Cortinas (Richard Ciupka)

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Una de las cualidades que más valoro en el cine de terror es su capacidad para forjar imágenes de un horror indeleble, estampas pesadillescas que ni siquiera necesitan asentarse en el terreno de lo real (o, peor aún, de lo verosímil) para mantener su fuerza desestabilizadora, más bien al contrario: ésta nos llega con igual o superior intensidad incluso cuando se enmarca en un contexto decididamente absurdo o irreal, tal vez porque, en su condición de imagen inconsciente, nos sugiere que toda forma de horror (incluida la más inviable y espantosa) es posible. En Cortinas, curioso slasher canadiense dirigido por Richard Ciupka, hay al menos dos escenas que ponen sobre la mesa imágenes de este tipo: una tiene que ver con una muñeca (de corte siniestro, según marca la tradición) parada de espaldas en medio de una carretera vacía, bajo la fría lluvia. La otra muestra al asesino de la función patinando sobre un lago helado con una máscara monstruosa (que simula el rostro decrépito de una anciana o de una bruja) y una hoz en la mano, dirigiéndose hacia la víctima a la que pretende segar la vida. Si bien la primera escena pertenece al sueño de uno de los personajes de la película, la segunda, por la forma en la que está filmada (mediante la cámara lenta, intentando estirar la agonía de la víctima y la angustia del espectador), se diría también producto de alguna mala experiencia onírica. Ambas, a la postre, condensan la principal virtud de Cortinas: su habilidad para sobreponerse a sus muchos tópicos y situaciones ridículas a través del escalofrío generado por varias de sus imágenes (incluso si dichas imágenes son, a su vez, moneda común dentro del universo estético del subgénero –servidor cree firmemente en el poder inagotable de algunos de los recursos expresivos adscritos a esta pequeña parcela del cine de terror).

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No es éste, empero, el único elemento destacable de la obra, que en lo referente a la génesis del asesino toma como modelo (o eso quiero pensar) las psiques torturadas y el patetismo sórdido y existencial que el británico Pete Walker solía inyectar a algunas de sus películas, si bien peor modulado y no tan sangrante y decadente como en cintas como Los crímenes del ático o Schizo. Con ello, Ciupka intenta explicar que el camino hacia el éxito y la fama puede resultar, en realidad, un atajo directo hacia la demencia. Las cuitas de seis mujeres que aspiran a protagonizar la última película del prestigioso Jonathan Stryker (un contenido e inquietante John Vernon) podría haber dado pie a una afilada sátira sobre la ambición y la superficialidad del estrellato, pero su director prefiere prescindir de cualquier atisbo de humor, algo que a la larga acaba pasando factura, pues la cinta se estanca en situaciones previsibles o un tanto intrascendentes, donde la seriedad del tono, más que inquietar, frena la progresión natural de la trama. Queda, eso sí, alguna idea curiosa, como ese prólogo que remite directamente a la fulleriana y de culto Shocking corridor, donde Samantha Sherwood (una Samantha Eggar que aporta su distinción habitual a un producto cercano a la clase B) lleva al límite los postulados del Actor’s Studio encerrándose en un manicomio para experimentar, en carne propia, los estragos de la locura. De este modo, Ciupka entreteje también la telaraña del suspense, haciendo que la identidad del psicópata oscile de sospechoso en sospechoso, si bien el espectador más curtido sabrá detectar con facilidad las diferentes pistas falsas que jalonan el metraje.

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Irregular en su desarrollo y finalmente menos satisfactoria de lo que su prometedor inicio hacía pensar (se va tornando rutinaria y aburrida conforme avanza), Cortinas acaba ganándose un rinconcito (pequeño, pero firme) dentro del corazón del fan más acérrimo del slasher (entre los que me incluyo) gracias, principalmente, a los elementos arriba citados, que confluyen, también, en la creación de algunas atmósferas turbias que se valen del mundo de la farándula para construir universos enfermizos donde ítems del espectáculo (maniquíes, elementos de decorados teatrales, utensilios varios) se revelan objetos portadores de un mal rollo bien captado por la cámara de Ciupka, una cámara que avanza por lo general a un ritmo parsimonioso, contemplativo, moviéndose observadora entre los recovecos de la mansión en la que se desarrolla la película, en un estilo ya añejo (hoy los ritmos del terror exigen mayor velocidad) que siempre he considerado estimulante. Puede que, en el fondo, todo esto no sea mucho, y es innegable que estamos ante una obra con numerosos defectos y no particularmente original, pero en sus mejores momentos sí logra filtrar cierta sensibilidad malsana que cristaliza en esas imágenes imborrables a las que hacía referencia al empezar este texto. Imágenes cuya carga poética y terrorífica justifican, en gran medida, el hecho de pasar hora y media delante de la pantalla.

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