Si tuviera que decir una sola cosa positiva de una película como Rebuilding sería, sin lugar a dudas, su ambición por explicar una historia paisajísticamente enorme de la manera más íntima posible. Es decir, una reducción a la escala humana que impidiera sentirse abrumado por la magnificencia del contexto. Una idea que es innegable que está bien ejecutada en cuanto al aspecto formal pero que, paradójicamente, supone el mayor lastre para la historia.

Y es que al final es tal el propósito de humanismo que Rebuilding acaba por convertirse, más que en una película, en un producto bienintencionado que tira tanto de tópicos que se ve reducido a poco menos que una moralina ejemplarizante construida a base de clichés algo resabiados. La relación paterno-filial, los vínculos que se tejen entre desconocidos unidos por la miseria, la reconstrucción de lo familiar y su primacía, y el redescubrimiento personal a través de todo ello acaban por conformar un panorama que, a primera vista, puede parecer una suerte de instrumento de calidez para el alma, pero que tras una reflexión posterior no solo deja una sensación de frío, sino también una leve indignación.
Y es que el film de Max Walker-Silverman adolece de los mismos defectos que una película como Nomadland (con la que comparte más que la simple intención). Sobre todo, la idea de estar gritando en cada fotograma que estamos ante algo auténtico. Una historia humana que se quiere alejar de los tópicos hollywoodienses y que, por eso mismo, cae de lleno en ellos. En este sentido, se le ve tanto el plumero que acaba por convertirse en algo poco menos que deshonesto. Sobre todo porque en ningún momento se siente como algo orgánico o natural. Todo sucede por el poder del guion, sin dejar espacio a que algo salga mal. Cada drama, pequeño o grande, tiene la solución mágica a la vuelta de la esquina, con lo que cualquier atisbo de impacto desaparece.

Y no, no se trata de reivindicar un ejercicio de cinismo o de negrura. Se puede construir una película que exalte o reivindique la bondad (de hecho, buena falta hace). Lo verdaderamente problemático es querer ejecutarlo haciéndose tantas trampas que al final se acabe dudando de la intención. Peor aún, visto lo visto, lo que queda en el metraje es un elogio de valores que, tal como están expuestos, solo pueden calificarse como rancios.
¿La pobreza? Contextual y por mala suerte. ¿El problema con la ecología y el clima? Qué le vamos a hacer. ¿La imposibilidad de tratar a alguien con una enfermedad grave? No pasa nada, que ya está la familia. O sea, que lo que podía haber sido un film que desmontara la idea de una América profunda empeñada en no ser la imagen “trumpista” arquetípica acaba por ser un retrato de todo lo contrario. Una reconstrucción —a la que hace referencia el título— que no viene de un acto de rebelión contra un sistema que abandona a su suerte a las personas, sino de un autoconvencimiento personal que tiene más que ver con el individualismo, el ‹self-made› man y aquella idea de libertad tan malinterpretada como pervertida por ciertas ideologías yanquis.







