
Desde las penumbras, en la extraña intimidad sepulcral que guarecen las habitaciones vacías, las voces susurradas que surgen de El sonido de la caída (2025) convidan a observar los filamentos de una película totalmente inusitada. Es difícil comprender cómo existe una propuesta así sobre el papel, sobre todo cuando esta parece moverse mediante una intuición mutable; atravesada por un despliegue de ideas que no obedecen a la linealidad presumible o un orden estrictamente cronológico. Todo adquiere un aspecto febril, enfermizo, pesado, con la escasa precisión que otorga la somnolencia y su padecer y la inclinación al delirio de aquello que no es posible distinguir si es real o no. A través de este tendido malestar toma forma la visión de Mascha Schilinski, que tras su paso por la sección oficial del Festival de Cannes, instaura el pulso y la voluntad de una cineasta con plena mirada autoral, en un trabajo rebosante de virtudes, estilo y sensibilidad.
Evidentemente, la apreciación radical de la directora sobre el marco estético y cinematográfico no la exime de un discurso claro o contundente. La historia que traza sigue principalmente a cuatro niñas, adolescentes y mujeres de una misma familia durante diferentes generaciones a lo largo del siglo XX. En su corta o extensa experiencia vital, la relación de las mismas con su entorno condiciona un misterio alrededor del surgimiento de una serie de represiones y sentimientos compartidos. Desde ahí son presentadas las voces previamente mencionadas, en un recorrido por sus miedos y descubrimientos alrededor del dolor y la muerte —o la fantasía de ambos—. Estas voces silenciadas, pese a suscribir el padecer sugerido en imágenes plenamente evocadoras, alinean una conexión latente entre tiempos y personajes, estableciendo ciertas rimas y reminiscencias que se acercan a la observación de un cómputo de mayor ambición trascendental.

Este propósito de una aspiración superior cobra sentido desde los primeros compases de la película, cuando Alma (Hana Heckt), en medio de un velorio, rompe la cuarta pared, atestiguando la dimensión del momento desde la complicidad que crea con el espectador. Esta misma mirada irá reapareciendo en numerosas ocasiones y a través de las distintas protagonistas, y servirá para constatar la interesante vinculación de El sonido de la caída con el cine de terror y de fantasmas. Esta aproximación será corroborada más adelante, cuando sea la propia cámara la que se libere del esquema formalista para orbitar en un movimiento etéreo, alrededor de los personajes, constatando su independencia al subjetivizar el punto de vista de una forma similar a la reivindicable Presence (2024) de Steven Soderbergh. De hecho, ambos filmes reinterpretan lo fantasmagórico más allá del cliché de la amenaza invisible, revirtiendo su significado al integrarlo como parte del cuerpo fílmico y sirviéndose de este para delimitar otras interpretaciones alrededor de la imagen mostrada.
Otra de sus fijaciones formales más notorias está en la manera en la que dispone aquello que ven los personajes principales, también sujetos a su posición colindante y desplazada del entorno. Sirviéndose de dicha distancia, el uso constante de planos ligados a su observación obliga a ver ese microcosmos tétrico y taciturno de hurtadillas, desde la curiosidad fronteriza de puertas entreabiertas, mirillas o ventanas. Esta visión prematura y aterrada sobre el descubrimiento del mundo de los adultos recuerda a la mirada de Fanny y Alexander (1982) de Ingmar Bergman, en una asociación temática que repercute en unas mismas cuestiones esenciales, desenredando el drama del ‹coming of age› hasta dar con un retrato más hondo y sufridor sobre el propio dilema existencial y la naturaleza terrorífica de todo.

Desde su primera secuencia es reconocible la voluntad de Mascha Schilinski por mostrar el miedo y la fascinación que genera lo terrible de lo humano. En esta, una joven entra con cautela a la habitación de un hombre tullido que está durmiendo. Sin despertarlo, la chica observa el cuerpo desnudo y las marcas del muñón; seguidamente, con el dedo índice palpa el sudor que se acumula en el ombligo del tipo y se lo lleva a la boca para probar su sabor. En la rareza de este tipo de gestos surge la distinción de la propuesta brutal de la directora, que explora las interacciones desde posturas incómodas y conflictivas. No obstante, mediante esta extrañeza también se acerca con más profundidad a la herida y el trauma, en una disertación de los recuerdos donde conjugan el horror y la belleza; ultimando un relato lleno de ambigüedades y claroscuros.
Cercana a las dos horas y media de duración, esa ambición por sostener el interés y la suspensión de un línea narrativa concreta pueden suscitar la pesadez —o el anhelo, según se mire— de una falta de explicaciones. Sin embargo, su absoluta revelación en forma y fondo elevan la película a cuotas prácticamente maestras, advirtiendo una obra tan sesuda como estimulante. Desde el crepitar de una vela en medio de la noche hasta el crujido de la madera en el vacío de una casa antigua, El sonido de la caída prueba continuamente la verdad de lo que nos envuelve, en una experiencia ritual próxima al milagro y la condena de vivir, en una última imagen fascinante y sobrecogedora.







