En 2025 se cumplió el centenario del nacimiento del director de cine polaco Wojciech Jerzy Has, fallecido en el año 2000. Un autor interesante y poco conocido a la sombra de otros cineastas de su país como Andrzej Wajda, Krzysztof Kieślowski o Roman Polanski, pero sobre todo eclipsado por su obra más importante, El manuscrito encontrado en Zaragoza (Rękopis znaleziony w Saragossie, 1965), film de culto inclasificable que ha sepultado el resto de una filmografía poco vista y de difícil acceso que, gracias a la Fundación Ava Arts en colaboración con la Filmoteca Española, algunos hemos podido al fin descubrir en su integridad.

Has nace en Cracovia en 1925. Tras cursar estudios de Bellas Artes (su primera vocación fue la de pintor) y Cinematografía, inicia su carrera en el cine con una serie de cortometrajes, la mayoría documentales educativos, en los que es difícil ver un sello claro de autoría, salvo quizás el único que realizaría de ficción con un guión propio, Harmonia (1948); un brevísimo melodrama sobre un chico que quiere conseguir un acordeón. Aunque no engarza en exceso con su obra posterior, comienza con la cámara recorriendo una serie de objetos hasta llegar al rostro de un niño que mira a través de una ventana, elementos que a lo largo de toda su filmografía posterior —movimiento de cámara, multitud de objetos, alguien mirando por la ventana— se repetirán constantemente.
Realiza su primer largometraje en 1958, El nudo corredizo (Pętla). Adaptación de una historia de Marek Hłasko, narra 24 horas en la vida de un alcohólico. Protagonizado por el que será su actor más habitual, Gustaw Holoubek, nos describe la vida de un hombre atormentado y amenazado por constantes intromisiones —un vecino, el teléfono, la puerta…— y su lucha por revertir una situación que le supera.
El debut de Has es también una de sus mejores películas. Muy bien rodada, es el retrato descarnado de un hombre que pretende dejar la bebida, pero le importunan constantemente aquello que devendrán señales que le provocan confusión y desasosiego. Una cuenta atrás donde el tiempo, el pasado, la tentación y la desesperación confluyen con la pérdida de esperanza y la imposibilidad de revertir una vida a la que no puede aferrarse, aunque no haya motivo específico para esta caída y a pesar del apoyo de su novia, interpretada por Aleksandra Śląska. Una gran película que se vive con tensión y desasosiego, con un muy marcado cuidado por los detalles y una excelente interpretación de su protagonista.

Ese mismo año, Has estrena su segundo largometraje, Farewells (Pożegnania). Adaptación de un novela de Stanisław Dygat, que nos cuenta la compleja relación en el tiempo entre Pawel (Tadeusz Janczar), un joven de familia aristocrática, y Luka (Maria Wachowiak), una bailarina. Ambos se conocen antes de la II Guerra Mundial en el club donde trabaja ella y tienen un breve idilio al que el padre del chico pone fin. Tras el conflicto se reencuentran, pero el estatus social y la situación personal de cada uno ha variado radicalmente.
Historia de amor fallida, con el trauma de la guerra de fondo y donde los roles sociales se dan la vuelta, mantiene un aire melancólico y simbólico muy propio de la filmografía de Has, que presenta momentos provocadores y atrevidos (hay incluso desnudos), aunque finalmente el argumento se deslice por una corriente existencial. Un film interesante con aroma a derrota que, en lo específico a la historia de amor, encuentra algún remedo y conversación que podría entroncar con una ‹Nouvelle vague› incipiente, aunque en mi opinión a veces resulta fría y distante en exceso. En cualquier caso, una compleja historia de amor que trasciende a lo social.
En 1960 se estrena Roomers (Wspólny pokój), que podríamos traducir como “sala común”. Adaptación de una novela de Zbigniew Uniłowski, narra la historia de un joven poeta interpretado por Mieczysław Gajda, que en los años 30 se muda como inquilino a una habitación compartida coincidiendo con otros jóvenes artistas. El film nos sumerge en un ambiente bohemio donde, por un lado, corren el vodka y los romances y, por el otro, hondas reflexiones. Hay disertaciones, poesía, ideas profundas sobre el arte y el amor con planos muy alargados y conversaciones intensas donde sobresale lo existencial, que culmina su discurso narrativo con la enfermedad y la muerte en una parte final tremenda y desasosegante donde cada personaje reacciona de forma diversa. Una película estimable e interesante, con reflexiones de calado, que entronca en cierta forma con su ópera prima El nudo corredizo, y que nos interpela sobre la amistad, la muerte y el arte en un ‹in crescendo› muy dramático.
Su siguiente trabajo, un año después en 1961, es La despedida (Rozstanie), que adapta una novela de Jadwiga Żylińska (única novelista mujer que adaptaría Has) sobre el retorno de una prestigiosa actriz teatral (interpretada por Lidia Wysocka) a su ciudad de origen y a la vieja casa familiar tras el fallecimiento de su abuelo, encarando la disyuntiva de volver o no, con la hostilidad del ama de llaves por un lado y el interés que por ella muestran algunos vecinos en segundo plano. Es un film elegante en su planificación, puesta en escena y movimientos de cámara. Planos largos, profundidad de campo y una muy buena fotografía. Hay un salto en la sofisticación y el estilo que acompañarán a Has a lo largo de su carrera y que serán sello de identidad de sus películas. Una historia que presenta planteamientos muy repetidos en los films de Has como el paso del tiempo, la tradición frente a lo nuevo, el amor, el reencuentro o la melancolía, unidos a planos característicos de relojes, gente mirando por una ventana, objetos, etc.

Al inicio de la película aparece un epígrafe después del título con el término «comedia sentimental». Quizás sería excesivo considerar una comedia esta película, pero sí que adopta un tono más ligero y menos trascendente que el habitual en Has, consiguiendo un resultado que se sigue con interés y resulta brillante por momentos, y al que quizás se le podría haber pedido algo más de brío y un carácter cómico más marcado. Una historia que en la que encontramos a un Has a medio camino entre sus intereses narrativos habituales y el tono más liviano de la historia.
En 1962 estrena Oro (Złoto), primer largometraje en el que Has dirige un guión ajeno (en este caso del escritor y guionista Bohdan Czeszko). Cuenta la historia de un joven misterioso (interpretado por Władysław Kowalski) que llega a una especie de campamento de trabajo donde apenas hay nada, no sabemos si huyendo de su pasado o buscando labrarse un futuro, en un ambiente deshumanizado e industrial, habitado por personas que parecen náufragos, con un bar como único reducto de humanidad.
Un film que, sin lugar a dudas, entra en una dialéctica y un estética más contemporánea, alejado del corte clasicista de las historias habituales de Has y protagonizada por un joven rebelde —una especie de James Dean polaco—. Aunque interesante en su planteamiento y con una estética bien lograda que capta la dimensión de desierto y vacío que busca la película, la trama resulta algo deshilvanada y el final no queda bien resuelto, resultando algo confuso.
Su siguiente largometraje es Cómo ser amada (Jak być kochaną) de 1963, basado en un cuento de Kazimierz Brandys, que rememora los recuerdos de una mujer, Felicja (interpretada por Barbara Krafftówna), durante un viaje a París, de la ocupación nazi en Varsovia, con sus vivencias, dilemas y la compleja relación con un hombre, Wiktor (Zbigniew Cybulski). Un melodrama amoroso de tintes psicológicos muy complejo, en el que una mujer se enamora de quien no debe, lo que le conduce a un sacrificio y una condena social que la rebajan a ámbitos inmerecidos, contado desde su punto de vista y dispuesta a cualquier cosa (incluso de índole sexual) por su amado.

Visualmente excelente, arranca con un monólogo interior de la protagonista en una barra de un bar y, a partir de ahí, se nos cuenta una historia fragmentada, llena de errores y buenas intenciones, que aboca a la tragedia, pero quizás también a un renacer. Un film muy relevante en la carrera de este autor que aborda, desde la perspectiva de una mujer enamorada, los traumas de la guerra y la ocupación. Una obra que tuvo diversos reconocimientos y presencia en algunos festivales internacionales de cine.
Así llegamos 2 años después, en 1965, al film clave en la filmografía de Has. Un clásico absoluto e indiscutible de la historia del cine, El manuscrito encontrado en Zaragoza (Rękopis znaleziony w Saragossie). Se trata de una adaptación de la novela homónima de Jan Potocki sobre las andanzas de un oficial de la guardia valona en España, Alfonso Van Worde (interpretado, de nuevo, por Zbigniew Cybulski), durante las guerras napoleónicas, y es eje de una trama que se derrama por todo tipo de senderos argumentales y estructurales, plagados de personajes y situaciones que se cruzan e interrelacionan.
Habría que empezar hablando de la propia novela del conde Jon Potocki (1761-1815): escritor, noble, diplomático, viajero, político… Su libro está plagado de historias que se entretejen en un laberinto que mezcla aventura, fantasía, magia, amor y comedia. Estamos ante una obra literaria tan fascinante como singular y audaz en argumento y forma, lo que a priori parecería descartarla para una adaptación cinematográfica. Pero Wojciech Has se atreve con un proyecto que parece imposible y que en cierta forma arraiga con el estilo de un autor acostumbrado a las adaptaciones literarias, con la ambición de superponer el elemento visual como guía de una narración capaz de expandirse por múltiples senderos. Quizás sea esta concepción fílmica la única posible para llevar a cabo la adaptación de dicha obra, además de contar con los mayores medios y los mejores talentos de la industria cinematográfica polaca de la época en esta obra con hechuras de superproducción.
Reverenciada por autores como Coppola, Scorsese o Buñuel, la película alcanza la misma singularidad y reconocimiento que en lo literario ocupa el libro. Una obra de culto magna, única, misteriosa y sorprendente sin precedentes ni herederos. Has está cómodo con la ruptura de las normas estructurales convencionales, inadecuadas para encarar este proyecto, emergiendo con una maestría única en su carrera que solo alcanzará a ráfagas en el resto de su cine y donde aplica a la perfección lo mejor de su estilo. Planos largos, sutiles y precisos movimientos de cámara. Una planificación perfecta, audaz, brillante y desconcertante. Como espectador, sólo puedes dejarte llevar por un torrente de situaciones donde la fantasía, el amor y el humor te abrazan en formas inesperadas.

Un film apasionante, de tres horas de duración y dividido en dos partes (en mi opinión la primera es mejor que una segunda a veces algo reiterativa) que se ve en trance. Una obra rupturista y de una irreverencia y originalidad que acaba muchas veces en hilaridad y carcajadas, registros ignotos en el resto de la obra de Has.
Más que ante una película, estamos ante un universo que se mueve con reglas diferentes, en el que la acción parece a veces un conjunto de ‹matrioskas›, unas dentro de otras, donde lo gótico, el relato de aventuras, el ensueño, la evocación, la magia y los saberes ocultos se entremezclan como lo hacen sus personajes, conectando gitanos con hidalgos, moros con cristianos o ricos y pobres.
Has tuvo a su alcance grandes medios en una producción sin precedentes en Polonia. Los escenarios y paisajes, aunque pertenecientes a su país, resultan un retrato muy convincente de la España de la época. El enorme elenco de personajes está espléndido, con unas interpretaciones ligeras y llenas de gracia, que dan el tono perfecto a la película. El trabajo del guionista Tadeusz Kwiatkowski, capaz de adaptar lo que parece inadaptable, es admirable. Por último, destaca la extraordinaria música de uno de los más importantes compositores y directores de orquesta de la segunda mitad del siglo XX, Krzysztof Penderecki, donde el aire musical español, lo sinfónico y los elementos de música electrónica experimental se entremezclan, potenciando la atmósfera surrealista y alucinatoria del film.





