All You Need is Kill (Ken’ichirō Akimoto)

Partiendo de una premisa conocida, el cineasta debutante Ken’ichirō Akimoto —hasta ahora había trabajado en el departamento de arte y efectos visuales en cintas como Los niños del mar—, que regresa a la novela homónima de Hiroshi Sakurazaka que ya adaptara Doug Liman en su Al filo del mañana, nos conduce a una de esas cintas que destaca en especial por su apartado visual. De trazos sencillos, sobre todo en el diseño de sus personajes centrales, donde brilla no obstante es en la aplicación de un trabajo cromático que define tanto su tono —intenso, enérgico, infatigable— como la propensión en torno a una ‹sci-fi› de colores vívidos y luminosos.

Lejos, pues, de lo que pueda sugerir su premisa —ya desde su título—, All You Need is Kill no se oculta tras una mirada cruda y pesimista, y aunque cuando tiende a lo trágico sí recurre a pasajes más sombríos y reflexivos, mayormente su libreto nos guía en torno a una acción sin cuartel que el cineasta nipón potencia tanto a través de los distintos estímulos que pueblan el relato como de una elipsis que (re)dirige —en ocasiones abruptamente— las posibilidades de un conjunto con las ideas muy claras.

El film transita pues con vigor y cierta personalidad el terreno del bucle temporal, sabiendo manejar distintos registros y complementando la deriva de sus dos personajes articulares. En ese sentido, destaca un retrato que, sin ser concienzudo, otorga alicientes desde los que extender la narración y dotar de un sentido específico a cada uno de los segmentos que irán formando el relato. Así, y aunque Akimoto recurre a ese voluble estado que ya describió Harold Ramis en su ineludible Atrapado en el tiempo, otorgando matices a los personajes en su evolución, logra asimismo que este se refleje en una acertada y consecuente combinación de géneros.

Quizá, y aludiendo a este aspecto, se le podría reprochar que en cuanto el cineasta logra captar la gravedad —desde un sentido más dramático, por así decirlo— y el carácter reflexivo de la crónica, ya apenas queda espacio para desarrollarlo. De este modo, la profundidad que pudiera adquirir el relato se condensa en una tenue capa que no otorga el potencial necesario para desplegar sus aptitudes.  Cabe destacar que ello no genera ni mucho menos un impacto negativo en la cinta, pero sí debilita una capacidad que nunca se llega a desplegar en toda su extensión.

Su poderío estético —se nota que tras ella, más allá de una ‹major›, se encuentra un estudio comprometido para con las posibilidades del cine de animación— impulsa, por contra de los asumibles defectos en la escritura, un torrente visual que en ocasiones sirve como algo más que un complemento, sobreviniendo motor de una obra que sin lugar a dudas toma impulso gracias a la meticulosa y sobresaliente  labor de su apartado técnico. El color sirve, por ejemplo, para matizar las propiedades de un universo que por suerte no queda delimitado desde su naturaleza ‹sci-fi›.

All You Need is Kill otorga, con ello, forma a unas constantes genéricas que devuelven la mirada a ese mundo devastado, teñido por la desesperanza y de condición aparentemente irreversible. Lejos de articular discursivas presuntuosas, aprovecha su condición como ‹actioner› deviniendo una propuesta que se rearma mayormente desde lo liviano, casi efímero, comprendiendo la dimensión de un trayecto tan absurdo en la superficie como introspectivo en el fondo sin necedidad de recurrir a una exposición que, más que trascendente sería vana: porque a fin de cuentas nuestra fragilidad no está sino recubierta por un desatino que hay que saber comprender y desarticular para llegar a la raíz de nuestro destino.

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