En los primeros compases, Valor sentimental nos habla de una casa. Con gran belleza para encuadrar lo inanimado, el afecto que la voz en off muestra por la estructura arquitectónica conduce la narrativa de una familia desmontada tras la marcha del padre, dejando un silencio en el interior del edificio difícil de llenar. Es curioso como en tan pocos minutos, Joachim Trier ya consigue impregnar esas paredes de historia, de un pasado que la dotan de ese valor sentimental al que alude el título y de un trasfondo inescapable cuyos efectos se mantendrán presentes a lo largo de todo el metraje.
Como sucede en el cine, la casa es una espectadora de la vida de sus residentes y, como la casa, Trier nos sitúa como testimonios del porvenir de aquella familia, del estado de ese silencio que, con el paso del tiempo, ya no solo está contenido en las habitaciones del hogar. La aproximación a las distancias y barreras entre Gustav Borg (Stellan Skarsgård), el padre ausente, y Nora Borg (Renate Reinsve), su hija mayor, se construye a partir de un retrato entrañable de los personajes y de una muestra de gran sensibilidad por ellos que impregna el filme de ternura: en lugar de acentuar el drama, este sirve al propósito de solidificar la calidez que define el tono del metraje. No hay villanos en el filme, de hecho parece que todo el mundo esté ausente de malicia y sin embargo el dolor del individuo parece estar estrechamente ligado a los actos de los demás. Como sucedía en la casa, la falta de ruido no es necesariamente mejor, pues aquello oculto en los silencios, lo que no se verbaliza, atrapa en la angustia existencial a los personajes, y como núcleo del argumento hay un enorme silencio prolongado en el tiempo. Hay algo chejoviano en el descontento sumergido en la relación padre e hija de Nora y Gustav —no en vano, en la introducción se menciona La gaviota (1986) de Antón Chéjov—, los cuales, pese a su aparente éxito, viven en un dolor existencial al que Trier quiere aproximarse con delicadeza, y si bien lo consigue mediante la ternura que propone en su acercamiento, el excesivo subrayado dialéctico rompe por momentos esa sutileza tan hermosa con la que retrata la psicología de los personajes que habitan la película.
Temáticamente Valor sentimental entabla un estrecho diálogo con otro estreno reciente: me refiero a Jay Kelly (Noah Baumbach, 2025) y la incorporación de el proceso creativo de una ficción como modo de vida, algo común en ambos largometrajes. Si la superestrella Jay Kelly (interpretada por George Clooney) sufría una crisis existencial al darse cuenta de que sus únicas conexiones reales eran aquellas que interpretaba en un rodaje, encontrando de este modo una realidad alternativa en su trabajo, en el caso de Gustav Borg el arte y su creación se convierten en un medio para comunicarse y estrechar lazos con aquellos que le rodean. Un guion para mostrar sus preocupaciones, un rodaje para pasar tiempo con su familia, la ejecución de un plano para recalcar su fascinación y amor incondicional… ficción y realidad se entrecruzan y retroalimentan, un elemento realzado por los cortes de montaje a películas dentro del universo del filme sin previo aviso, entrando repentinamente en un documental dedicado a Gustav o a la escena de una película del director. Nora y Gustav viven rodeados de realidades impostadas, de escenas escritas, de actuaciones, de sets y escenarios adaptados a una idea… elementos que comparten paralelismos con sus vidas y que se imponen como vehículos de la verdad.
El pasado nutre el presente como las experiencias vitales influyen en la creatividad de una película. Ante la falta de comunicación, la expresión artística se torna en un punto de encuentro sobre el que aceptar emociones ocultas y reconocer la verdad. Valor sentimental parece identificar el artificio como un mero adorno de la realidad subyacente y se revela consciente del poder de ese subtexto, de ese pasado cargado de recuerdos que dota a todo lo que nos rodea de algo tan difícil de cuantificar pero tan presente como es el valor sentimental.
Escrito por Dani Álvarez López









El director y guionista danés JOACHIM TRIER (n. 1974) realizó esta película dramática en torno a una casona ubicada en Noruega, habitada por generaciones de una familia durante buena parte del siglo XX y lo que va del siglo XXI.
Así desfilan en saltos temporales hacia atrás una abuela que formó parte de la resistencia al nazismo, su hijo, el cineasta GUSTAV BORG (el excelente actor STELLAN SKASSGARD) padre de dos hijas como NORA (consagratoria actuación de RENATE REINSVE), una gran actriz de teatro con conductas depresivas y su hermana menor AGNES ( buena actuación de INGA IBSDOTTER LILLEAAS), actriz siendo niña que de grande es historiadora y pudo casarse formando una familia con un hijo.
Producto de la muerte de la madre de NORA y AGNES ese padre vuelve después de varios años de separación a encontrarse con sus hijas y le propone a NORA que sea la protagonista de una película donde debe interpretar a una mujer inspirada en su madre, lo que genera un fuerte enfrentamiento entre ambos que se convierte en el eje de una película cuyo final está por debajo de su desarrollo.
Sin llegar a la altura del genio de INGMAR BERGMAN el director logra una película dramáticamente intensa sostenida por un elenco muy sólido. Merece ser vista (7/10)