El cine de supervivencia está reescribiendo sus reglas, y todo es culpa de las redes sociales y las series documentales de las plataformas de pago. El hecho de consumirlas, se entiende. Lo que antes era un galimatías de autoconocimiento y nuevas habilidades adquiridas a base de prueba y error, ahora se traduce en una reinterpretación de conocimientos adquiridos de casualidad que poner en práctica, los cuales envidiaría en propio MacGyver (personaje) si pudiese compartir tiempo y espacio con el individuo varado de la última película de moda. Esto implica que el cine de supervivencia también está reescribiendo su forma de entender las películas en sí mismas, las historias parecen más centradas en su psicología y naturaleza que en el hecho de subsistir en sí mismo, promoviendo nuevas inquietudes y, por tanto, abriendo sus puertas a espectadores igualmente curiosos, pero diferentes.
En este ambiente donde lo explicativo, lo reiterativo y lo ‹revival› se encuentran en plena fusión nace una de esas producciones de “tito” Blumhouse dándole una oportunidad a algún director “indie” para coquetear con el terror. Sweetheart tiene detalles peculiares y brochazos de relleno, pero J.D. Dillard sabe distinguirse en cierto modo en el terreno del “esto ya lo he visto”. Lo principal a la hora de celebrar el film es dejar de lado el ‹horror vacui› al emprender esta aventura obligatoria de un único personaje. Jenn despierta en una isla aparentemente desierta tras alguna especie de naufragio y debe enfrentarse sola a la espera de que algo ocurra. Este vacío dialéctico no se ocupa con constantes sonidos estridentes, música fuera de lugar o soliloquios prescindibles en un inicio, dejando una apertura de posibilidades mucho más prometedora de lo habitual. Aquí aparece esa sensación actual de que cualquier persona está preparada para todo y contra todos: restos de otras visitas a la isla como regalos iniciáticos de un videojuego, soltura a la hora de pescar y montar refugios, ausencia de autocompasión y ganas de acción frente a lo desconocido; es decir, todo lo que ninguno de los que nos plantamos frente a la pantalla haríamos de forma natural, pero que dan ritmo a lo que ya conocemos.
En Sweetheart el hándicap aparece de noche, poco a poco pese a su violencia, añadiendo un aliciente (terrorífico) al hecho de la soledad sin fecha de caducidad. Dillard, que anteriormente había coqueteado con la ciencia-ficción, nos deja entrever un peligro nocturno frente a una muchacha que parece capaz de solventar con ingenio —y si hace falta, fuerza— el acecho de algo inexplicable. Tenemos la duda del motivo por el que ella ha acabado en esta isla y le sumamos la incomprensión de la naturaleza, sea cuestión del Big bang, los siete días magníficos de Dios o los entes demoníacos varios que hemos ido conociendo a lo largo de la historia del séptimo arte, puesto que del supuesto monstruo solo nos permiten contemplar detalles que aumentan la tensión. La bella y la bestia bajo el filtro del terror más ‹mainstream›, aquí se ganan nuestro voto de confianza.
Quizá su segunda parte, más explicativa en todos los sentidos, baje un poco las expectativas puesto que las historias en ocasiones también viven de la justificación. Esa necesidad soslayada de darle un posible pasado a Jenn pasa por perder la magia de algo que nadie preguntó en voz alta, pero también ofrece un carisma diferente a lo que se daba por sentado hasta entonces. En tiempos de empoderamiento femenino y de terror cotidiano, el ‹background› al que se acoge el film quiere jugar a poner en la balanza qué es peor, si la realidad ofuscada de la protagonista o intentar subsistir en una isla con un bicho que te quiere comer. Claro, el pozo sin fondo que representan las dos opciones en un momento tan avanzado del metraje no acaba de obtener el peso deseado pese al intento de ampliar horizontes, por eso de no anclarse en una típica película de supervivencia y buscar un estímulo más allá de lo racial como en Antebellum (ambas heroínas tienen más en común de lo que podría parecer, una suerte de casualidad o exigencia de guion del momento en que vieron la luz).
También se le da otro protagonismo a esa parte irracional, los monstruos, por lo que todo ese marcado apogeo de la sutileza queda dinamitado sin que sea lo más favorable —siempre a favor de mantener el misterio, el bicho definitivo ya se creó en Alien, el octavo pasajero—. Se abren muchos caminos argumentales que ofrecen cierta intriga, pero no parece necesario darles una salida digna, volviendo siempre a la base que sí importa: ella contra todo. Al final la amalgama en la que se convierte Sweetheart resulta un tanto desigual pero funciona, se compromete con el entretenimiento y quiere exprimir la oportunidad hasta las últimas consecuencias, y aunque la potencia sufra de deceleración, la carnaza es muy festivalera y es más fácil de lo que nadie pueda creer picar en este anzuelo.









