Olivia y las nubes (Tomás Pichardo-Espaillat)

En este mundo trepidante del cine autoral contemporáneo, de vez en cuando hay acontecimientos realmente novedosos. No me estoy refiriendo concretamente a las específicas cualidades del producto artístico en cuestión —sin duda, de gran valor, y que analizaré de inmediato—, sino al hecho de que Olivia y las nubes, la hermosa película de Tomás Pichardo Espaillat que hoy reivindicamos desde su participación en la pasada edición del Festival de Cine de Roterdam, es la primera película de animación producida en la República Dominicana.

Efectivamente, en algunas cinematografías periféricas la animación todavía es una historia de primeras veces. Concretamente en el Caribe, solo el Departamento de animados del célebre Instituto Cubano de Arte y Estudios Cinematográficos (ICAIC) desarrolló un trabajo referencial en toda América latina a partir del año 1959. Es cierto que el flujo migratorio hacia países como Estados Unidos o México influyó también en la dificultad para la formación de una industria en esta área cultural. Uno de los casos más emblemáticos es el del puertorriqueño Paco López, quien en 1982 co-dirigió en México junto a Emilio Watanabe la primera película animada en documentar la historia de su región a través de Crónicas del Caribe. Su caso resulta pertinente porque él mismo dirigió en 1983 un video musical para la canción Ligia Elena del cantautor panameño Rubén Blades. Es precisamente en el ámbito de la publicidad y el videoclip donde la animación caribeña ha ido adquiriendo relevancia y solidez, sobre todo durante el siglo XXI. Y en esta tendencia se enmarca el trabajo de Pichardo-Espaillat. El realizador dominicano realizó su formación como animador en la Escuela de diseño de altos de Chavón y en la Academia pictoplasma en Berlín, y muy pronto incursionó en la animación de videos musicales, entre los que destaca Cumbia de piedra (2013), realizado para el artista John William Castaño Montoya, y en el que se perfilan algunos de los rasgos que aparecerán con mayor solidez en su primer largometraje, como la querencia por combinar lo abstracto con lo figurativo, y la fascinación por animar coloridas secuencias de baile en pareja. En 2023 participó en Berlinale Talents y Talents Guadalajara. Su trabajo ha sido exhibido en festivales como Annecy, La Triennale di Milano, MAC y el Festival de Nuevo Cine Latinoamericano, entre otros. Ha obtenido galardones como el Premio Joven de la Imagen en 2017 y el Salón Bienal en 2019. Ese mismo año, recibió los fondos Ibermedia y Fonprocine. En 2021, ganó el premio a mejor cortometraje de animación en el Festival Libélula Dorada, y en 2022, fue finalista en los Premios Quirino (Tenerife, España). Su trabajo ha sido presentado en la retrospectiva del Lago Film Fest en Italia.

Ahora, en su primer largometraje, Pichardo Espaillat compone una delicada exploración de la complejidad del amor por medio de una suerte de “efecto Rashōmon” con el que mostrar los diversos puntos de vista de las personas implicadas. Olivia esconde debajo de su cama el fantasmal recuerdo de una relación amorosa pasada. Para aplacar la tristeza, le entrega flores a cambio de bonitas nubes que cuelga en su techo a modo de obsesivos testimonios del desamor. Bárbara, rechazada por Mauricio, escapa de la realidad a través de mundos e historias fantásticas. A Mauricio, arrepentido, se lo traga la tierra. Y finalmente, Ramón, obsesionado con Olivia, cultiva una extraña planta que se parece a la mujer perdida. Por medio de recursos narrativos hendidos de surrealismo, Olivia y las nubes desarrolla así una conmovedora reflexión sobre la fuerza de la memoria y del amor en la vida, así como sobre la devastación del trauma. Con este objetivo, se desentiende de un hilo argumental lineal para contarnos de la mujer poliédrica, representada como joven, como una anciana e incluso como una planta. La figura de Olivia aparece unida siempre al cielo, a la lluvia, a las nubes. Ese aforismo metaforiza su emocionalidad herida, que se empecina en mantener viva la memoria de Ramón. Su figura se le aparece una y otra vez, sea en una nube, en una vieja televisión, o como una mano que se enrolla debajo de su cama.

Pero, sin duda, la premisa creativa más poderoso de la película es la composición de una experiencia estética singular, un juego sensorial sustentado en una portentosa variedad y calidad de técnicas de animación como vehículos primorosos de la narración. Es esa voluntad experimental la que eleva el valor del film a las más altas cotas. Desde el largo prólogo de siete minutos en el que el dibujo 2D convive con formas abstractas y con imágenes ‹live action›, la atmósfera creada oscila entre la irrealidad del sueño y la fragilidad del recuerdo. La abstracción de la trama se articula sobre una incesante exploración y meditación sobre la particularidad de cada técnica vista en pantalla para abordar el dolor de la protagonista. Este carácter ensayístico, complementado con una sonoridad tan compleja como íntima, aleja a la película de los largometrajes convencionales y la acerca más a la vanguardia y al ejercicio tenaz de exploración de los límites y la potencia de la animación como forma artística audiovisual. En este sentido, resulta admirable la variedad de recursos utilizados, como los rompimientos de la imagen en la pantalla, los cruces de personajes animados sobre paisajes filmados con cámara, que emparentan por cierto el film dominicano con esa otra cúspide de la animación contemporánea que es It’s Such a Beautiful Day, del norteamericano Don Hertzfeldt. Ambas coinciden también en emplear la animación como ventana al desorden mental y al caos existencial que provoca una ruptura amorosa. Pero mientras Hertzfeldt entregó una desoladora parábola de la posmodernidad alienada estadounidense, Pichardo-Espaillat nos regala un romance apasionado que bien podría ser la letra de una canción de bachata y que, en los momentos más transparentes, remite a esa fantasmagoría de la Cuba posrevolucionaria que fue Chico & Rita, de los españoles Fernando Trueba, Javier Mariscal y Tono Errando.

Es innegable que la propuesta de Pichardo-Espaillat resulta radical en la asunción de los riesgos estilísticos y la profundidad estética que conjura en cada plano, tanto como que la misteriosa historia de amor y fantasmas que elabora con semejante arrojo y pasión, termina por conmovernos en sus contradicciones netamente humanas, y se reivindica como una insólita joya del cine de animación de nuestros días.

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