Todos conocemos a alguien (cuando no somos protagonistas) que tienen “ese” enamoramiento de juventud que nunca se supera. Esa amiga, casada, con hijos, que cuando vuelve al barrio donde se crio se cruza, muy de vez en cuando, con el chico al que dio el primer beso y que, sabiendo que él también tiene una vida compacta y familiar, no puede remediar que el corazón le lata un pelín más rápido de lo habitual. Sabiendo que es muy pronto para una anomalía cardiaca, no queda más remedio que confesar, en secreto, que siente exactamente lo mismo que cuando se daban aquellos besos.
¿Tiene sentido? Ni falta que hace, porque no hay un anhelo de vivir esa vida paralela en la que los hijos son de los dos, y el pan que compran es para la misma casa, solo es esa chispa de un momento pasado que nadie espera superar.
Amélie Bonnin sabe captar esa sensación en su primera versión de Partir un jour, un colorido cortometraje musical que echa la vista atrás con dulzura para atisbar un ahora un tanto más canalla. Cómplices de esta situación son Bastien Bouillon y Juliette Armanet que se prestan con soltura a representar esos asuntos no resueltos, esa adolescencia perpetua que solo vuelve a surgir en un lugar concreto, en un lenguaje que solo sus implicados pueden reproducir.
No todo van a ser ejecutivas que vuelven al pueblecito de Vermont antes de Navidad para darse cuenta que el fornido carpintero con el que tonteaba de adolescente es el hombre de su vida. Puede que el espíritu sea similar, pero Bonnin desplaza la cursilería y el piloto automático del romance televisivo para hablar del pasado mezclado con el presente sin adulterar nuestras propias neuronas. Y lo hace tan bien que años después replica la fórmula con ligeros cambios y una misma esencia y hace un magnífico largometraje con el mismo nombre.
Es en la partitura inicial un hombre de moderado éxito el que vuelve a casa, no tan voluntariamente, a visitar a sus padres con dilatada urgencia. En ese punto en el que la vida te reclama en otro lugar lejano pero debes hacer acto de presencia aparece un destello del pasado, así, de casualidad, a recordarte qué te engancha más allá de la voluntariosa familia a un lugar como algo inolvidable. Esto se hace con ritmo, alegría y poca magia, un canto al indie, literal, porque igual que Hal Hartley te metía un baile robado a Godard en sus pelis y todos aplaudíamos, Bonnin se arranca por bulerías con voces inapropiadas y letras mimetizadas con la acción sin influir en la trama pero sí en la atención de quien lo presencia, convirtiendo esos típicos rifirrafes de amores adolescentes no consumados en un fresco toque de atención, más cómico que trágico, convirtiendo lo cotidiano en una pequeña fiesta llena de glamour.
Es por ello que parece más que necesario convertir Partir un jour en un largometraje, darle espacio a esta misma historia para rellenar espacios, y que alguien que no comulgue con un musical al uso pueda disfrutar de otra comedia romántica irreverente donde se tracen las evidencias de lo imposible que está idealizar el amor a estas alturas de la vida y que, en vez de llorar, podamos quedar complaciente sonrientes con la ocurrencia. Bonnin sabe contar su historia, es más, sabe manipularla para que siga el ritmo actual de la sociedad francesa y crear personajes espontáneos y negacionistas de la perfección cuando se trata de un tema tan delicado como el de madurar lejos de casa y mantener esa madurez al volver a ella. Partir un jour le canta a la nostalgia con ganas, algo desafinada.









