La leyenda de Ochi (Isaiah Saxon)

Una serie de sugerentes estampas, la voz en ‹off› de su protagonista y un halo que nos acerca al terreno de lo quimérico, de esos cuentos a los que no solo hemos accedido durante nuestra infancia, sino que además hemos soñado, como si quisiéramos de algún modo ser parte de ellos, dan forma al arranque del debut de Isaiah Saxon tras las cámaras. Tras dicho prólogo se oculta un gesto desde el que revelar, en efecto, las intenciones del cineasta, pero asimismo nos muestra la luminosidad de una mirada sujeta al terreno de la fábula, que se adhiere a los detalles y desviste tímidamente, con pausa, como quien busca perderse en cada instante, sumergirse en los recovecos de su relato y los admira pacientemente.

Podría pensar uno ante un film como La leyenda de Ochi que volvemos al dichoso terreno de la nostalgia, de aquellas aventuras que surcaron pantallas y pantallas durante los años 80 quedándose ya, irremediablemente, entre nosotros. Pero, y aunque sea fácil establecer vínculos con lo ya visto y conocido, por los contornos con que dibuja sus personajes —ese padre de familia exigente e inflexible encarnado por Willem Dafoe—, por el modo en cómo acompaña suavemente esa banda sonora cada pasaje, acariciando una forma de hacer cine casi añeja, adosada a otros tiempos, hay mucho más en el film que nos ocupa. Está claro que huyendo de todos los vicios de ese cine hipertrofiado que encuentra en cada nota de CGI un estímulo al que acogerse, y acudiendo a un universo que encuentra en los efectos prácticos y tradicionales una esencia, una forma de ser, el cineasta emite sin lugar a dudas una firme declaración de intenciones: negar (en parte) el presente es volver a aquella fisicidad difícilmente palpable entre pantallas verdes y renders. Saxon recoge con su cámara cuidando cada ‹travelling› y cada panorámica como si fueran los últimos, acotando el espacio para dibujar un mimo que se traduce, de forma ensimismada, a cada imagen, a cada secuencia por pequeña y/o insignificante que pueda parecer.

Es por ello que estamos ante una obra que logra sortear un terreno en demasiadas ocasiones bordeado por lo estéril, por el ‹déjà vu› que nos hace anticipar acontecimientos, incluso conocer cómo terminará la historia o cuáles serán los desvíos que tomará. Sí, cierto, La leyenda de Ochi despliega una serie de constantes que la vinculan a marcos establecidos con anterioridad, donde no es extraño encontrar personajes que funcionan más bien como bisagra (como esa madre que inicialmente es introducida como un elemento extraño) o vínculos descritos con ligereza, más bien supeditados a los intereses de la crónica a desarrollar, pero es tan cierto como que esa ingenuidad otorga el barniz adecuado a una obra cuya hoja de ruta resulta tan sencilla como cautivadora.

Adherida a una narrativa clásica, sin tomar riesgos y replicando particularidades propias de esa ‹coming of age› familiar que colinda con el fantástico y emplea el cine de aventuras como motor, se percibe que Saxon comprende su ópera prima como un modo de tratar esas temáticas implícitas en tantos debuts, pero al mismo tiempo para medir la pulsión de un cine que sí es capaz de trasladar sus atributos y verdad a un camino cuyas bifurcaciones supongan un estímulo, puede llegar a resultar mucho más fascinante e incluso divertido. En ese sentido, La leyenda de Ochi se instaura en una zona de confort que no resulta tan infructuosa como podría sugerir el término, y es que no deja de ser gozoso perderse entre los confines de un universo descrito con una ternura y una dedicación que bien podrían parecer una anomalía en los tiempos que corren.

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