Lurker (Alex Russell)


Lurker no es una película de género. O al menos su apariencia no es esa. Y, sin embargo, su espíritu dice lo contrario. No vamos a destripar un asunto clave del film, pero su visionado resulta incómodo en todo momento, generando una tensión, quizás de baja intensidad pero suficientemente constante, que supera de largo a muchas películas de terror o suspense que pretenden ese efecto sin conseguirlo. Y todo —y ahí radica gran parte de su mérito— desde una historia pequeña, casi minimalista, que nos aproxima a una realidad palpable, incluso deseada por muchos, cuyo interior es lo más parecido a un infierno emocional.

Es innegable que vivimos en un mundo de fama (efímera o no): ‹likes›, ‹influencers› y velocidad. Lo importante no es tanto su duración, sino llegar a ella. La lucha surge por mantenerla y, sobre todo, por el precio que se está dispuesto a pagar. Con esta premisa, el dedo acusador se dirige invariablemente al sujeto de la atención, sea ‹influencer›, actor, deportista o cantante. Pero, ¿qué pasa con su entorno? Esto es lo que pretende resolver el film de Alex Russell: qué es lo que haríamos por llegar a un estatus que no deja de ser la sombra del famoso.

En este sentido, no hay un análisis que ponga especial énfasis en el carácter de la fama de red social, sino en sus márgenes periféricos. Ello no es óbice para hacer un retrato donde el protagonista no sea solo víctima, sino más bien cómplice necesario. O dicho de otro modo: el famoso crea un monstruo en forma de séquito que amenaza con devorarlo. Y, al otro lado, la aparición de un advenedizo que gestiona —a pesar de su frágil apariencia— mejor el mundo donde acaba de aterrizar.

Es fácil distinguir rasgos psicopáticos en el personaje. Pero lejos de convertirse en una parodia de fan enloquecido, asistimos a una suerte de proceso evolutivo de raíz darwiniana donde pasamos de un aterrizaje en un ecosistema novedoso, desconocido y hostil, a una adaptación donde de presa se pasa a depredador emocional. Una suerte de vampirismo que, bajo la máscara de la simbiosis, se convierte en parasitismo emocional.

Es en este proceso donde Lurker se erige en un film que se construye a base de no dejar respiros, donde cada escena, por pequeña e intrascendente que parezca, se convierte en un ejercicio de incomodidad continua. Sonrisas forzadas, cumplidos que no lo son y verdades a la cara que, lejos de ser catarsis sinceras, se convierten en armas arrojadizas; en pequeñas guerras mentales basadas en la hipocresía y la figuración.

Pero detrás de todos estos juegos está la base de lo que quiere exponer el film: el miedo al vacío, a la nada del anonimato. Lurker expone cómo, tras estos juegos psicofánticos, se esconde no tanto el placer de escalar en el reconocimiento social, sino el miedo a perderlo. Porque detrás de esto lo que queda es un vacío que hace que incluso la podredumbre ética y el derrumbe moral no importen tanto como el escaparate que se muestra. No hay, pues, héroes o villanos; solo una narrativa sobre los peligros de conseguir lo que deseas… y de quién te acompaña en ello.

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