estar de moda durante los últimos años en nuestro país. Empero, para criticar un estilo de vida tan vacío se requiere un cine profundo, que destape las vergüenzas poco a poco, y no un cine igual de vacío y exagerado en sus formas que hace que el espectador se quede igual que al principio, cosa que le ocurrirá a la mayoría tras ver Del lado del verano.

Un comentario sobre “Del lado del verano (Antonia San Juan)”

  1. La película resulta, a mi modo de ver, más un filme costumbrista que de tesis. Muestra un sector de la sociedad canaria, una forma de relacionarse con el mundo. En las palabras de algunos personajes reconocemos a nuestras abuelas, a las cuñadas, a las vecinas. Canarias ha cambiado mucho en los últimos veinte años, pero aún perviven, en ciertos grupos sociales, comportamientos e ideas que hacen equilibrios en la a veces imperceptible línea que separa ese Sálvame que citas y el más puro cosmos almodovariano. Para algunos de los que podemos contemplarlo más o menos de cerca, no es posible dejar de sucumbir a cierta fascinación por ese mundo. La película, en ese sentido, y aunque sea mejorable, consigue extraer para la gran pantalla una realidad que no es tan fácil de radiografiar con el tono que, al final consigue: el que permite que el espectador no sepa si se critica o se celebra.

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