Agnieszka Holland… a examen (II)

Agnieszka Holland es sin duda una de las cineastas más interesantes y prolíficas de esa generación de realizadores europeos que despuntaron con obras impactantes a finales del siglo XX. Para mí su mejor película sigue siendo, sin posibilidad de debate, Europa, Europa, obra que la apuntaló como uno de esos nombres a seguir a lo largo de la década de los 90. Ya antes había dirigido una peli muy potente (Amarga cosecha) igualmente en un contexto en el que se nota se siente muy cómoda: el alzamiento del nazismo y sus consecuencias a lo largo de la II Guerra Mundial, principalmente estudiando, con bastante audacia, los dilemas de identidad ligados a este hecho histórico.

Olivier, Olivier (1992) fue su siguiente proyecto tras el pelotazo logrado con su obra magna, y se alza como una de sus películas más complejas y raras, no solo por el hecho de ser su única incursión (en el largometraje destinado a exhibirse en teatros) en el cine puramente francés, sino que igualmente, en mi opinión, fue uno de sus últimos productos puramente de autor, ya que posteriormente la polaca decidió asentarse en el Reino Unido y en los EEUU, siendo este punto un cambio importante en la deriva que tuvo su cine, virando éste hacia terrenos más comerciales y convencionales.

En este sentido, el filme se destapa como un drama psicológico pleno de claustrofobia, poesía y desasosiego. De este modo, con el trazo de un oscuro cuento de hadas, la autora de El jardín secreto logró edificar un relato inquietante mostrando como un pequeño acontecimiento, aparentemente sin importancia, puede alterar la vida de una familia de clase media, transformando su aparente quietud en un auténtico infierno sin vías de escape.

La trama arranca en un paraje bucólico, en un pequeño pueblecito francés donde observaremos, escondidos en un frondoso trigal, a dos pequeños hermanos: Nadine de unos once años y el pequeño Olivier de nueve. Con unas leves pinceladas, Holland presentará el fresco de un modo muy inteligente, tratando al espectador como un adulto capaz de desentrañar la poca información aportada. Sabremos que Olivier es un niño enfermizo y muy sensible con un vínculo afectivo extremo con su enajenada madre, quien parece preferir la presencia del pequeño a la de su más espabilada y pícara hija. Olivier vive en una casa de campo con su madre (una mujer que parece sufrir algún tipo de trastorno depresivo), su padre (un veterinario rural sin demasiada suerte para triunfar en su profesión), su hermana (la ya mencionada Nadine, una niña inquieta y muy madura para su edad) y un criado que da la sensación que padece alguna discapacidad mental.

Un día Olivier decidirá coger la bicicleta de su hermana para llevar comida a su abuela paterna, una mujer de la que solo sabremos de su presencia por las conversaciones familiares, y que parece está enferma, o eso es lo que insinúa continuamente a su hijo para llamar la atención. Sin embargo, Olivier desaparecerá de la faz de la tierra sin dejar rastro, convirtiéndose en uno de esos enigmáticos casos sin resolver de niños desaparecidos.

Este hecho destruirá la aparente tranquilidad familiar, transformando a la madre en un ente fantasmal y enajenado afectada por una crisis ansiosa. El padre no aceptará que su familia se haya roto, por lo que decidirá huir a África en un puesto de veterinario que le ofrecen en el Chad. Y Nadine crecerá como una niña huérfana del afecto de sus padres y traumatizada por la ausencia de un hermano que le ha hecho sombra en el nido familiar, siendo una especie de ente invisible que debe lidiar su duelo sin apoyo ni ayudas.

Sin embargo, un hecho acontecido seis años después del suceso cambiará el rumbo de la historia. Puesto que el detective que se encargó del caso en el pueblo identificará, en su nuevo destino parisino, en el rostro de un chapero de 15 años que ha sido detenido junto a un traficante de drogas, esa carita inocente y angelical de aquel niño desaparecido, llamando a la familia con la esperanza que Olivier se haya encarnado en esta nueva y sorpresiva aparición.

El chaval (con el rostro andrógino e inquietante de Grégoire Colin, en su debut en el cine) parece no solo asemejarse físicamente a aquel niño, sino que mostrará signos carnales (una cicatriz de una operación de apendicitis) y familiares (parece conocer el nombre de sus padres, hermanos y amigos cercanos) que hacen encajar su figura en la del desaparecido.

Ello traerá un halo de esperanza de reconstrucción en la familia, puesto que el padre retornará al hogar y la madre se librará de sus traumas psicológicos. Pero Nadine desconfiará de esta extraña presencia que parece la desea más como objeto sexual que con un simple interés fraternal, desencadenando un auténtico huracán que desatará un laberinto de pasiones, rencores y obsesiones que nos harán dudar sobre la auténtica identidad que se esconde bajo el rostro del retornado.

Con estos mimbres, que se asemejan de forma cristalina a una obra rodada unos años antes, basada en un exitoso libro de Natalie Zemon Davis y protagonizada por Depardieu, que llevaba el título de El regreso de Martin Guerre, Agnieszka Holland construyó una película dividida en dos partes claramente diferenciadas.

La primera, de un entorno claustrofóbico que evoca a la mexicana El castillo de la pureza, filmada casi en el escenario único de las cuatro paredes de la residencia campestre familiar, y que desprende un aroma asfixiante y de desasosiego, plasmando el ‹shock› que el aislamiento y las rutinas familiares provocan en la psique de unos personajes atrapados en una especie de cárcel perfecta para hacer explotar el desconsuelo vital que ello implica.

La segunda, tras la aparición de ese personaje que alterará la rutinaria existencia de la familia, parece querer derivar el relato hacia derroteros más emparentados con el cine de suspense, lanzando al espectador la duda de si Olivier es realmente ese niño desaparecido o es un impostor que quiere aprovechar cierta información para obtener réditos personales. Esta parte es la que me parece más floja del film, pues contiene no pocos elementos engañosos y pistas que parecen diseñadas para hacer creer una cosa que finalmente, por arte de magia y sin dar muchas explicaciones, no es lo que parecían desentrañar las imágenes y escenas filmadas por Holland. Esos giros engañosos del guion, carentes de sentido explicativo, son lo que provoca que la cinta no alcance los derroteros magistrales que sí envolvían su primer tramo.

No obstante, ello no resulta un impedimento para recomendar Olivier, Olivier, pues nos encontramos con una película muy elegante, filmada con el gusto pictórico de los paisajistas europeos del siglo XIX, siempre enmarcada con encuadres académicos, consecuentemente iluminados con el tono psicológico que requiere la escena construida, y que evita en todo momento verter gotas de sensacionalismo barato que muy bien podrían haber surgido debido al talante opresivo y enfermizo que envuelve el relato. Por el contrario, Holland prefirió edificar su propuesta con trazos hiperrealistas, inyectando un par de escenas grotescas que servirán para desenmascarar el misterio planteado, pero alejando la cámara de la caricatura para plasmar la sucia realidad que muchas veces contiene la vida, aunque tratemos de ponerle una máscara edulcorada, de un modo más frío y calculado.

En este sentido serán un apoyo imprescindible las excepcionales actuaciones de todo el elenco, desde la madre (Brigitte Roüan), pasando por un padre estoico y aparentemente distante (un joven François Cluzet mundialmente conocido por su exitosa Intocable) y culminando en la aparición del mencionado Grégoire Colin como un manipulador inquietante que desatará una fuerte marejada familiar. También merece ser destacada la fría belleza de Marina Golovine como la Nadine adolescente y las impactantes actuaciones de Jean-François Stévenin, como ese inspector traumatizado por no haber podido consolar a la familia, y de Fréderic Quiring, como ese criado que intuimos esconde algún secreto debajo de su alcoba.

De formas minimalistas, de esas que prefieren pasar desapercibidas a exhibir sus atributos de forma histriónica, rubricada con unos trazos refinados y con un perfil psicológico que explora las consecuencias de la elegía y la culpa, así como la perversidad que encierran las falsas expectativas, Olivier, Olivier se eleva como una película más que interesante, sorprendentemente oculta para el gran público, que sin duda es merecedora de su fama de propuesta turbadora y arriesgada, demostrando que Holland es una artista de una sensibilidad suprema que, desgraciadamente, no siempre ha sido explotada en su trayectoria.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *