78 Days (Emilija Gašić)

Que vivimos en la era de la nostalgia es algo ya sabido y comentado desde hace al menos dos décadas. Las tendencias del futuro se prevén por el mero hecho de que se suceden prácticamente a nivel anual. Tanto es así, que pronto llegará el momento en que la recuperación nostálgica de los 2000 coincidirá con la de los 80 de verdad a fuerza de haber convertido las primeras décadas del Siglo XXI en puro aprovechamiento de unas estéticas y éticas de las que se nos echó hasta el caldo de sus bondades omitiendo sus incómodas verdades, cuando la única verdadera bondad es que entonces eras joven y ahora no, pudiendo ser el futuro un pastiche que, además, también incorpore un poquito del amianto de internet para empeorarlo todo aún más con gente apenas capaz de imaginar nada nuevo: la IA.

El caso es que las nostalgias avanzan tan deprisa que estamos empezando a recurrir a tiempos en los que ya casi nadie queda vivo, si acaso como algo infantil que te han contado tus abuelos. Recuerdos de recuerdos que convierten el pasado en una nebulosa que, en un mundo liderado por gente senil, quizá nos esté llevando hasta a mezclar épocas diferentes a la vez. Por ejemplo, actualmente ¿estamos viviendo casi a la vez motivaciones imperialistas al servicio de la clase dominante como en la Primera Guerra Mundial y la expansión del fascismo, el expansionismo militarista y la ineficacia de la ONU —entonces Sociedad de Naciones— como en la Segunda Guerra Mundial?

Por suerte para todos, hay cosas que se mantienen en su sitio desde casi su creación, dándonos certezas. La OTAN, por ejemplo. Liderada (¿?) actualmente por un viejo meado que juega a la piñata con el globo terráqueo, en los años 90 vivió posiblemente su época de mayor apogeo, siendo su intervención dentro de las guerras yugoslavas la primera conjunta desde su formación en 1949. Esta organización, que se constituyó como un sistema de defensa colectiva, atacó unilateralmente Yugoslavia como respuesta a las campañas de limpieza étnica y represión contra albanokosovares llevadas a cabo durante la guerra de Kosovo. Con un contexto aparentemente noble, la realidad, más allá de que los bombardeos se realizaran sin autorización previa del Consejo de Seguridad de la ONU, es que estos afectaron a personas inocentes, como por ejemplo niños, que vivían por allí.

78 Days, una película que se presenta como si fuera una serie de grabaciones en vídeo encontrados años después a modo de película ‹found footage›, encuentra su verdadero sentido en este largo contexto introductorio del que la directora Emilija Gašić prescinde casi por completo. Sin antecedentes ni dedos que señalen el camino, la relación de las tres hermanas protagonistas sobre las que pivotan los 78 días de bombardeos de la OTAN en 1999 llevan sin dudarlo a la nostalgia, entre tierna y entrañable, pero sin un filtro que suavice el pasado. Porque Gašić, puede que utilizando sus memorias para ello, reconstruye una nostalgia que no sirve para embellecer el recuerdo, sino para revelar lo que había dentro de él. La textura de las cintas Hi8, los juegos infantiles, las discusiones entre hermanas o las canciones que suenan en un radiocasete no funcionan como un ejercicio estético retro, sino como la forma más honesta de registrar cómo se vive una guerra cuando no eres un patriota, ni un presidente, ni una noticia de televisión, sino simplemente alguien que está allí porque ha nacido allí.

78 Days es el primer largometraje de Emilija Gašić, por lo que claramente no tengo ni idea de sus intenciones ni de nada, pero da la sensación de que en su discurso se entiende que la memoria colectiva no se compone de grandes discursos, sino de fragmentos aparentemente insignificantes, tardes aburridas, bromas privadas, recetas improvisadas, silencios incómodos. Pero cada uno de esos momentos está atravesado por algo que los interrumpe constantemente: el sonido de las sirenas, el paso de los aviones, la amenaza de los bombardeos. La vida cotidiana no desaparece durante la guerra; lo que ocurre es que queda suspendida, cortada en seco, como esas grabaciones que se detienen de repente cuando la realidad irrumpe con violencia.

De ese modo, la nostalgia que compone 78 Days no es la de quien mira el pasado para sentirse cómodo o en un periodo seguro de su vida en que poder recuperar su juventud, sino la de quien vuelve a él porque lo ha deformado. La película reproduce la estética de una época, sí, pero también recuerda que detrás de esa estética había gente intentando seguir viviendo de la mejor manera posible, humana. Lo que podría parecer una cápsula del tiempo sentimental de finales de los noventa termina revelándose como un testimonio sobre cómo los conflictos geopolíticos que se deciden muy lejos de las casas acaban incrustándose en los recuerdos más íntimos de quienes los padecen.

Quizá por eso la película resulta tan convincente incluso cuando sabemos —en mi caso al final de la película, por lo que recomiendo no leer nada, ni esta crítica, antes de verla— que no es un documental. Porque, en cierto sentido, funciona como uno. No documenta unos hechos concretos —aunque los evoque—, sino algo más difícil de registrar: la forma en que la violencia histórica se filtra en la memoria personal y permanece allí durante décadas. Las guerras terminan, los titulares desaparecen y los responsables políticos envejecen, pero las personas que crecieron bajo esas sirenas siguen recordando exactamente cómo sonaban.

En un presente saturado de nostalgias, 78 Days propone una algo más incómoda: la de un tiempo que nadie debería querer repetir, pero que tampoco puede permitirse olvidar. Porque, al final, las guerras nunca pertenecen del todo al pasado, al menos no para quienes sí las vivieron, y deshumanizan a las víctimas que están en el otro bando y no han podido ni siquiera decidir si están en él.

Al acabar de ver la película, me puse a escuchar Tío Sam de Ska-P, canción del álbum Planeta Eskoria (2000) que ha envejecido mejor que el presidente de Estados Unidos y que me convierte en un nostálgico de los que yo tanto critico.

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