El cine psicotrónico llega a la sesión doble con dos cintas a destacar: en primer lugar una del británico Robert Fuest con su La lluvia del diablo; y en segundo el último trabajo de uno de sus nombres indispensables, Animales racionales de Eligio Herrero.
La lluvia del Diablo (Robert Fuest)

Antes de cruzar el charco para sumarse a la moda del cine satánico que tanto se estilaba en la década de los setenta, el británico Robert Fuest ya se había hecho un nombre dentro del género con su tronado díptico sobre el doctor Phibes, ese villano de cómic (u opereta) célebre por matar de las formas más creativas y retorcidas posibles. Más allá del aura de extrañeza que caracterizaba a ambas películas (hoy inequívocamente de culto), lo que llamaba la atención era el talento y la finura de Fuest a la hora de plasmar en imágenes estas extravagantes fantasías de venganza, el mismo talento y finura de que hizo gala, en una vertiente más sobria y, a su modo, turbadora, en ese thriller modélico que es De repente, la oscuridad, con una riqueza atmosférica y una habilidad para generar suspense realmente llamativas.
¿Cuánto de todo ese talento se mantuvo en el cambio de escenario que supuso La lluvia del Diablo? Es difícil de decir, considerando que la película tiene que lidiar con un guion bastante discreto (escrito a tres manos por Gabe Essoe, James Ashton y Gerald Hopman) que no sabe sacar partido a su muy interesante premisa, esto es, un culto diabólico originado en la puritana Nueva Inglaterra en la época de los juicios de Salem pervive en el tiempo y acaba recayendo, casi tres siglos después, en un pueblecito fronterizo con México, donde su líder intenta apoderarse de un libro que le permita entregar a Satán aquellas almas que dejó atrapadas en cristal antes de que la Iglesia lo capturara y procediera a quemarlo vivo.
Brujería, misas negras, ritos paganos… Los elementos están ahí, pero la historia apenas tiene desarrollo: empieza en alto y se mantiene en una línea monocorde, con pocos sucesos, pocos personajes y pocas localizaciones (apenas una granja y un pueblo desértico y abandonado, dominado por la ominosa presencia de una iglesia con las ventanas cegadas). Sin embargo, Fuest acomete la empresa con seriedad y ofrece, ya desde sus primeros compases, una factura de gran solidez visual, con encuadres y movimientos de cámara elegantes y una fotografía que explota convenientemente esos interiores lóbregos en los que los encapuchados se humillan ante Satán. Pero lo más destacado, por descontado, y que es además aquello que dota a la cinta de ese toque psicotrónico y ‹bizarre› que la ha hecho merecedora de cierto culto entre los fanáticos del cine diabólico, es su exhibición de rostros y cuerpos derretidos y sufrientes, imagen plasmada con unos efectos especiales artesanales que son absolutamente deliciosos y convincentes, quien sabe si inspiradores de los neocárnicos desfases del Yuzna que firmara Society o de aquella gema ochentera y gore que fue Street Trash.
El ‹body horror›, materializado a través de esa lluvia que diluye la materia como en uno de esos castigos dantescos que imaginó el Bosco (y que ilustran los títulos de apertura de la película), se suma al atractivo de un reparto encabezado por veteranos como Borgnine (impagable oficiando con testa de macho cabrío) e Ida Lupino, y promesas emergentes y televisivas como Shatner y Skerritt. De propina, cameos del genuinamente diabólico Anton LaVey (como sumo sacerdote) y señora, y la participación de un irreconocible y despistado John Travolta, poniendo la guinda a este título sin duda irregular, pero también, a su modo, disfrutable e incluso fascinante en su combinación de elementos extraños y singulares, de aciertos y desaciertos, de serie B tronada pero dignificada por el buen hacer de su talentoso y reivindicable director.
Escrito por Nacho Villalba
Animales racionales (Eligio Herrero)

Si existe una obra que merece el calificativo de cine maldito de culto español esa es sin duda Animales racionales, inclasificable y enigmático ‹exploit› dirigido por el fantasmal Eligio Herrero y cuyo visionado impacta de un modo que deja una marca indeleble en el imaginario del espectador.
En ella se conjugan un batiburrillo de géneros y referencias a grandes éxitos pretéritos que no dejan indiferente, pues encontramos un ‹collage› que conjuga un arranque que evoca a El planeta de los simios, con un nudo y desarrollo que alude a taquillazos de la época como En busca del fuego, Mad Max y El lago azul. Incluso se observan muestras de cine religioso empleando conceptos cainitas y paradisíacos, con una serpiente con cuerpo de mujer. Pero Eligio tan solo acudió a estas referencias para hacer suya una obra enfermiza que hoy en día sería imposible de realizar sin que su equipo técnico y artístico acabara encerrado en la cárcel o señalado por pervertidos y degenerados.
La trama es sencilla. Nos encontramos en un cambio de era provocado por una guerra nuclear que ha convertido al mundo en una montaña inhóspita repleta de cenizas. En medio del holocausto la cámara se fijará en tres cuerpos que yacen inertes entre la arena: dos hombres (uno rubio y más delicado vestido de esmoquin y otro moreno y más salvaje que ostenta un ‹look› de rockero) y una mujer que parece familiar (puede ser que la hermana) del hombre rubio.
El trío deambulará por un mundo desierto repleto de rocas y arena, luchando por sobrevivir contra las inclemencias de un hábitat lunar. Poco a poco irán sobreviviendo, comiendo cangrejos y explorando en busca de algún resorte compatible con la vida, a la vez que los instintos más primarios del ser humano comenzarán a relucir en el trío a modo de un deseo irracional y un apetito sexual incontrolable.
El descubrimiento de un oasis repleto de árboles frutales y un lago de agua potable y asimismo de un perro que se inmiscuirá en la relación fogosa (e incestuosa) que jugará el trío de humanos supondrá un cambio de paradigma, de modo que la inicial cooperación de los tres protagonistas para luchar por sobrevivir se transformará en odio, vicio de poder y lucha por ser el preferido en la cama de la mujer entre dos hombres enviciados por el sexo y… un perro, quizás el animal más coherente y noble que aparece en la pantalla, que también participará en los juegos sexuales y de poder de los protagonistas.
Animales racionales es una ‹rara avis› que juega en otra liga. A pesar de su escaso presupuesto, Eligio Herrero filmó un producto muy vistoso, con un gusto pictórico que disfraza el bajo presupuesto y una ausencia de diálogos que apuesta por trazar una película primitiva en la que los gestos, la desnudez de los protagonistas (mostrando sus atributos sin ningún tipo de censura), y los sonidos ininteligibles servirán de línea narrativa permitiendo al espectador entender sin fisuras el relato planteado.
Pero hay mucho más que resaltar. Su impresionante delirio sexual, casi pornográfico, que convierte el film en una película erótica extrema en su segunda mitad en la que habrá de todo: coitos entre todos los protagonistas entre sí, incluida zoofilia enfermiza. También violencia contra los animales que hoy en día sería denunciada por cualquier organización ecologista y una crueldad que refleja que el ser humano es el más irracional de los animales cuando su supervivencia está en peligro, mutando en brutos bonobos en medio de la selva buscando comida, sexo desenfrenado, un refugio donde cobijarse de la intemperie y una actitud que solo busca someter al prójimo por medio de la violencia para satisfacer los instintos más básicos.
Algo en lo que Eligio Herrero no andaba descaminado, pues supo retratar, de un modo pausado y para nada refinado, pero sí muy incómodo, que el ser humano no es un animal amable con sus semejantes, sino un ente que solo se mueve por sus ansias de poder y por satisfacer sus deseos sexuales.
Escrito por Rubén Redondo





