La chica zurda (Shih-Ching Tsou)

Shih-Ching Tsou se embarca en su primera aventura dirigiendo en solitario con La chica zurda. La cineasta, guionista y productora taiwanesa lleva más de veinte años en una dinámica colaborativa con Sean Baker, desde la escritura o la producción, que se inició con su codirección en Take Out, el primer largometraje para ambos. Esta vez es el premiado director de Anora que asiste en el guion, con menudos destellos identificativos de su cine —principalmente de The Florida Project—, pero dejando protagonismo a la visión particular de la no tan experimentada cineasta. El resultado es una película poco controvertida, sin las problemáticas y riesgos que suele tomar Baker, íntima con moderación y de fácil acceso, que bebe más de influencias extranjeras que de la propia rica y abundante herencia del cine taiwanés, tan versado en memorias de infancia y adolescencia.

La chica zurda a la que elude el título de la película es I-Jing, interpretada por Nina Ye, la pequeña de dos hermanas que se trasladan con su madre soltera a Taipéi para abrir una tienda de fideos. Con la mudanza, los abuelos y familiares por parte materna, y con ellos una serie de agrias tradiciones y costumbres, retoman protagonismo en sus vidas. Cada una de las tres, madre e hijas, afronta este cambio a su manera y desde puntos diferentes de la vida. Shih-Ching consigue una precepción panorámica de las relaciones y roles intergeneracionales, dentro y fuera de la familia, en especial las relaciones maternofiliales, que actúan a distintos niveles y culminan en un ingenioso desvelo final. Estos tres carriles paralelos que articulan la narración nunca acaban de congeniar desde el montaje. Se opta por fragmentar y alternar entre dos o más secuencias, como si pasaran de forma simultánea, generando un efecto de confusión que te desconecta emocionalmente.

Una decisión estética sorprendente, y no necesariamente para bien, es el uso de lentes angulares para abarcar un amplio campo de visión. La película fue rodada con un iPhone, y como muchas cintas anteriores que lo han hecho, el efecto frío y aburrido que se consigue no justifica para nada esta decisión, pensada por su eficacia como impresión de ‹marketing›. Los planos levemente deformados funcionan solamente en unas pocas escenas de la película, dejando el resto del metraje, rodado en interiores estrechos, colgando en una estética que no le favorece. Lo malo de adoptar lo radical como canon visual es la imposibilidad de adaptarse a las situaciones que demandan acercamientos distintos. Sin rigor, y con la arbitrariedad como brújula, las elecciones formales parecen una simple excusa para la autoindulgencia, montando planos mal encuadrados o puramente innecesarios.

Emocionalmente, La chica zurda mantiene un buen equilibrio entre sus momentos humorísticos, protagonizados principalmente por personajes secundarios, y la tensión dramática de más seriedad. Nunca cae en el sentimentalismo sin permitirse tampoco ser seca o sutil. La influencia de Koreeda es muy palpable, como ya lo era en The Florida Project, sin el tacto o capacidad resolutiva del cineasta nipón. Los conflictos se solucionan de forma demasiado textual y remarcada. La fundación intimista de la propuesta tal vez requería de un trato menos subrayado y de mayor vaporosidad.

Es difícil odiar la película que plantea Shih-Ching Tsou. Sin ser especialmente cruda, no es para nada naïf o azucarada. Los personajes son graciosos y entrañables, con mención especial a Nina Ye, y a su magnífica inocencia infantil que patrocina los mejores momentos de la cinta, como suele pasar en estas situaciones. Pero, en una tierra fértil de titanes del drama familiar como Edward Yang y Hou Hsiao-Hsien, la inevitable comparación hace muy palpable la diferencia cualitativa y de sensibilidad existente entre unos y otros.

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