La lucha (José Ángel Alayón)

En la danza de la carne enfrentada, La lucha (2025) da comienzo con una serie de imágenes cercanas al ritual de lo deportivo. En estas se prefigura la tensión suspendida al contacto de dos voluntades que chocan; como un acuerdo entre cuerpos en sintonía que están plegados sobre el esfuerzo del uno contra el otro. En su sucesión, mostrada a cámara lenta y por instantes, la apreciación del propio gesto al límite adopta la imaginería de una estampa mitológica, estableciendo una poética que amplía el dolor bombeante que subyace el recorrido emocional de una película tan íntima como universal.

Frente el pesar del duelo, el que será el tema principal, la visión que propone José Ángel Alayón Dévora queda dividida entre los dos personajes centrales: Miguel (Tomasín Padrón) y Mariana (Yazmina Estupiñán), padre e hija respectivamente. Él se refugia en su interior, en silencio, como si se tratase de una estatua; mientras que ella, desubicada ante al porvenir, experimenta su incomprensión en un arco próximo al ‹coming-of-age›. Más allá de la acertada elección de ‹casting› —donde se establece esta relación de opuestos a través de su acentuada diferencia de tamaños—, el trabajo de ambos intérpretes es genuino y formidable, identificando en un registro contenido las dificultades de una estima inmensa que se deshace lentamente en su progresiva incomunicación.

Por localizar el contexto, la película se acerca a las competiciones de lucha canaria: una disciplina autóctona y tradicional que data sus orígenes desde los tiempos guanches, anteriores, por lo menos, al siglo XV. En la manera de filmar y entender dichos enfrentamientos, el trabajo de cámara resulta revelador y logra transmutar esos encuentros de fuerza desmedida en algo cercano a un abrazo; una idea que, aunque evidente, no deja de ser reproducida con una profunda sensibilidad. De ahí que el término sobre el que incide el título trascienda a la mera (aunque reivindicable) alusión deportiva, configurando un dispositivo dramático que, salvo por algún subrayado verbalizado, sobresale a cualquier edulcorado o patrón narrativo pronosticable, en una sincera aproximación al sentimiento y la verdadera lucha interior de los dos protagonistas.

Si algo destaca a simple vista es la cuidada y evocadora fotografía de Mauro Herce —responsable, ni más ni menos, de títulos como Samsara (Lois Patiño), Eureka (Lisandro Alonso) o Sirāt (Oliver Laxe)— donde trabaja con una serie de texturas cercanas al material de archivo que utiliza la propia película —una vinculación que, por pura asociación temática pero también por estética, me ha llevado a pensar en la reciente The Smashing Machine (Benny Safdie)—. Sin embargo, su paisaje y su potencia es único, y la manera fulgurante de enmarcar el terreno árido y las montañas de Fuerteventura evocan la forma en la que también es visto el cuerpo hercúleo de Miguel; una síntesis que toma su mayor impacto en aquella imagen donde él tritura la roca, levantando una nube de polvo a su alrededor. Ahí también reside otra de sus grandes virtudes, que recae en un portentoso diseño sonoro a cargo de Carlos E. García —quien ya estuviera en Eles transportan a morte (Samuel M. Delgado, Helena Girón)—. En este caso, el sonido toma especial presencia cuando hace uso del viento, sobre todo en una de sus últimas secuencias, que sirve para resaltar la intensidad de una discusión y, a su vez, también constata la soledad que desborda y aísla a los personajes, en una última plasmación de su vulnerabilidad tan culminante como dolorosa.

La lucha es un retrato sobre lo difícil de sostener nuestra posición en el mundo cuando el dolor lo atraviesa todo. En el combate —y especialmente en la derrota—, José Ángel Alayón Dévora encuentra un paralelo oportuno de esta vida que irremediablemente nos embiste, y sin discursos ni moralismos de autosuperación, el apoyo mutuo y la comprensión terminan concluyendo una historia emotiva y honesta.

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