La alternativa | El trompetista (Michael Curtiz)

Las pasiones, por incomprendidas, en ocasiones pueden verse sobrepasadas por la insatisfacción de no tener otra cosa en la vida. ¿A qué nos acogemos cuando todo falla? ¿Cuándo dejamos de creer en aquello que nos importa de verdad? El alegato demoledor de El trompetista (1950) de Michael Curtiz sirve como exposición de ese padecer; en un viaje al fondo de las frustraciones de quienes se guían a ciegas por el deseo de vivir a su manera, aunque sea, triste o felizmente, hasta las últimas consecuencias.

La película está basada libremente en la novela Young Man with a Horn (1938) de la escritora Dorothy Baker, donde narra la vida del cornetista Bix Beiderbecke: una de las figuras más importantes del jazz tradicional de Nueva Orleans durante los años veinte, quien falleció de forma temprana a causa de su adicción al alcohol. En la adaptación cinematográfica, esta historia está contada por el músico (y amigo cercano de Beiderbecke) Hoagy Carmichael, quien además tiene un papel secundario en la propia película como Willie ‘Smoke’ Willoughby. Sin embargo, el protagonismo central recae sobre un inmenso Kirk Douglas, aquí llamado Rick Martin, que mediante la fuerza de esa mirada lacrimógena, iluminada de una poderosa melancolía, es capaz de contagiar el entusiasmo vital que siente por la música. El resto del reparto es soberbio —especialmente si pensamos en Doris Day y Juano Hernández—, pero el rol de Lauren Bacall como Amy North, esa misteriosa psicóloga sufrida y solitaria, va más allá de lo pronosticable. No solo se trata de una de las primeras representaciones lésbicas en la historia del cine, sino que en su represión interior esta se muestra totalmente ajena a una exposición banal o arquetípica, a través de una interpretación consciente, depresiva e inducida en sí misma —de una forma casi esquiva o fantasmagórica que, a su vez, está llena de veracidad—; en una aparición que amplía por mucho la dimensión dramática del relato y convida a pensar en otras posibles lecturas.

Algo que quizá sí es posible intuir es que el film está cargado de imágenes sumamente sobrecogedoras, como aquella que se produce durante la primera separación entre Rick y Willie en una estación de tren. A través de un ‹travelling› de retroceso, el primero permanece quieto y dispuesto sobre el andén; mientras tanto, el plano se va abriendo progresivamente y se empieza a mostrar la noche y el vacío que hay a su alrededor. En este pronunciado movimiento y en la escala última del plano, el propio Curtiz anticipa al espectador de la circunstancia y la soledad que marcará su terrible porvenir, donde los clubs y bajos fondos de la ciudad se convertirán en el único escenario donde podrá exhibir su talento.

Si Rick Martin se ve relegado a tocar en estos entornos es precisamente porque en los ambientes nocturnos no debe seguir la imposición de partituras y arreglos que exigen los lugares de más caché. Este tipo de búsqueda instintiva, deliberadamente ligada a la reivindicación de espacios y culturas de extrarradio, conecta con la propia condición espiritual que arrastra desde el inicio, cuando él, de niño, descubre la música en el interior de una iglesia. En su primer contacto, la ilusión ferviente por haber dado con su propósito será el detonante de su futuro cometido, y su afán por ejercerlo mediante su incomprendida visión musical —improvisada y libre— lo terminarán conduciendo al desasosiego de comprobar una realidad ajena a su fascinación, donde incluso terminará por abandonar su misma pasión, en unos últimos minutos completamente devastadores.

A veces, este doble filo es muy peligroso, y los límites entre el entusiasmo y la dependencia son tan delicados como una mente torturada por la culpa. Sin embargo, si El trompetista quiere hablarnos de algo es precisamente de aquellos que, pese a todo, sí intentaron hacer algo diferente, en una impostura que se impone a la rectitud y el camino señalado y, en última instancia, aunque terrible, se permite abrazar la vulnerabilidad de quienes eligieron sentir e ir más hondo.

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