En 2010, Tucker & Dale contra el mal fue una película que causó un gran entusiasmo colectivo dentro del reverso más desprejuiciado del ‹fandom› del cine de terror, con una hibridación entre horror y comedia que hacía gala de un equilibrio orquestado. Sin un tono tan marcado, y tras varios proyectos de desigual recibimiento, su director Eli Craig ha vuelto a generar cierto interés en la comunidad del cine de género con Cosecha sangrienta (Clown in a Cornfield, 2025), un ‹slasher› de manual que se aprovecha de la actual tendencia iconográfica de los payasos malvados para efectuar una decente hoja de ruta por algunos de los lugares comunes del terror adolescente. Y este ‹target› es altamente comprensible si nos atenemos al material de origen, la novela homónima del autor norteamericano Adam Cesare, pieza de reciente repercusión literaria entre los jóvenes lectores de historias de terror.

La historia de la novela se enlaza directamente con los mapas conceptuales del ‹slasher› clásico, y esa es la marca a seguir por parte de esta adaptación. La adolescente Quinn y su padre se mudan a la pequeña localidad de Kettle Springs con la esperanza de dejar atrás un pasado reciente un tanto oscuro. Lo que se encuentran es una pequeña región asolada por una crisis económica auspiciada por el cierre de la fábrica de sirope de maíz, principal motor financiero de la localidad, con una comunidad fracturada y un devenir un tanto confuso; la crisis se acentúa cuando comienza a sucederse en el pueblo una oleada de crímenes, saliendo a la luz una figura anónima vestida de payaso que parece tener su origen en los campos de maíz; su vestimenta está heredada de Frendo, la antigua mascota de la mencionada fábrica. Teniendo en cuenta este argumento, no es difícil adivinar que Eli Craig plantea un tejido conceptual que hereda los estamentos argumentales y tonales del ‹slasher› más clásico, reformulando los espacios comunes que el aficionado más experimentado ya habrá visitado previamente con los clásicos de décadas pasadas. No es difícil sentir efluvios de cintas como La noche de Halloween o Viernes 13, por citar las referencias más evidentes, en la manera que Cosecha sangrienta trae a la actualidad ítems tan reconocibles como el villano anónimo con indumentaria característica, procurando un carisma escénico bajo la pretensión de convertirlo en miembro del ‹star system› del terror. En su fórmula de retrotraer al fan a tiempos pasados, tampoco falta el grupo de arquetípicos adolescentes carnaza de homicidio, o su ‹final girl› con un arco propio de personaje. No obstante, donde la cinta de Craig sale mejor parada es en su intento de plasmación de la típica comunidad norteamericana decadente y depresiva, campo de acción rico en texturas para este tipo de tramas, a la que da una naturalidad tonal que va mucho más allá del mero escenario para el ‹body count›; su dramatización en un entorno rural aislado nos permite también el sentir la vuelta a un horror más propio de aquellos ‹slashers› germinales urdidos en los locos años 70.

Teniendo presentes los antecedentes de su director, no es de extrañar que dentro de su factura de cinta de horror de efluvios de videoclub se produzca cierto pivote hacia la comedia, no tan marcada como en Tucker & Dale contra el mal, pero sí insertada lo necesario para proponer cierta profusión tonal. La película no arriesga demasiado su fórmula pero es en sus escenas de impacto donde consigue jugar con las reglas básicas bajo cierta soltura, apostando por un fan service conservador pero profundamente honesto. Es ahí donde radica el encanto de la propuesta, jugando con la normativa conceptual del ‹slasher› huyendo de pretensiones vacuas, y así dirigirse a un público experimentado en este tipo de historias que aceptará la artesanía con la que es proyectada los patrones del género. Su ausencia de espíritu revolucionario es compensada con la eficiente asimilación de la “estética ‹slasher›”, que quizá no esté tan atinada en su querencia por establecer un nuevo villano icónico (la efigie de Frendo quizá es un cliché ya desgastado, Terrifier mediante), aunque su subtexto social acerca de la actual América rural otorga un empaque inesperado a su conclusión. Cosecha sangrienta no reinventa ninguna escala de patrones dentro del terror, pero sí supone un manual de instrucciones para comprender el por qué el ‹slasher› jamás se va fuera de la tendencia dentro de la producción de cine de género.







