O profeta (Ique Langa)

El cineasta mozambiqueño Ique Langa realiza su debut en el largometraje con el drama de un pastor cristiano local llamado Helder, quien preocupado por su propia fe decide recurrir a prácticas de brujería para mantener su poder y su figura como autoridad del pueblo. Sin embargo, esta solución temporal no resuelve, y finalmente agrava su crisis espiritual, con consecuencias que le afectan tanto a él como a su fiel comunidad de feligreses.

Rodada íntegramente en blanco y negro, con actores no profesionales y con una tendencia hacia el ritmo sosegado y contemplativo, las decisiones estéticas y narrativas de O profeta parecen situarse a un medio camino entre el cine ascético y paciente de Dreyer o Bresson y una libre expresividad abstracta en la que los elementos fantásticos y espirituales se canalizan visualmente de manera explosiva, por medio de composiciones paisajísticas e iluminaciones elaboradas. En esa unión tan dispar de elementos se encuentran un atractivo visual innegable y una ambición impresionante para un primer largometraje, pero también, en cierto modo, se resume el problema de fondo principal de la película: la falta de adherencia emocional con lo que está contando.

Y es que, pese a que la premisa de esta historia trata de la espiritualidad, dicha temática, al contrario que en sus referentes, no es el trasfondo central, sino que Langa emplea la espiritualidad para tratar de alcanzar un sentimiento más inespecífico, referido a la debilidad personal y a las dudas que una persona alberga sobre sí misma, y que afectan a la motivación para seguir haciendo lo que le inspira o en lo que cree. Es decir, que no es la exploración del conflicto personal en concreto lo que mueve a la cinta sino la idea de emplear a Helder como un avatar identificable de procesos mentales y emocionales diversos, generando un personaje que causa empatía y es comprensible en sus motivos y decisiones, pero dejando un tema tan complejo y con tantas aristas fascinantes como es la crisis de fe como un capricho superficial que al director no parece importarle tanto.

Las grandes obras que inspiran a esta película, que han convertido la fe y la espiritualidad en un elemento central de sus narrativas, se construyen estéticamente también a través de este elemento, bien desde la perspectiva de identificación personal o desde la urgencia artística de crear una correspondencia discursiva clara y consistente entre historia e imágenes. Por el contrario, no existe en O profeta la necesidad de generar una uniformidad estética, perdiéndose en imágenes elaboradas y recargadas al tiempo que predica el ascetismo naturalista en sus recursos; y, por tanto, tampoco puedo asegurar que Langa vea el tema que vertebra su propia cinta con la integridad artística que se aprecia en sus referentes.

Para lo bueno y para lo malo, no se puede soslayar que es la primera película de su director, y es justo señalar la complejidad de este proyecto; ya que su tema, por su subjetividad profunda y la presencia de elementos tan abstractos y difíciles de definir como son los sentimientos religiosos, no es algo con lo que cualquier autor puede sentirse cómodo, en particular cuando todavía no ha definido del todo su visión propia del arte como canal expresivo. Todo lo que se logra aquí tiene, si acaso, más mérito en cuanto a que se adentra en el terreno natural de un autor más experimentado en su identidad como artista y en su trayectoria personal; pero, y por ese mismo motivo, las limitaciones se hacen evidentes cuando, más allá de la evocación puntual de las imágenes, no parece existir un discurso autoral formado sobre el tema central de la cinta, sino un cúmulo de referencias más o menos bien entendidas en un pastiche sin una posición emocional o artística definida.

Tal vez en obras posteriores el director vaya definiendo más claramente una postura frente al mundo, un estilo y unas convicciones personales claras e inequívocas que se reflejen en su cine; pero es injusto exigirle eso en un debut, por mucho que en este haya decidido cargar con un peso demasiado grande. O profeta apunta muy alto, y es normal que no alcance a concretar de manera satisfactoria todo lo que se propone; pero, lejos de fracasar por completo, en esta ambición desmesurada tiene logros que hacen que la experiencia merezca la pena.

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