DJ Ahmet (Georgi M. Unovski)

La manifestación identitaria

La música electrónica no proviene de una pulsión creativa elevada como podría ser la música clásica, históricamente reservada, tanto su ejercicio como su disfrute, para las clases pudientes, o el jazz, concebido como forma de comunicación no verbal debido a sus formas desdibujadas y libres, universales en su entendimiento. El techno se gestó en el ensordecimiento mecánico del Detroit de finales de los ochenta, cuando el incesante martilleo de la maquinaria industrial ejercía como banda sonora de las jornadas laborales de las clases populares, subvirtiendo la opresión auditiva inherente al desarrollo económico y manipulándola hasta resignificar el ruido en armonía y la opresión como objeto artístico. Algo así como las secuencias musicales de Bailar en la oscuridad, donde los instrumentos eran reemplazados por el equipo industrial con el que convivía el personaje interpretado por Björk. La concepción de que los elementos que violentan al individuo pueden llegar a mutar hasta invertir su significado intrínseco es el punto de partida con el que Georgi M. Unkovski comienza a trazar las bases narrativas y emocionales de su ópera prima, DJ Ahmet, premiada y recibida con clamorosidad en los festivales de Sundance y Sevilla.

Ya en una de las primeras secuencias de la cinta se nos dibuja muy sagazmente el conflicto central de la trama: el joven Ahmet, de quince años, quien vibra escuchando música techno junto con un compañero en clase, es interrumpido bruscamente por su profesor, quien le indica que su padre ha venido a recogerlo después de desescolarizarlo. Esta dinámica será la constante que, durante el metraje, se verá reverberada: el individuo y sus singularidades oprimido por la universalidad del grupo. Pues Ahmet, alienado de los constructos sociales del pequeño pueblo en el que vive, se percibe desheredado de su propia tierra, con la música electrónica como única distensión —mismo recurso que, sin ir más lejos, utilizaba la tan sonada Sirāt, donde los parias de todo el mundo encontraban sosiego de su condición en este género musical—. El muchacho entra entonces de manera abrupta en la adultez, viendo sus deberes familiares impuestos por encima del derecho a su autonomía vital.

Paralelamente a sus obligaciones familiares y sociales, la narración se ramifica en una subtrama de amor erótico, donde el joven protagonista encontrará en el deseo de un amor prohibido, su propia voluntad como el eje motriz de su acción. La latente condición folclórica en cada uno de los habitantes de la aldea donde se desarrolla la trama negará la identidad de Ahmet, cuyas vicisitudes serán capturadas con el naturalismo formal propio de los ‹coming of age›, pero viéndose este atravesado por secuencias de marcado cariz onírico que remiten a las ansias de libertad de los personajes. Este es, pues, uno de los mayores aciertos del aparato narrativo que despliega Unkovski: el de no subordinar su relato a la miserabilidad estereotípica de las cintas provenientes de países en vías de desarrollo. Al igual que Gabriel Mascaro en la excelsa El sendero azul, el realizador macedonio dota a muchas de sus imágenes de cierta fantasía ético-formal, plasmando su bella concepción humanista de la juventud balcánica. Este optimismo siempre tan ausente en los ciclos de festivales, cuyo grueso de programación no occidental suele limitarse a cintas tan academicistas como fatalistas en su tratamiento temático, subyugando la mirada propia a cierta condescendencia burguesa, comienza a aportar una ansiada renovación del cine balcánico, estancado desde hace años y con poca representación internacional.

Esta mirada esperanzadora se hace patente en una de las escenas más evocadoras del metraje —que ha sido utilizada para uno de los pósters de la cinta—, donde una oveja, cuyo pelaje se ha visto teñido de rosa fucsia, destaca entre la multitud del rebaño por el que vela Ahmet. En la concepción y consecuente filmación de esta imagen subyace la reflexión temática sobre la que Unkovski ha articulado toda su obra. No se trata de separarse del grupo ‹en pos› de la individualidad, ni tampoco de supeditarse a este, sino de integrar la identidad propia en la grupal, manifestar el propio ser en el conjunto sin necesidad de abandonarlo. La modernidad y la tradición siempre parecen enfrentadas cuando, nada más lejos de la realidad, llevan toda la historia en constante simbiosis, en una mutación bilateral.

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