Redux Redux (Kevin McManus, Matthew McManus)

La vida de Irene se ha transformado en una espiral de violencia (y muerte). La venganza es su motor, y el dolor es aquello que la mueve. Kevin y Matthew McManus proponen en su tercer largometraje una de esas piezas de género cuyo revestimiento parece apelar a las entrañas del mismo. Moviéndose a través de una estructura narrativa que nos redirige la ‹sci-fi› de viajes temporales, y emergiendo como un thriller con nervio y energía, Redux Redux entrega sus instintos más primarios a la configuración de aquello que, sobre el papel, se presenta como una inmersión pura de género.

La búsqueda de la protagonista, encerrada en un caos que no tiene fin, se antoja puramente visceral. Ante la imposibilidad de recuperar lo que perdió, Irene —que sustrae de la interpretación de Michaela McManus la fuerza conveniente para ejercer de bisagra entre la idea de los cineastas y su destino final— lo arrasa todo a su paso con un único cometido, por más que salgan a flote cuestiones que termina exteriorizando ante su víctima y a la vez verdugo de vez en cuando. Pero no se antojan caminos contiguos, y la (auto)destrucción se cierne como única meta factible.

Redux Redux juega sus bazas explorando los lindes del thriller de venganza y a su vez disponiendo un marco donde lo afectivo ha sido cortado de raíz. Es por ello que la aparición de la joven Mia arrojará un nuevo horizonte en la travesía emprendida por Irene. En primera instancia de forma casi casual, y más por el carácter revoltoso de la muchacha, pero más adelante encontrando un espejo desde el que aplacar una furia que no hacía más que alimentar el bucle perpetuo, de dolor y de sufrimiento, de un personaje abocado a la más absoluta nada.

La mirada indómita, casi desafiante, que le permite huir y seguir trazando su camino con independencia de los acontecimientos, mezclada con esa fragilidad y (en parte) inocencia, hacen de Mia el reflejo perceptible desde el que devolver a Irene a su humanidad. El instinto maternal aflora y, por ende, devuelve a su protagonista aquello que había extraviado en un proceso cíclico e interminable, haciendo del viaje más una contingencia que una circunstancia. La redención llega, y los McManus la entregan en una secuencia un tanto predecible y tramposa, pero a fin de cuentas casi forzosa dado el carácter del trayecto efectuado.

Como ya sucedía en su anterior film, los cineastas vuelven sobre esa vía de escape inapelable para huir de aquello que encierra a sus protagonistas, que los aprisiona. Porque aunque el camino sea en el fondo un proceso, todos tienen la necesidad de llegar a su fin… o morir en el intento. Y aunque quizá su faceta dramática no contiene el mismo vigor, el rabioso ímpetu que sí posee como thriller logra que Redux Redux sea capaz de condensar toda esa ira, mezclada con duelo, que empuja constantemente a su protagonista.

En torno a la visceralidad sobre la que orbita la narración, se encuentra pues el acierto principal del film de los McManus: aquello que nos mueve, de forma más o menos impulsiva, nos define a fin de cuentas; y sobre ello transitan las costuras de un relato tan teñido de sangre y sinrazón como hábil para encontrar una liberación justa a través de los mecanismos más elementales. Y aunque en ocasiones el recorrido se pueda sentir conocido o común, es la fuerza de sus imágenes (y su poderoso diseño de sonido) aquello que nos arrastra irremediablemente a un viaje de no retorno, podamos o no racionalizarlo (algo que, dicho sea de paso, ni siquiera interesa a sus autores).

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *