Sesión doble: Las olimpiadas de Tokio (1965) / Vaselina roja (1989)

La sesión doble dirige su mirada al mundo de los deportes con una pieza de Kon Ichikawa, el documental Las olimpiadas de Tokio; y uno de los títulos a destacar de Nanni Moretti con su Vaselina roja.

 

Las olimpiadas de Tokio (Kon Ichikawa)

Los Juegos Olímpicos de 1964 fueron los primeros de su historia con sede en un país asiático. El gobierno de Japón, consciente de la magnitud del evento, tenía en mente la idea de producir una suerte de reportaje tradicional —similar a las retransmisiones en vivo actuales— que condensara la totalidad de los juegos, con sus ceremonias de apertura y clausura, en la duración estándar de un largometraje. El primer candidato a dirigir las Olimpiadas de Tokio fue el mismísimo Akira Kurosawa, a quien no le hizo demasiada gracia filmar un ejercicio vacuo y populista, en el que no contaba con el control absoluto. Cuando la idea fue presentada a Kon Ichikawa, sin embargo, el cineasta de El arpa birmana reconoció el potencial plástico y cinematográfico de la proposición y aceptó el encargo. Con decenas de cámaras a su disposición y con técnicos de la talla de Kazuo Miyagawa (director de fotografía de Yojimbo y Ugetsu, entre otras), Ichikawa logra agarrar la antorcha directamente de la mano de Leni Riefenstahl y filmar una de las mayores odas al cuerpo y al movimiento jamás impresas en celuloide que, sin embargo, no gustó demasiado entre las autoridades niponas.

No hay sorpresas en la estructura. Los rituales olímpicos están muy acotados. Empezando con la entrada de la antorcha a Japón —con su respectivo recibimiento multitudinario—, la llegada de los atletas al país y la ceremonia de apertura. La rigidez obligatoria de este inicio no le impide a Ichikawa sembrar una personalidad fílmica que mantendrá de forma estricta durante todo el metraje. Pese a tratarse de un simple calentamiento, la cámara se pierde en las procesiones de deportistas entrando al estadio, o en las bandadas de pájaros que aletean por encima de la muchedumbre. La misma fascinación por el movimiento de las coreografías corales que recupera filmando, por ejemplo, la carrera de vallas femenina. Por otro lado, los gestos y expresiones faciales, a pequeña escala, captados con precisión, denotan una gran sensibilidad y atención al detalle.

Una vez entrada en calor tras la quema del pebetero —empezando con los cien metros lisos—, Ichikawa demuestra que puede ser a la vez riguroso y versátil. Cada disciplina requiere un acercamiento cinematográfico distinto y la cinta saca lo mejor de cada uno. En el lanzamiento de bala, cuya actividad deportiva se cuaja en unos pocos segundos, la película se focaliza en las íntimas ceremonias personales de cada participante previas a la efímera gesta atlética. Llevado al extremo opuesto, la maratón que hace de clímax de los juegos y de la cinta ocupa 30 minutos de metraje como equivalencia a la duración extenuante de la carrera. En la brillante secuencia de danza acrobática, muy a lo Norman McLaren, el cineasta se permite un momento de abstracción poética brillante que se contrapone a los episodios de mayor sobriedad y tensión. Este abanico de recursos formales y diversidad de sujetos también admite digresiones extra-deportivas igualmente estimulantes. La precisión y velocidad con la que los periodistas teclean en sus máquinas de escribir constituye un deporte en sí mismo. Ichikawa también revela la persona detrás del atleta, en los capítulos más naturalistas.

Con un equilibrio ejemplar, Las olimpiadas de Tokio se resume en una gran sinfonía de movimientos y textura de los cuerpos, con igual interés por el prodigio de las grandes hazañas y la sensibilidad del espíritu humano. Con una fotografía, montaje y diseño sonoro brillante; momentos frenéticos y ocasiones en las que parece congelarse el tiempo; comicidad y seriedad por partes iguales y una formalidad deslumbrante, el completísimo y prodigioso monumento de Ichikawa es innegablemente uno de los grandes hitos de la historia del documental.

Escrito por Carles Verdaguer

 

Vaselina roja (Nanni Moretti)

El deporte en el cine es un lienzo con un sinfín de posibilidades, aunque muchas cosas lo son en las manos adecuadas. El mundo de la competición deportiva parece ser agradecido con el lenguaje cinematográfico, el fundamento de ambas realidades es el movimiento, sin él no hay deportes, sin él no hay imágenes. Quizás por eso el deporte ha inspirado a muchos grandes del cine, quizás más del documental que la ficción, pero esta segunda se puede nutrir mucho de la actividad deportiva. Como ejemplo traigo Vaselina roja (Palombella Rossa), obra bastante ignorada de Nanni Moretti que demuestra que la capacidad del cine para la abstracción es imbatible.

Siempre son reivindicables la absoluta maestría e ingenio de Moretti, en mi opinión uno de los mejores cineastas vivos, pero este tipo de atributos brillan bajo su propia luz mucho mejor que las palabras. Moretti, enamorado del deporte, encuentra en el waterpolo la columna vertebral de toda una vida. En la cinta, Michele (el propio Moretti) pierde su memoria en un accidente de coche antes de un partido de waterpolo y de un gran evento político que ya no sabe que tiene. La película transcurre a lo largo del partido, entrecruzando en el agua de la piscina tanto política, familia y vida como filosofía. El partido no es solo un partido, es una lucha política, una defensa de ideales, es también una película en sí misma. La riqueza de realidades es inacabable y tanto guión como cineasta saltan de una a otra, o las juntan, con la elegancia de los nadadores olímpicos.

Es significativo que en el bar de la piscina se esté reproduciendo Doctor Zhivago de Lean y que, con un fabuloso descaro, Moretti trace líneas de igualdad entre el desarrollo de un filme diegético y del partido que se está disputando a escasos metros, también, por supuesto, con la propia película que estamos viendo los espectadores, que encapsula todo. Los retos narrativos del enfrentamiento, las jugadas, las estrategias, los desmarques, se hacen en un plano literal, físico, a la vez que espiritual, en la memoria. La vida de Michele está en este partido, en esta película, y todo tiene significado a la vez que todo sea simplemente un deporte. Sin ir más lejos, durante la mayoría del filme, el waterpolo parece ser lo que menos interesa al personaje de Moretti.

La belleza del deporte, de sus ambientes, está por supuesto presente y Moretti siempre me ha fascinado con su imaginación para hacer de eventos cotidianos algo absolutamente extraordinario. No voy a entrar a resaltar secuencias específicas, pero situaciones tan simples como escapar de un militante pesado lleva inesperadamente a imágenes de una belleza despampanante. Y entre tanta belleza, entre una dirección sobria y un guión ingeniosamente divertido, se teje un telar de relaciones entre cine, política, deporte y vida, porque todos forman parte de Michele, pero también forman parte del resto. Una persona no puede escapar de sí misma y al final del partido tiene la oportunidad de tomar las riendas, de lanzar el penalti aunque se pueda fallar, o no hacerlo. Eso ya depende de cada uno.

Escrito por Robert Gómez

 

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