Cosmética del enemigo (Kike Maíllo)

Una de las peores cosas que le puede pasar a una película y que por desgracia le sucede a Cosmética del enemigo es no generar dudas ni debate al respecto de su desenlace. No hablamos aquí de un ‹final twist› polémico ya que, al fin y al cabo, lo acaecido se ve venir desde casi el inicio del film. Ante ello hay varias preguntas a hacerse: ¿Es intencionada dicha obviedad? y, ante eso eso, ¿cómo mantener el pulso si el presunto misterio no es tal?

Evidentemente no está en nuestras manos dar respuesta cumplida a la primera pregunta, algo que debería resolver el director, Kike Maíllo o, en todo caso, leerse la novela de Amélie Nothomb en la que está basada la película. Lo que sí podemos, dentro de nuestras posibilidades, es tratar de resolver la segunda cuestión, concluyendo que, dado el resultado final, efectivamente es posible hacer de un film previsible una experiencia disfrutable o, como mínimo, tan interesante como intensa.

Cosmética del enemigo se sostiene fundamentalmente en un guión sólido, interpretaciones convincentes y, sobre todo en un trabajo en el montaje esencial para convertir un diálogo situacional en un aeropuerto en algo muy cercano al thriller. Cierto es que para desarrollar la acción y salir un poco del plano-contraplano hay un abuso (a veces sobreexplicativo) del flashback pero que, dada la narrativa del film, acaban siendo notas a pie de página de lo realmente importante, el pulso dialéctico entre los dos protagonistas que se complementa con pequeños planos detalles que matizan sus palabras o las propias personalidades.

Fácilmente se podría haber caído en un estatismo intelectualoide o bien un “cámara en mano” de seguimiento íntimo. En cambio el recurso utilizado es más adecuado para dotar de agilidad a la narración y añadir tensión a una situación que, paulatinamente, se va envenenando. Y es que precisamente de eso va básicamente el film de Maíllo, del paulatino descenso hacia los abismos de los traumas personales y de los gatillos que los activan.

No sólo son los interpretes tienen su peso en el film. La arquitectura y los espacios vacíos cobran su importancia en tanto que son reflejo del estado emocional y al mismo lo alimentan. De la calidez de una sala de conferencias y del aplauso de la multitud a un lobby de espera en el aeropuerto donde todo se va difuminando alrededor de los protagonistas, reduciéndose a un especie de maqueta de miniatura emocional. Un espacio pues, tan necesario como proactivo en el devenir de la historia.

Sin entrar en detalles que desvelen a dónde lleva finalmente la trama, Cosmética del enemigo tiene el mérito de saber sobrevivir al presunto enigma que planea sobre la trama pero que, a la postre, no es tan difícil de adivinar dada la propia naturaleza del film. Quizás por ello aún es más meritorio que Maíllo sepa mantener un pulso firme y dinámico para lo que podríamos denominar thriller dialogado aunque no tanto por lo que respecta a su voluntad de bisturí de las emociones humanas.

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