La hija pequeña (Hafsia Herzi)

El tercer largometraje de Hafsia Herzi (1987) se estrena este viernes 13 en España. Está basado en la novela homónima de autoficción de Fatima Daas, un retrato en primera persona no estrictamente autobiográfico, pero sí acreedor de una identidad e idiosincrasia bastante similares a las de la escritora. Daas califica de “monólogo” el sentimiento de incomunicación en el que se encuentra inmersa la protagonista, necesitada de una urgente expresión emocional a través de la literatura. Sentir que recoge la actriz y directora Hafsia Herzi en La hija pequeña, conectando con el sufridor y tangible interior de Fatima, una estudiante con un pie en la Universidad, sumida en un dilema confrontado con el origen franco-argelino de una familia totalmente bilingüe y adaptada a la sociedad parisina del extrarradio.

La película compitió por la Palma de Oro el pasado festival de Cannes alzándose con el premio a la Mejor Actriz y la Queer Palm, encontrándose también nominada para los César de 2026 en las categorías de Mejor película, Mejor dirección, Mejor actriz secundaria, así como la Mejor actriz revelación.

Fatima es la tercera de tres hermanas, también la más callada y sumisa en apariencia. Nos hallamos ante una familia musulmana con buena sintonía entre sus miembros, que disfruta de una convivencia y comunicación con los padres fluida y en la que no se perciben obstáculos patriarcales evidentes, ni alguna forma de represión a la que podía haber acudido fácilmente la directora. Sí observamos la descripción de una madre recluida en la cocina, pero “feliz” y un padre amable que “necesita sus escapadas” a la calle, mientras ella se queda haciendo pasteles de forma abnegada. La menor de las hermanas es muy buena estudiante, observadora, muy prudente en el hogar y en la relación con sus amigos, generalmente chicos adolescentes de ascendencia inmigrante adaptados en apariencia a la sociedad francesa y el sistema educativo.

Fatima tiene un novio de ascendencia argelina también con el que no parece congeniar demasiado, agudizándose su malestar con él cuando éste le pide matrimonio y le expresa su deseo de tener hijos. «Quiero tener una princesa como tú», le exige, a lo que ella reacciona con asombro dándose cuenta de que ese futuro no le pertenece. Aquella vida que perpetúa tradiciones ancestrales y cerradas a las que pretende desafiar, pero que a la vez la desestabilizan por encontrarse entre dos culturas poco ensamblables.

La película pone el foco desde su plano inicial en la influencia de la religión musulmana en la chica que realiza sus abluciones, repitiendo la escena a lo largo de la película como purificación antes de liturgias religiosas. Está sola frente a su espejo de espaldas y entre dos mundos un tanto opuestos que irá sintiendo cada vez más a medida que es consciente de su homosexualidad y de la construcción de una identidad que no quiere dejar oculta a ojos de su familia y cultura para terminar sufriendo una doble vida.

Busca en aplicaciones del móvil a chicas para introducirse en relaciones que ayuden a explorar su sexualidad hasta que da con una enfermera coreana que ya había conocido en una terapia para el asma. Hasta aquí la historia tiene interés porque percibimos la angustia de la protagonista (interpretada con solvencia y naturalidad por Nadia Melliti, que goza de un estupendo primer plano) y la incertidumbre de encontrarse a caballo entre dos realidades que no le dejan margen para desarrollarse en libertad. Los encuentros sexuales son fugaces y clandestinos hasta que la protagonista explota en escenas de manifestaciones y reivindicaciones lésbicas en discotecas y marchas multitudinarias.

Es a partir de aquí donde la película pierde un poco el rumbo, centrándose en demandas que quedan reiterativas y que ya se estaban produciendo de igual forma y mejor en la intimidad de las dos chicas, en especial en la lucha personal de Fatima, que no encuentra la salida a su situación, dividiéndose entre la alegría y felicidad de amistades nuevas en la Universidad y el mutismo ante unas hermanas que le echan en cara su masculinidad, junto a una madre observadora y comprensiva.

La directora comparte y está familiarizada con el universo de Abdellatif Kechiche —director para el que protagonizó la película El secreto del grano—, en concreto con La vida de Adèle (que sí ganó la Palma de Oro en Cannes en 2013), y se nota su influencia en La hija pequeña; con escenas de sexo mucho menos explícitas, aunque sí abundantes, las idas y venidas de la relación entre las dos chicas y escenas de liberación en el Día Internacional del Orgullo LGTB. Esta película termina volviéndose plana, poco resolutiva, carente de la profundidad necesaria surgida entre la presión del peso religioso y la prohibición de la homosexualidad femenina que azotan a Fatima, cayendo en una historia que no acaba de cuajar por presentar un entorno algo idealizado, a pesar de las dificultades. Termina también resintiéndose de algún lugar común que suena a ‹déjà-vu› y el insuficiente desgarro que debería sentir la protagonista atrapada entre dos mundos. En ese sentido, me obliga a acordarme de la magnífica Estrany riu (2025), de Jaume Claret, que aborda también un proceso iniciático en la exploración homosexual de un adolescente, pero que mantiene un pulso y tratamiento más interesante (aunque las historias son muy diferentes) junto a una atmósfera atrapante en lo que respecta a lo visual.

Sin ser una mala película ni mucho menos, su inclusión en festivales contemporáneos o las nominaciones de la academia francesa podrían obedecer más a una cuestión de agenda contemporánea en cuanto a temáticas que están al alza, que de la verdadera calidad cinematográfica que se debería demandar en espacios así.

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