
Angela Schanelec, cineasta alemana y veterana de la Berlinale, vuelve al festival con el estreno de My wife cries (Meine frau weint) en competición. Reafirma un universo cinematográfico que, lejos de repetirse, se depura. Habla de la muerte, el amor y la familia y explora la tragedia íntima, pero desplazándose hacia el terreno conyugal y cotidiano: el desencuentro.
Thomas, operador de grúa en una constructora recibe la llamada de su esposa Carla para recogerla del hospital. Ella ha sufrido un accidente de coche en el que ha muerto David, su compañero de baile, con quien (sabremos pronto) compartía algo más que una afición. A partir de esta situación, la película se despliega no tanto como un drama sobre la culpa o la infidelidad, sino como una disección del lenguaje y sus límites dentro de la pareja. Carla intenta contarlo todo con franqueza; Thomas, en cambio, se repliega. No se entienden.
Schanelec construye la película a partir de una estructura de repeticiones: el verano berlinés, lluvioso, gris y suspendido; los trayectos al trabajo, los espacios laborales, los desplazamientos en coche, etc. En contraste con el mundo obrero y funcional de Thomas, Carla habita un territorio “ilustrado”: libros, bibliotecas, danza, poesía.
La casa de la pareja apenas se muestra desde el exterior, como si la intimidad fuera inaccesible también para la cámara. Son pocos personajes, apenas los necesarios para que las tensiones reverberen. La austeridad es coherente con un cine que confía en la elipsis y en la potencia del fuera de campo.

En su anterior película, Música, Schanelec ya exploraba formas narrativas propias de la tradición del cuento. La película reformulaba el mito del rey de Tebas a través de una estructura fragmentada, una puesta en escena austera y una interpretación muy contenida. Los personajes apenas exteriorizaban sus emociones; todo quedaba suspendido en gestos mínimos y silencios prolongados.
En My Wife Cries, Carla y Thomas hablan como si recitaran, como si leyeran en voz alta un texto ya escrito, como si relataran algo que les ha sucedido desde cierta distancia. Ese extrañamiento, tan propio de la directora, desnaturaliza el diálogo y lo convierte en materia rítmica. Así, el lenguaje deja de ser un puente entre los personajes y se convierte en la prueba de su incomunicación.
La cineasta, que ya había trabajado con Agathe Bonitzer en Música, encuentra aquí «el ensemble más hermoso» que ha tenido. El hieratismo de los intérpretes, su manera de habitar el plano fijo sin psicologismo, refuerza esa sensación de que asistimos a una fábula contemporánea.
Por otro lado, Schanelec incorpora a su universo cinematográfico un humor inesperado y deja ver una ironía que hasta ahora apenas asomaba en su obra. En una escena en que Thomas se desmaya, aparece la intervención de desconocidos; introduce una compasión casi absurda, un resquicio de humanidad en medio del bloqueo afectivo.

La imagen se caracteriza por una composición rigurosa, con una textura granulada que la densifica y un diseño sonoro minucioso. La música irrumpe como grieta emocional: Lover Lover Lover, de Leonard Cohen, acompaña una escena de baile donde se revela el deseo, la pérdida y el anhelo de trascendencia. Los cuerpos bailan, se accidentan y se desmayan.
Los créditos finales merecen especial atención: una escritura manual que va llenando la pantalla, gesto artesanal que prolonga la dimensión material del film y subraya su carácter íntimo, casi doméstico. Como si la película se negara a cerrarse del todo.
My Wife Cries es una película sobre el deseo de otra vida y sobre la imposibilidad de perseguirlo. Carla encarna una crisis humanística: la angustia de sentir que la poesía, la danza y el arte están siendo expulsados de su existencia. Pero el mundo que la rodea, mundano, repetitivo y concreto, no se deja transformar tan fácilmente por la pasión. Schanelec no juzga; observa. Y en esa observación paciente emerge una pregunta devastadora: ¿puede el amor sobrevivir cuando no existe un lenguaje común?






