
Yeo Siew Hua vio mucho cine, antes y durante el proceso de creación de Vigilados. La cinta pendula entre los modelos Vértigo y La ventana indiscreta, con unos personajes que se persiguen y espían circularmente. El planteamiento de la historia, que ya es todo un clásico, recuerda a Lynch y a Haneke, con su Carretera perdida y Caché (Escondido) respectivamente, o a obras como Blow up. Sin duda, el cineasta trabajó extensamente en el ‹moodboard› de la película —que también incluye a un actor llamado a reencarnar al personaje que ha hecho durante toda su carrera—, pero sus evidentes influencias, por desgracia, generan inevitables comparaciones que sirven para constatar la palidez y artificialidad de la propuesta del singapurense, con sus luces y sus sombras.
Tras la desaparición de su hija, una joven pareja empieza a recibir, en su propia casa, una serie de videos desconocidos, en los que aparecen en lugares públicos con la niña, antes del secuestro. Turbados por la situación, siguen colaborando con la policía para encontrar a la persona detrás de esas grabaciones, pensando que se trata del propio secuestrador. Pero Junyang, el padre, frustrado por la metodología de los agentes, decide emprender su propia investigación independiente. Pese a la jugosa premisa, Yeo Siew Hua toma constantemente los senderos menos interesantes y forzosos, con un sinsentido andante como protagonista y un planteamiento formal que solo recoge las migajas de las atractivas insinuaciones temáticas del guion. Pretende ser un comentario sobre la alta videovigilancia moderna como panóptico ineluctable —partiendo de imágenes de cotidianidad anodina dotadas de un nuevo contexto que haga erizar la piel— y a su vez no se centra en las filmaciones, sino en las reacciones que ellas suscitan en los personajes, estrechando así el horizonte de posibilidades metalingüísticas presentes en sus propios referentes, mencionados anteriormente.

Por suerte, el director es capaz de sacarle más provecho al enfoque del ‹voyeur› que al del sujeto observado. La película cambia súbita y radicalmente de perspectiva y nos sitúa durante buena parte del metraje en el punto de vista de Lao Wu, interpretado por Lee Kang-sheng, que registra y envía los videos a la pareja. Sí, se trata del mismo Lee Kang-sheng, muso de Tsai Ming-liang y, como demuestra Vigilados, indivisible enteramente de la firma del autor. Raro es el caso de un cineasta que acomoda su estilo al funcionamiento de un actor, que suele amoldarse, dentro de sus capacidades, a lo que se le exige. En este caso, quien se adapta es el propio Yeo Siew Hua, y con él todo el ritmo interno y la dinámica de cámara de la cinta. Predomina la observación frente a la exposición del inicio; Kang-sheng interpreta su papel de siempre, con su magnetismo tradicional que lo hace orbitar todo a su alrededor. Esa fuerza también trae consigo una serie de desventajas. Afectado por su influencia, el propio actor principal, Wu Chien-Ho, adopta un perfil interpretativo menos caricaturesco y expresivo, que transforma su cara en un muro impenetrable, en el que las emociones ni entran ni salen. La emotividad presente en algunos momentos del relato impacta de lleno con esa pared, enfriándose al instante.

Con tanto cambio de perspectiva, este juego metamórfico del gato y el ratón llega a su tercer acto con muchos nudos por atar, que se acaban interseccionando de forma poco elegante y satisfactoria. Aparece un personaje nuevo, con una gran carga dramática, que adquiere un peso sorprendente a esa altura del metraje y parece una simple tirita para resolver múltiples tramas inconexas entre sí. La sensación general es de un cineasta incapaz de jugar sus cartas correctamente. Como un entrenador endeble, sin dominio de su vestuario, Yeo Siew Hua dirige sin rigor y autoridad, dejandose someter por sus referentes, sus actores e incluso por su propio texto.






