Con La buena hija, Júlia de Paz pone en pantalla algo de vital importancia: los puntos de vista. En esta oscura historia sobre la cotidianidad de todos aquellos que tienen algo que decir sobre el proceso que está viviendo Carmela, la protagonista de la película, es ella en exclusiva la que debe formar el relato.
Los conflictos tienen siempre esa estructura de Rashomon, algo de múltiples verdades según la dirección que se tome para narrar un mismo relato, pero el tema que trata La buena hija no necesita tanto polarizar una verdad sino asimilar todas las facetas que forman las vivencias de Carmela. Porque la mirada de la joven es poliédrica, cambiante, va creciendo a cada momento, madurando una tensión que no es capaz de gestionar, asimilando que la vida es algo más que ser una víctima, que ser un verdugo, no hay una postura única con la que afrontar todo lo que el mundo te arroja diariamente.
La directora quiere que Carmela sea única y no un número más con el que acrecentar un mal común. Empieza la película y los vivos ojos de la chica miran a su padre con complicidad, con admiración, y muestran a ese tipo con una personalidad única (es salvaje la mimetización de Julián Villagrán con alguien tan voluble y temperamental) que es una prolongación que roza el amor de su hija con efusividad. Pero Carmela vive rodeada de detalles en esta separación. No nos ofrece Júlia de Paz una historia acomodada, hay signos de violencia y sobreprotección allá donde mires que permiten intuir lo que Carmela, por el momento, no ha tenido que ver. También hay luz, muchísima luz que acompaña sus pasos, momentos divertidos y audaces, como ese corte de pelo que se presenta como un momento cómplice sin control alguno, algo en lo que inclinar el paso del tiempo para la historia, o ese tiempo que comparte con sus amigas, como una bocanada fuerte de aire con la que inyectar otro tipo de recuerdos a algo que será permanente e imborrable en su vida.
Carmela es el punto de partida de una lucha que intenta que le resulte ajena, y aunque no sea explícita la violencia vicaria sí es acumulativa por las experiencias que ella vive y no puede expresar con palabras. En las imperfecciones de Carmela hay una historia viva, dura y emotiva que no se deja seducir por el efectismo ni por la manipulación en busca de una única verdad. Las mujeres a su alrededor van acompañando sus vivencias, ahí está la mano de su abuela acariciando su espalda cuando lo necesita, uno de los detalles más cómplices y necesarios. Aparecen esos roces con su madre, una mujer derrotada pero dispuesta a avanzar, comprometida con todas aquellas que sufren lo mismo que ella. También está esa figura cambiante del padre, un grito desesperado y desnortado que se va deformando mientras Carmela toma conciencia, a desgana, de la diferencia entre el anhelo y la necesidad; es brutal e incómodo recordar la piscina del hogar paterno, donde padre e hija comparten escenas radicalmente opuestas y definitorias, todas ellas a la luz del día, todas ellas en nombre —para bien, para mal— del amor.
Y es que en La buena hija, ese papel obligado de los infantes a representar la perfección, tiene una pequeña porción de amor ajeno pero también la pesadez de los genes compartidos, de las decisiones de otros que pagan —por extensión— los descendientes, la imposibilidad de romper un vínculo cuando eso de “la familia es la que se elige” solo tiene sentido y valor a partir de cierta edad y cuando se cumplen ciertas condiciones. Porque más allá de la denuncia social, está el compromiso con Carmela, con ofrecerle la posibilidad de crecer en este estresante apartado de su vida, de convivir en una misma película la frescura de una ‹coming of age› y el angustiante drama de un día cualquiera tan decisivo y tan trivial a un tiempo. Esto no va de decisiones correctas, de plazos, de elecciones inamovibles, el universo es mucho más exigente y caprichoso que todo eso y el mensaje llega gracias a la forma de narrarlo y a la concienzuda y natural interpretación de Kiara Arancibia, que sabe llevar a su terreno esa dualidad: el ser hija y el ser una chica con entidad propia, ajena a los demás y también capaz de empaparse de todo lo que sucede a su alrededor.









