
¿Qué es el humor francés sino una quimera? Una ilusión pocas veces alcanzable, un finísimo hilo que separa la constancia de la risa tonta, todo un reto para el espectador. Alexia Walther y Maxime Matray juegan esa baza de la monotonía mágica en sus películas y afilan la comedia dentro de lo que podría entramarse como un thriller rural en su última propuesta, Affection Affection.
Para ello nos fijamos en la pelirroja del pueblo, Géraldine, la chica del ayuntamiento que se encarga de tramas menores en un pueblo de la Costa Azul francesa sostenido únicamente por los lugareños en el invierno. Ajena al ‹glamour› del turismo y la masificación, un pueblo donde no pasa nada se convierte en un convulso misterio lleno de desapariciones y apariciones aunque, en realidad, no pasa nada.
Géraldine no es la persona más expresiva o amorosa del lugar. Distante y fría, su pálida piel combina perfectamente con un entorno ajeno a la belleza del agua y sirve como confrontación a todos esos carismáticos personajes que pululan por la pantalla a su alrededor. Un alcalde conspiranoico, un perro fácilmente confundible con una bolsa de plástico, unos técnicos expertos en bombas antiguas, una madre y una adolescente que, simplemente, desaparece. Todos funcionan como contrapunto para que la joven funcionaria se ponga las zapatillas de deporte y recorra el lugar en busca de respuestas a aquello que quiebra su tranquilidad.

Antes de llegar a ello, los directores dilatan esa sensación de lugar desprendido de acontecimientos, donde la rutina se convierte en seña de identidad y hace que las, digamos, pequeñas fechorías o anomalías, pasen desapercibidas por pura desidia. El pueblo en sí no alcanza la dejadez, todo es aparentemente normal hasta que comienzas a escuchar con detenimiento las opiniones de la gente. Aquí es donde nace el verdadero espíritu de Affection Affection, el lenguaje: juegos de palabras, dobles sentidos, frases que pensar con detenimiento. Las “conspiranoias” más escabrosas nacen de esas palabras que al juntarse se convierten en acertijos o, mejor todavía, absurdeces fundamentadas. Porque el humor, aunque lo parezca, no se basa en algo baladí: hay espiritualidad, yates, muertes del pasado, Tailandia… todo parece conectarse para que los pedazos le ofrezcan, en algún momento, la imagen completa a Géraldine.
Con el paso de los minutos, la película va creando un ambiente extravagante a la vez que contenido, donde cualquier cosa puede pasar, incluso darle protagonismo a ese poema de T. S. Eliot, The Hollow Men, que en castellano diría:
«Somos los hombres huecos
somos los hombres rellenos
apoyados uno en otro
la mollera llena de paja. ¡Ay!»

Unas pocas palabras que dan para crear una elipsis dentro de la misma broma —desde lo referencial a lo literal, ya sea paseando el libro o “salvando” muñecos de paja— y, de paso, defenestrar el último vínculo masculino que Géraldine mantenía. ¿Era importante resolver la desaparición de la adolescente? ¿Era más importante conocer la intrahistoria de un pueblo insólito? Lo que sí es importante es el modo en que Alexia Walther y Maxime Matray encuentran en las observaciones de Agathe Bonitzer (que repite con el dúo tras Bêtes blondes) un clavo ardiendo sobre el que virar una película llena de sorpresas que no permiten la distracción para no perderte una sola de sus rebuscadas y casi imperceptibles salidas de tono.
Porque en la vida, un poco de misterio es válido para aderezar la monotonía y Affection Affection tienen un máster en esta metodología.






