Cegados por el sol (Luca Guadagnino)

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Es necesario afrontar este Cegados por el sol con un ejercicio de abstracción mental  para no caer en las comparaciones con La Piscina de Jacques Deray. Un ejercicio difícil y a vueltas inevitable dada su condición de remake. No obstante, el listón puesto por el original era de tal magnitud que obligaba de alguna manera a tratar de valorar el nuevo film de Luca Guadagnino como ente individual, alejándonos de infravaloraciones apriorísticas.

En uno de los diálogos más pertinentes de la película se pone en tela de juicio la naturaleza de lo obsceno. Según Harry (interpretado por Ralph Fiennes) debemos abrazar dicha obscenidad al considerarla parte consustancial del todo cotidiana. Paul (Matthias Schoenaerts) por el contrario lo rechaza en cuanto a la sensación de asco que le produce. La resolución ha dicho conflicto para querer ofrecérnosla el propio director (o al menos cuál es su punto de vista al respecto) a través de la película misma en el modo en que formalmente es planteada.

Los ingredientes para hacer de Cegados por el sol una especie de noir mediterráneo están ahí: el sol, el calor, la luz, los cuerpos brillantes y sudorosos, el sofoco de una isla en estado de sitio térmico, cultural y sociogeográfico. Material este para crear algo sensual, seco, eróticamente cargante (y cargado). Sin embargo lo máximo que llegamos a atisbar de todo ello son las primeras escenas del film y algún silencio salpicado por los grillos vespertinos. Porque la apuesta de Guadagnino no puede ser más contraria a todo ello. La puesta en escena feísta, la selección musical recargada y una cámara que oscila entre lo operístico y el recurso random a base de barridos, grúas y zooms aleatorios acaban por conformar una estética bufonesca con la cual es imposible empatizar si no es a través de la carcajada esperpéntica.

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Claro ejemplo de todo ello lo encontramos en el tratamiento de los cuerpos. Lejos de la sensualidad requerida se nos obsequia con planos detalle de piernas, torsos, senos y culos más cercanos a la grosería de los preliminares de seducción en una película porno (barata) que a la sutileza erótica que se le supone al artefacto. No obstante, hasta cierto punto, el film, aunque entrando en la deriva de lo regular, se podía sostener por su mínima intriga hasta llegar a su tramo final que merece capítulo y casi reseña aparte.

Difícilmente explicable es la deriva grotesca, la pérdida de papeles argumentales, formales y de guión que el último tramo de Cegados por el sol ofrece. Bordeando lo soez, el film adopta un tono, en pleno momento de clímax dramático, que lo emparenta en imagen a un anuncio de Giovanni Ranna y en cuanto a diálogos situacionales a cualquier película de Alvaro Vitali. Máximo ejemplo de ello es el personaje del comisario del pueblo que nos ofrece una panoplia de situaciones a cuál más delirantes e involuntariamente (o no) divertidas del film. Un tramo final pues que confiere a Cegados por el sol un working title internacional que bien podría ser Jaimito se va a la piscina.

Sí, decíamos que sería injusto comparar este remake con La Piscina de Deray de forma preventiva. E igual de injusto resulta hacerlo a posteriori, no porque no resista comparación, sino porque tal comparación resulta hasta insultante. La conclusión es evidente, Cegados por el sol es a la piscina un auténtico planchazo en toda regla.

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