En un vecindario de Madrid, durante la mañana del primer día de carnaval, una mujer aparece asesinada en su casa. Cuando el joven investigador Matías es asignado al caso, descubre que la fallecida era una prestamista usurera, con lo que comienza a sospechar de sus deudores. Tras aparecer en la escena del crimen para intentar recuperar su pipa, Nemesio, uno de ellos, será detenido de inmediato. Sin embargo, Nieves, la hija de Nemesio, no cree que su padre sea el culpable, y se dispondrá a limpiar su imagen mientras el propio Matías comienza a albergar dudas, investigando ambos de manera paralela para esclarecer el suceso en medio del bullicio de las fiestas.

Realizada en 1945, Domingo de carnaval fue una de las tantas obras notables de Edgar Neville, tal vez el director más importante del cine español durante las primeras décadas de la dictadura franquista, y responsable de llevar la industria del país por nuevos derroteros. Apenas un año después de realizar la obra precursora del fantaterror español, La torre de los siete jorobados, el cineasta madrileño propone una mezcla entre intriga detectivesca clásica y sainete castizo, que aligera con frecuencia el peso dramático de los acontecimientos para mostrar un retrato cómico y lleno de simpatía hacia la ciudad y sus habitantes.
De hecho, pese a centrar su narrativa en el crimen, donde más parece disfrutar Neville es en el jolgorio del ambiente carnavalesco, lo que hace pensar en su inquietante premisa casi como una excusa para adentrarse en las costumbres de su ciudad y fijar su cámara en ellas, con una mirada plenamente fascinada. Se puede establecer un contraste claro con obras del ‹noir› estadounidense que también transcurren en ambientes festivos, pero que mantienen su enfoque eminentemente en la intriga criminal, o por otro lado con el neorrealismo que iba a empezar a emerger en el cine italiano, de una fuerte crítica social y de un peso dramático que se alza por encima de lo demás. Esta película es decididamente distinta, pese a tener elementos comunes con ambas tendencias cinematográficas; es una obra lúdica y divertida, y se nota desde el primer momento que la prioridad del autor es retratar ese aspecto de su Madrid que le resulta particularmente simpático.

Aún así, la trama detectivesca que estructura Domingo de carnaval es en sí misma muy disfrutable, en particular por el personaje de Nieves, interpretado por una genial Conchita Montes, y sus ingeniosas estrategias para obtener información sobre el crimen, aprovechando la confusión de las fiestas y la posibilidad de disfrazarse para pasar desapercibida. Es así como, junto con su amiga Julia, se adentran ambas en una investigación paralela en torno a un forastero misterioso, cuya historia que le relaciona con la prestamista no resulta convincente. Frente a los consejos de Matías —un notable aunque menos lucido Fernando Fernán Gómez—, quien le advierte constantemente de los peligros, Nieves avanza a su manera y logra desentrañar el caso, a costa de su propia seguridad.
Los mimbres principales que sostienen la cinta, tanto la intriga como el retrato costumbrista, rayan ambos en la excelencia y demuestran la habilidad de Neville para combinar tonos que parecen muy difíciles de manejar sin que uno se imponga claramente al otro. Sin embargo, en otros elementos, más secundarios, que propone la película, el resultado no me convence tanto. En particular, si hay un elemento que no me funciona en ningún momento, y no por falta de carisma o presencia escénica de Conchita Montes, es el tira y afloja romántico que se establece entre su personaje y Matías; ambos son personajes interesantes y avanzan la narrativa desde distintas estrategias, pero la tensión de su relación se me hace impostada y no me la termino de creer, más allá de añadir un elemento algo previsible al desarrollo de los acontecimientos. En cuanto a la comedia pura, me funciona más desde un todo, generando un ambiente entrañable y divertido en torno a la fiesta, que en los intentos específicos por armar un chiste, que me resultan algo bobalicones, subrayados e inevitablemente envejecidos.

Incluso con los peros que le pueda poner, la mayoría de ellos inherentes a estar viendo una ficción castiza de los años 40 que refleja usos y costumbres que ya no resuenan con un espectador actual, Domingo de carnaval es una película fascinante y muy meritoria para su época y lugar, que avanzó y sofisticó de manera notable el cine español. Y es, también, una ventana al pasado que permite observar con curiosidad, y también con cierta nostalgia, cómo era la vida cotidiana en el Madrid de los años 40 y, particularmente, en sus fiestas de carnaval, que tanto encantaban a Neville y que refleja con un cariño inmenso aquí.






