En una ocasión, el jefe de cocina del restaurante donde trabajaba por aquel entonces, me dijo que para ejercer como tal no solo había que saber cocinar, sino también dominar otras disciplinas: un poco de psicología para controlar el grupo, algo de mecánica porque cualquier gasto imprevisto puede llegar a ser un lío y arreglar tú solo cuanto puedas te saca del apuro, e incluso ese don de gentes necesario porque bien sabido es que cualquier trabajador de un restaurante no es para mucha gente sino un esclavo, y debe ser tratado con desconsideración sin que lo mandes a la mierda debidamente.

Un enfoque similar es el que busca, en parte, trasladar Petra Biondina Volpe a su nuevo largometraje, dando a entender que tras la figura de una enfermera no sólo está esa persona que sabe realizar una reanimación cardiaca, administrar las dosis pertinentes de cada medicamento o intentar atender cada urgencia a su debido momento, sino también aquella capaz de desarrollar una cierta empatía, encontrar la palabra adecuada a cada paso y saber escuchar cuando la tensión se dispara ante los distintos frentes abiertos. En ese sentido, la cineasta encuentra en el diálogo una herramienta distintiva, sabiendo medir y encontrar la palabra adecuada.
Turno de guardia desarrolla desde los mecanismos de ese cine social palpitante, que se adhiere a su personaje central en un ejercicio a tiempo real, un drama que las veces desplaza su epicentro en busca de las derivas de un thriller mutante, que nunca se adhiere del todo a sus constantes pero expresa la tirantez y el desasosiego de una jornada inconmensurable con certeza. La jornada de Fiora, esa enfermera interpretada por Leonie Benesch, se deforma poco a poco ante un inasumible flujo que irá transformando sus constantes.

Los espacios amplios y luminosos que recogen el periplo de la protagonista en un inicio, derivarán paulatinamente y a medida que avanza la jornada, en pasillos y habitaciones cada vez más angostos que recogen esa sensación de impotencia imperante. Todo ello sin necesidad que la autora de El orden divino recurra a un dispositivo desde el que claustrofobizar el lugar de trabajo de Fiora. Basta con seguir sus pasos en un recorrido cada vez más intenso para captar una transformación que la sobresaliente actriz, ya acostumbrada a estar en el ojo del huracán, asume comprendiendo cada sacudida como cada instante de quietud.
Porque, en efecto, Petra Biondina Volpe busca constatar lo que sucede en uno de tantos centros médicos, recogiendo la angustia y el estrés, pero otorgando también escenas que ejercen a modo de contrapunto, arrojando un efecto balsámico y humanizador al trayecto de la protagonista: incluso ante individuos sin paciencia que arremeten contra quien esté ante sí, aunque su voluntad sea la de ayudar, encuentra la sonrisa resignada de una paciente con cáncer ante la atónita mirada de Fiora, o un momento extrañamente tierno al son de una canción que relaje la ansiedad.

«¡Aquí nunca hay paz!» exclama otra paciente en mitad de la vorágine laboral, y aunque todo ello sea cierto, la cineasta halla entre risas alguna que otra secuencia más puramente cinematográfica desde la que distender el ambiente. Y es que aunque estemos ante una denuncia —sus cartelones finales así lo atestiguan— que busca poner el foco en las instituciones para que comprendamos quién arroja a las personas al punto de mira, Turno de guardia equilibra su mirada en torno a un cine más popular donde también quepan licencias poéticas como ese plano final que otorga un merecido regazo a un personaje rendido ante lo laboral, pero sobre todo ante lo humano.

Larga vida a la nueva carne.





