Adam Martinec posa su mirada en ese terreno donde la tradición, lo local, toma forma. El checo nos traslada a una de esas zonas vaciadas que preservan (de algún modo) su esencia a través de esas costumbres capaces de unir bajo un mismo techo distintas generaciones.
Fijado un marco específico, que queda apuntalado con la intervención de un invitado inesperado —el vecino de la familia protagonista—, al que contraría el hecho de la matanza debido a la prohibición por parte de las autoridades de que se realicen en el ámbito doméstico, Our Lovely Pig Slaughter funciona como uno de esos dramas familiares repletos de tensiones y secretos que se irá aligerando con certeras notas de humor.

De hecho, ese tejido dramático que, sin otorgar una corporeidad específica a la obra, queda armado mediante una suerte de ‹set pieces›, define la esencia del film. El objetivo de Martinec no es, al fin y al cabo, hallar un espacio desde el que confrontar espacios ni relaciones, sino más bien celebrar esa (valga la redundancia) celebración. Todo ello aderezado, claro está, de los distintos inconvenientes que irán surgiendo a lo largo de la jornada, y que encuentran en el amplio espectro tonal que dispone el checo una de sus grandes bazas: porque asistamos a un aparatoso momento al más puro estilo ‹slapstick› que derivará en más tiranteces todavía, o sigamos el periplo del patriarca familiar en busca de sangre para poder terminar algunas de las elaboraciones, cada secuencia está integrada con una caligrafía muy particular en el relato.
Lejos de su estilo formal, no hay pues una distancia elocuente entre los distintos momentos que conforman esta Our Lovely Pig Slaughter, que aboga por una de esas crónicas pegajosas que apelan a lo coral escurriendo entre sus imágenes una mundanidad muy significativa. Martinec no ahonda en el retrato de sus personajes, ni busca realizar un lienzo donde todo quede superpuesto a ese vaivén de caracteres y, por ende, emociones de lo más variadas. Más bien todo queda prendado por la susodicha coralidad indagando en su amplio espectro como forma de representar una realidad que el cineasta atisba con distancia a la par que abraza rodeándose por cada individuo y cada instante. Omite, en definitiva, el juicio, para entregar un fresco resuelto desde el que dar sentido a esa suerte de rito que aúna a sus protagonistas bajo un mismo techo (o cielo).

No hay, no obstante, en esa mirada transparente con que el checo observa a los personajes que transitan Our Lovely Pig Slaughter, elementos que incurran en una romantización que resultaría un tanto extraña. Lejos de su escritura, y del armazón tanto narrativo como formal, el cineasta logra suscitar un reflejo que en ocasiones se siente auténtico, exprimiendo todo aquello que tanto el propio contexto como las distintas voces que dan forma al relato proveen, y que en especial se sostiene gracias a un elenco que se integra a la perfección no tanto con aquello que pretende contar su autor, sino con lo que desea transmitir.
El film logra captar con todo ello una identidad cada vez más empequeñecida por el modo en cómo se marchitan y extinguen estas tradiciones que no hacen sino sostener y mantener viva una parte cada vez menos apreciada, pero asimismo valiosa, de la esencia de esos recovecos y menudas poblaciones que recorren la orografía de cada país. Y, con ello, Our Lovely Pig Slaughter trasciende el sentido de la misma liturgia otorgando importancia a su rol como generadoras de sinergias que en el fondo no hacen sino sostener el frágil microcosmos en el que en ocasiones nos relacionamos.


Larga vida a la nueva carne.





