Trumbo: La lista negra de Hollywood (Jay Roach)

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Una de las constantes, de los elementos más habituales de los biopics es sin duda su rutina en el tratamiento del personaje biografiado. Nacimiento, evolución, éxito, decadencia y resurgimiento son las fases que inevitable y machaconamente son repetidas independientemente de si hablamos de un músico, actor, político o fontanero. Luego está lo de la linealidad cronológica. Algo que a veces se enmascara con flashbacks, cierto, pero que al fin y al cabo acaban por describir un arco temporal fácilmente remontable en su orden temporal natural.

Como no, también asistimos al tremendismo del retrato por bandera. Da igual las grandes cosas que el personaje haya hecho. En el fondo lo que interesa es hacer un Sálvame Deluxe de su vida. Que salgan drogas, promiscuidad, trullo, pobreza, maltratos… lo que haga falta con tal de impactar. En definitiva, al final el biopic se convierte en justo lo contrario a lo pretendido, un catálogo de desgracias y desventuras que le suceden a alguien, pero que en absoluto le definen ni le tratan, o si acaso lo muestran como una no-persona bamboleada por sus circunstancias.

Trumbo ofrecía, dado además el contexto terrible en el que desarrolla (la caza de brujas McCarthyana en Hollywwod) todos los ingredientes para ser otra película más volviendo a las andadas. Dramón superficial, martirologio de todos los afectados por dicho proceso y, claro está, reflexión nula sobre las consecuencias y motivos de dicha persecución ideológica además de obviar los aspectos más profesionales del personaje biografiado.

No podemos negar que algo de todo ello hay en Trumbo, esencialmente en lo que toca a las partes más sentimentales del personaje. Los premios nunca recogidos debido a su forzado anonimato profesional, las difíciles relaciones con sus amigos y familia, las traiciones ideológicas… Todo un despliegue de desgracias que podrían condenar la cinta a ser otro producto superficialmente lacrimógeno y carente de personalidad.

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Sin embargo, y quizás por la elección de Jay Roach como director de la película, Trumbo respira de otra manera. Hay una cierta ligereza en todo lo que nos cuenta, y no porque se tome un tema tan serio en broma o de forma superficial, sino porque el film parece impregnarse de, por un lado, la atmósfera entre glamurosa y reivindicativa del Hollywood clásico y por otro del estoicismo resignado y a la vez alegre del propio Dalton Trumbo.

Una personalidad que parece encajar las vicisitudes de gama alta a las que se ve sometido mezclando socarronería, resignación y una buena dosis de ironía. Un despliegue de sentimientos que Bryan Cranston, protagonista máximo aunque no único de la función, lleva a extremos de máxima credibilidad al personaje al no caer en histrionismos, ni exageraciones de intensidad facial defecatoria.

Lo que consigue pues Jay Roach con su película no es moco de pavo al lograr informar sin dramatizar, entretener sin caer lo inane y sobre todo, conseguir una concreción temática a través de una narración luminosa articulado en diálogos tan ágiles como punzantes, lo que nos evita ese aluvión habitual de datos, de anécdotas intrascendentes, que hubieran convertido a Trumbo en otro biopic farragoso e interminable. Sí, como bien apunta Luís Martínez de El Mundo, no es una comedia pero casi. Y su mayor mérito es que no moleste, sino que consiga dibujar un panorama desolador sin que perdamos la sonrisa.

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