Se pueden distinguir dos modelos claros de películas judiciales según el posicionamiento y la parcialidad con la que son narrados los hechos. Frente a la geometría supuestamente ecuánime de los procesos legales, algunos cineastas optan por intentar eliminar los prejuicios y exponer un escenario balanceado, que presenta un concepto de la verdad escurridizo y ambiguo, donde cada espectador se equipa su propia toga y peluquín. Contraria a esa infinidad de jueces, se encuentran los cineastas que deciden autoproclamarse árbitros supremos de la sala de audiencias, adelantados incluso a los propios magistrados, dictando sentencia con convencimiento y firmeza, pero sin demasiados matices. Yo te creo, la ópera prima de la dupla formada por Arnaud Dufeys y Charlotte Devillers, pertenece a la segunda categoría y su posicionamiento moral y emocional se hace evidente desde el plano inaugural de la película, o incluso en el título de la misma.
Encontramos a Alice y a sus dos hijos, Etienne y Lila, de camino a la ciudad de la justicia, donde testificarán en contra de su padre, como parte del proceso judicial que dictaminará la repartición de su custodia. Se muestran los testimonios extensos del padre, la madre, sus abogados respectivos y el abogado de los niños, cuyas declaraciones no se nos permite escuchar. Rápidamente aparece la cuestión clave del conflicto: la relación con el padre se rompió cuando Etienne, el hermano pequeño, le acusó de abuso sexual. La discusión se encara en torno a la veracidad de las palabras del niño y la fiabilidad de su testimonio, con unos y otros manipulando o empleando cínicamente la declaración de Etienne para sus propios intereses. La finalidad panfletaria de la propuesta es más que evidente y se corrobora con el texto que aparece previo a los títulos de crédito. Estos procedimientos legales largos, tediosos y repetitivos, por un lado, obligan a los menores a revivir sus traumas, colocándoles directamente frente a sus abusadores, y, por otro lado, les invisibilizan y alienan sistemáticamente. Dufeys y Devillers construyen una cinta que parece maquetada, tanto formal como narrativamente, para amoldarse a su discurso, sin darse cuenta de que en ocasiones son culpables de sus propias denuncias.
Lo más admirable de Yo te creo es que sus imágenes, pese al gran protagonismo que tiene el monólogo y la palabra, consiguen ser contenidas y austeras, pero a la vez intencionadas y complementarias del discurso. La frialdad del proceso judicial se transmite visualmente, con esa monocromía corporativa y encuadres planos, sin punto de fuga, literal y metafórico. Los espacios se muestran como terrenos hostiles, envueltos de membranas de vidrio, que privan a sus habitantes de su intimidad y a su vez les impiden huir. El órgano judicial se exhibe como una celda de cristal o panóptico, donde cada gesto o palabra parece examinado con detalle bajo una enorme lupa. El vestuario y el buen uso del fuera de campo, con modestia, también demuestran el nivel de rigor y detalle con el que los cineastas pensaron cada elemento del organismo formal de la cinta. Mi única objeción, en este frente, es el uso reiterativo y gratuito que se hace de la música, que aparece simplemente como forma de subrayar lo que ya se expresa en el texto.
Esa formalidad contenida y autosuficiente choca gravemente con la textualidad verbal y discursiva de la narración. Querer utilizar la película como ejemplo didáctico de una problemática real resulta en escenas y momentos forzosos, innecesarios o incluso contradictorios. El personaje del padre carece de profundidad, es un títere en quien debemos proyectar nuestro odio y frustración. El abogado de los niños, que contraria a Alice en algunos puntos, es visto finalmente como un payaso. Pretendiendo esconder su subjetividad, la película nos encierra con ellos, durante prácticamente una hora, y nos hace prestar atención al más mínimo detalle de cada uno de sus discursos. Lo cierto es que una vez le toca hablar a Alice, todos matices de los testimonios anteriores pierden su supuesta ambigüedad, opacados por la emoción y valentía de la protagonista, interpretada de maravilla por Myriem Akeddiou. Por otro lado, esa voluntad de mostrar la invisibilidad de los menores frente al sistema se evidencia mediante un mecanismo narrativo que a su vez nos niega su palabra. En conclusión, aquí también, los niños son utilizados como una herramienta, en este caso de guion.
El discurso que adopta Yo te creo es tan fácil de compartir que su postura inequívoca y tajante acaba resultando redundante y populista. Por suerte, las fantásticas actuaciones y el rigor formal y cinematográfico le aportan una profundidad carente en su llano trasfondo.









