Burning (Lee Chang-dong)

La imagen cinematográfica es tan poderosa que permite construir tanto lo ausente como lo presente a partir del desarrollo psicológico adecuado de la narración y los personajes que la integran. Algo que por ejemplo sirve en la paradigmática Blow-Up (Michelangelo Antonioni, 1966) para elaborar toda una investigación de su fotógrafo protagonista sobre su hipotética implicación en un supuesto crimen como testigo accidental mediatizado a través del visor de su cámara. Ni nosotros como espectadores ni él sabe exactamente qué es lo que ha sucedido, qué es lo que registró exactamente el carrete de película que obsesivamente revela, examina y amplía hasta el delirio David Hemmings. Algo parecido ocurre en Burning (Lee Chang-dong) con el personaje que sirve de guía en su relato. Jong-soo (Yoo Ah-in) vive como puede a partir de todo tipo de trabajos en una zona suburbana cerca de la frontera con Corea del Norte. Su reencuentro y atracción con Hae-mi (Jun Jong-seo), una antigua vecina de su niñez en una zona rural, le hace reconectar con su pasado al recordar otros tiempos. Un viaje a África cambia sus expectativas al regresar sorpresivamente con el enigmático Ben (Steven Yeun) como pareja.

El juego narrativo que propone Lee Chang-dong a partir de la adaptación de la obra de Haruki Murakami busca el enfrentamiento continuo entre la identidad y su expresión en la dimensión social de la misma. O mejor dicho, la negación por ausencia, olvido o deliberadamente de la naturaleza misma de los individuos y cómo construyen hacia los demás una máscara social de su persona. Ben es un representante de la Corea del Sur moderna, próspera, que reniega de cualquier conexión con el legado de su país. Una especie de Gatsby contemporáneo —que parece esconder un turbio y oscuro secreto y forma parte de una clase social frívola y sin inquietudes—, que desprecia a otras culturas, países y aquellos inferiores en estatus. Varios momentos clave de la película vienen por la captura de la artificiosa pulcritud de los ambientes en esos encuentros, fiestas privadas y lugares en los que se reúne con sus iguales, como haría F. Scott Fitzgerald en el texto de su novela de 1925. De hecho la misma cinta tiene presente en todo momento la proximidad del país vecino en un fuera de campo de una expresividad absoluta, que lleva esa construcción de la identidad individual al nivel colectivo de todo un pueblo que ha tomado su propio camino y no mira a sus vecinos, al norte, como la única manera viable de que no se apropie de su destino.

La narración elíptica funciona a varios niveles. Jong-soo no ve al gato que Hae-mi le pide cuidar en su apartamento durante su ausencia. Hae-mi parece desaparecer sin rastro y sin motivo en un instante tras un encuentro tardío de los tres en su casa familiar. Lee Chang-dong no muestra absolutamente nada de manera directa al espectador y usa la psicología de su protagonista desde el compromiso con la construcción de su punto de vista como guía para desentrañar un misterio creado de forma precisa con la cámara. ¿Son todo imaginaciones suyas o existe una base de realidad para sus preocupaciones sobre Hae-mi? La omisión evoca aquí todas las distintas tragedias posibles que han podido suceder tanto en el pasado como en el presente de la historia que el film retrata, sugiriendo cómo las pruebas de toda sospecha se encuentran ocultas a plena vista. Steven Yeun transmite brillantemente esto con un personaje de carisma notable, que sabe mantener un especial encanto cuando la situación requiere, pero que deja de fingir en el mismo instante en que no lo exija el protocolo o sus intereses. Nosotros, como observadores externos, somos testigos de una transformación a partir de la búsqueda y contacto de Jong-soo con su propia esencia, su herencia perdida y sus sentimientos, mientras recorre una y otra vez los invernaderos cercanos de la zona para probar una aparente pero contradictoria imposibilidad que enlaza con la paradójica naturaleza del ser humano.