Black Coal (Diao Yinan)

Cuando acaba Black Coal la sala se queda por un momento en silencio. No es para menos. Todos los espectadores están digiriendo el fulminante final que ofrece la cinta tras una hora y media apasionante y asombrosa. Hay una ligera duda, ¿qué acabamos de ver? No es el típico thriller, se salta todas las normas del género. Tiene algo de la narrativa confusa de Fincher, y también algo de la trampa y la sorpresa de Oldboy. Claro, que también tiene un protagonista que parece el Philipp Marlowe chino. Desde luego, lo único que sabemos es que Diao Yinan ha conseguido sorprendernos con su propuesta.

Ya desde el primer minuto la película apuesta por impactar. En la primera escena viajamos en un camión de carbón en el que hay… algo. Algo que acabará por ser una mano humana, como se descubrirá posteriormente en la fábrica. El detective Zhang Zili (al que se presenta con media pincelada, pero qué media pincelada más brillante) se embarcará en la investigación de un caso que terminará sin resolver y en el que será herido. Cinco años después, abandonado ya el cuerpo y con un Zili en plena decadencia, con adicción a la bebida y hundido en la seguridad privada, el caso, que quedó sin resolver, vuelve a a cruzarse en su vida de forma casual. Los asesinatos del carbón ahora tienen que ver con las pistas de hielo. Por supuesto, intentará resolverlo por su cuenta. ¿Qué tiene que perder un hombre que ya lo perdió todo?

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La sinopsis puede sonar muy convencional, pero el director chino se encarga de darle su propia voz. De hecho, el primer caso, que funciona a modo de prólogo, ya tiene sus propias sorpresas. Se nota que ha trabajado como guionista antes de lanzarse detrás de las cámaras, pues los giros narrativos van desde las sorpresas argumentales hasta lo completamente inesperado. Cada segundo de lo que se muestra en la pantalla está absolutamente pensado y cuidado hasta el último detalle. Muy como mandan los canones, la navaja de Chejov y esas cosas, todo lo que aparezca no será baladí; tendrá su importancia en algún momento.

Porque por muy buena que sea la historia, hay otra cosa que casi acapara la atención del espectador, y es la atmósfera. Quizá uno tarde en darse cuenta de lo que es, pero Yinan nos sumerge en un mundo absolutamente incómodo. El frío, la soledad, el silencio… la película se las apaña para que incluso una velada romántica en lo alto de una noria sea algo lóbrego, oscuro e inquietante. El trabajo de iluminación no se puede describir con palabras.

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Por supuesto, también contribuye a darle ese toque tan inquietante la intepretación realizada por el dúo protagonista. Liao Fan, protagonista absoluto, digno de los momentos más oscuros de Raymond Chandler, está simplemente soberbio. Quizá porque las historias de fracaso tienen ese morbo de la épica del perdedor, nos podemos identificar con él desde el primer momento. La réplica se la da Gwei-Lun-Mei, que hace un papel menos imponente, quizá menos difícil de llevar, pero no por ello menos importante. La química, patente, entre ambos ayuda mucho.

De la mano de ambos recorreremos un camino que no resulta fácil. Hay que estar atento a todo lo que ofrece la escena. Muy al estilo oriental, este thriller no va a poner las cosas fáciles: prefiere sugerir a desvelar, el poder del silencio antes que la esclavitud de las palabras. Cada gesto y cada cosa no dicha son capaces de desencadenar un auténtico mundo en esta película.

Quizá el único pero que se le podría poner a esta cinta sería ese: que puede llegar a ser difícil para el gran público. La quietud, la lentitud y la poca externalización de la que hace gala, que son precisamente lo que lo convierten en un thriller tan poco al uso, requieren un nivel de atención que no suele casar con lo que se ve por ahí actualmente. En todo caso, estamos ante un maravilloso ejercicio de estilo que un buen cinéfilo no debe perderse.

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