
Hay historias de amor que nacen del exceso: encuentros intensos, palabras que lo cambian todo, decisiones que rompen una vida anterior. Y hay otras que surgen del vacío, de la soledad cotidiana y de la sensación de que la vida se ha convertido en una sucesión de días idénticos. El mundo que viene (The World to Come, 2020) parece querer pertenecer a este segundo grupo. Su premisa es sugerente: en la frontera rural del siglo XIX, dos mujeres atrapadas en matrimonios sin afecto descubren en la otra una posibilidad de sentir algo distinto.
La película propone así una historia de amor marcada por el aislamiento, el silencio y la represión emocional. En un entorno donde las casas están separadas por kilómetros y los inviernos parecen eternos, el encuentro con alguien capaz de comprender ese vacío adquiere un peso especial. La relación entre Abigail y Tallie se plantea como un pequeño resquicio de vida dentro de un mundo dominado por la rutina, la resignación y la distancia emocional.
La idea tiene potencial. Durante algunos momentos parece apuntar hacia una historia de amor cercana al espíritu de Los puentes de Madison, trasladada a un contexto aún más áspero: el del Oeste rural y el de dos mujeres cuya relación no solo desafía sus matrimonios, sino también el marco social en el que viven. Sin embargo, ese potencial nunca termina de desarrollarse del todo.

El principal problema es que la relación entre las protagonistas apenas llega a construirse dramáticamente. Las interacciones entre ellas son escasas y, en ocasiones, demasiado breves para que el espectador pueda percibir con claridad cómo evoluciona su vínculo. La película parece confiar en que el contexto de la soledad del paisaje, la monotonía de sus vidas y la sensación de encierro emocional, sean suficiente para justificar la intensidad de la relación. Pero cuando los momentos compartidos son tan limitados, el romance acaba resultando más sugerido que verdaderamente creíble.
También queda en segundo plano uno de los elementos que podría haber dotado a la historia de mayor profundidad: la dificultad de asumir una relación así en el contexto histórico en el que se desarrolla. El conflicto interior que podría surgir de esa situación apenas se explora. El miedo, la represión o la imposibilidad de nombrar aquello que sienten aparecen solo de forma tangencial, cuando podrían haber constituido el verdadero núcleo dramático del relato.
Paradójicamente, el aspecto en el que más insiste la película es el deterioro emocional de los matrimonios de ambas protagonistas. Pero incluso ahí el desarrollo resulta irregular. Los maridos no funcionan ni como antagonistas claros ni como personajes especialmente complejos. Su presencia cumple más una función estructural que dramática, lo que termina restando peso a las decisiones emocionales de las protagonistas.

El resultado es una película que aspira a una gran historia de amor contenida y melancólica, pero que nunca llega a darle el espacio necesario para que esa relación respire. La atmósfera está cuidadosamente construida y el paisaje refleja bien la sensación de aislamiento, pero cuando el centro de una película es un vínculo emocional, ese vínculo necesita desarrollarse con mayor intensidad para que el espectador pueda creer en él.
Pese a estas limitaciones, resulta evidente la intención de la directora Mona Fastvold de abordar el relato desde una sensibilidad distinta. Incluso cuando el desarrollo narrativo no alcanza todo su potencial, su mirada introduce matices emocionales poco habituales dentro de este tipo de historias y se aleja de algunos de los tropos más repetidos del género romántico.
En ese sentido, la película también funciona como recordatorio de algo cada vez más necesario en el cine contemporáneo. En una industria cada vez más dominada por la repetición de fórmulas, ‹remakes› y nostalgias recicladas, propuestas imperfectas, pero con una mirada propia siguen siendo esenciales. No siempre alcanzan todo lo que prometen, pero abren caminos.
El mundo que viene quizá no logre convertirse en el gran drama íntimo que su premisa parecía anunciar, pero sí representa algo valioso: el intento de explorar territorios emocionales distintos dentro de un género muy transitado. Y mientras el cine siga apostando por obras que, aun con sus fallos, se atrevan a buscar nuevas miradas, seguirá teniendo la posibilidad de mantenerse vivo.







