Adoration (Fabrice Du Welz)

Volver al universo de un cineasta como Fabrice Du Welz nunca se antojó un plato de fácil digestión ni para aquellos que incluso encontramos vías alternas en proyectos alimenticios como podrían ser Colt 45Message From The King. Complejo, visceral y de atmósferas abrasivas, el belga, que alcanzara —en la humilde opinión de quien esto escribe— su cenit con la portentosa Vinyan, volvía a las Ardenas para poner fin a una trilogía iniciada con Calvaire, que en 2014 encontró un nuevo episodio en la explosiva Alleluia, una nueva y arrebatada mirada en torno a Los asesinos de la luna de miel

Adoration, que otorga continuidad al febril romance desatado en Alleluia, parece dirimir sin embargo su disyuntiva desde un terreno que, si bien colinda con el particular microcosmos de Du Welz, nos traslada a una vertiente genérica instaurada, extrañamente, en un lugar inconcreto entre el drama y la locura. Algo que, en primer instante, podría alcanzar total consonancia con la obra del de Bruselas, pero que en cambio se transforma —igual que su cine a través de esta nueva tentativa— en un terreno distintivo donde, si bien resulta factible identificar el inexpugnable sello del cineasta, termina por sugerir una extrañeza que no por ello dinamita ni mucho menos las posibilidades de Adoration. Y es que su ferviente horror psicológico cobra nuevos tintes desde una perspectiva que se antoja insólita, quizá ante un prisma distorsionado que no deja de contener ese estallido violento tan habitual en la obra del belga; pero un estallido que se siente contenido para la ocasión, condensado en momentos que surgen de un estado ciertamente enajenado, que no contemplan del mismo modo ese tratamiento arrebatado que sí asumían en su totalidad sus predecesoras. Podría decirse, por tanto, que la raigambre genérica inherente en el cine del autor de Calvaire, se abstrae y extrapola a un universo en cierto modo alejado del particular prisma del cineasta: si había un motivo que hacía encajar tanto ese éxtasis violento como la febril ambientación en el epicentro de la obra de Du Welz, esa era la condición de unos personajes capaces de jerarquizar situaciones, incluso contextos, a partir de una fisicidad surgida de la degradación de la psique; una condición cuya perspectiva muta en esta Adoration, donde Paul, un adolescente que vive con su madre en el hospital psiquiátrico donde ella trabaja, verá como la presencia de Gloria, una muchacha ingresada en ese mismo centro, despierta en él sentimientos hasta ahora ausentes, pero desatados por el distorsionado prisma de ella, con quien emprenderá una huida en la que no parece haber marcha atrás.

En ese viaje, desfigurado por la mente de Gloria desde una perspectiva mucho más dúctil como la de Paul, el paisaje emerge (de nuevo) como elemento capital en la traslación de una psicología que el belga explora como retrato de un abismo cuyos lindes están todavía por definir. La naturaleza surge así como extensión de un estado cada vez más expuesto en el recorrido que realizan sus protagonistas. Como en aquellos páramos helados en los que terminaba Marc en Calvaire; o la exuberante jungla en la que Jeanne buscaba a su hijo en Vinyan: todos ellos un tan extraño como fiel reflejo de la realidad sostenida. Algo en lo que Du Welz vuelve a poner su foco desde esas Ardenas que han consolidado su cine más personal, ya sea a través de esos paseos en barco surcando algo más que interminables ríos, de la densa niebla que recorre los frondosos bosques o de la oscuridad impresa en los raíles de las vías de los trenes sobre los que guiar un periplo (también) interno.

Con Adoration, un viaje llega a su fin pero, paradójicamente, abre nuevas sendas de exploración para el autor de Alleluia: sin necesidad de recurrir a atmósferas absorbentes e irrespirables, pero extendiendo esa vinculación a un plano donde lo psicológico surge (más que nunca) como respuesta ante la violencia propagada desde los recovecos más oscuros de la mente, habitualmente de abrupto final. En ese sentido, el plano con el que Du Welz concluye su nuevo trabajo es determinante: aquello que por algunos ha sido percibido como un broche final falto de fuerza, de esa turbadora visión desde la que suscitar las entrañas de su obra, no deja de ser una traslación, la apertura de las puertas a un cine cuya transición, en manos del belga, puede tener límites que ni siquiera todavía imaginamos y resultar más turbadora si cabe: nada como la mirada de un adolescente abierta a las profundidades de la mente.