Hasta la montaña (Sophie Deraspe)

Hace un tiempo, estuve leyendo el libro El descontento de la escritora Beatriz Serrano. En él, se nos adentra en la vida y mente de una protagonista —Marisa— posiblemente depresiva y sufriendo de ansiedad frente a la desidia que siente hacia su puesto laboral. Aunque creo recordar que no se especifica, este trabajo gira en torno al ‹marketing›, la publicidad y la notoriedad online. Un trabajo, se podría decir, inventado para que los hijos de papá que han hecho un MBA en una Business School se coloquen y conozcan gente en un entorno donde parecer interesantes. Claro, en este caso, nunca se llega a especificar si Marisa es pija o no, pero parece haber llegado allí más bien por potra, cosa que también se da de vez en cuando, de rebote. Y claro, ese trabajo, que no tiene ningún valor real o humano y cuyo resultado es personalmente irrelevante (salvo que estés enamorado de ti mismo), a dicha protagonista no le llena y la acaba llevando por la calle de la amargura.

Pues bien, en Hasta la montaña, podríamos decir que su protagonista —Mathyas— empieza donde a la otra le habría gustado estar: fuera de esa obligación de tener que ir a trabajar, de ocupar ocho horas de lunes a viernes en una tarea alienante e insatisfactoria. Al contrario que Marisa, que vive enterrada en kilos de cinismo, Mathyas es todo ilusión y expectativas. Es un joven en busca de un trabajo que le defina, que, en lugar de sustentarle, represente la vida que quiere llevar, tanto dentro como fuera de la jornada laboral. Quiere ser pastor.

En términos cinematográficos, creo que este tipo de películas corren varios riesgos, aunque se podrían resumir en dos: pasarse o quedarse cortos. En este caso, sin embargo, creo que esa sensación dependerá en buena medida del espectador. Porque la directora y guionista canadiense Sophie Deraspe se muestra muy segura a lo largo de las casi dos horas de metraje. Realmente no hay muchos peros para los que sean seguidores de este tipo de películas; aquellos que gusten de paisajes bucólicos con una voz en ‹off› poética de vez en cuando, que disfruten de la compañía de los animales y de esa conexión con la naturaleza que te da escapar de la ciudad en un nuevo comienzo que transforma todo un viaje en algo muy personal, muy posiblemente saldrán encantados con la historia que nuestros protagonistas viven.

Sin embargo, en ese viaje se van yendo algunas cosas al garete. Quizás por un humilde afán de ser precisa o realista con el propio entorno, con la vida del pastor y con todo lo que hay alrededor. Deraspe, aunque su cámara no juzgue, no esconde todos los problemas de alcoholismo de los ganaderos, ni su misoginia o maltrato animal y mucho menos sus ansias de trabajar y de pagar en B, pues son cuestiones que representan a un segmento del sector que, formando ya parte de la naturaleza, en pocos casos muestra el deseo de liberarse del mundo consumista que sí pretende conseguir Mathyas. Porque Mathyas es lo que vulgarmente se conoce como un flipado, uno de escaso carisma, lo que ayudará a evitar que surjan nuevas personalidades basadas en él, como ocurrió hace años con Hacia rutas salvajes (Into the Wild).

Hasta la montaña persigue la épica poética del paisaje, pero es efímera porque rehúye profundizar en la dimensión casi delirante de la decisión vital de su protagonista. Está demasiado atada a la realidad, la cotidianidad y la falta de gracia. ¿De qué nos quiere hablar? ¿De cómo la naturaleza es vida? El hecho de empezar saltándose el drama anterior vivido por Mathyas impide que sintamos un cambio vital en él, aunque se bañe en pelotas en un río. En el fondo, da la sensación de que el viaje acometido no tiene una finalidad clara, más allá de la inicial (ser pastor y llevar una vida más o menos contemplativa y “de verdad”). Es como si la película quisiera enseñarnos algo, pero la historia apenas evoluciona, no hay trama y prácticamente todo lo que vemos gira en torno a una misma idea sin que aporte ningún fin al ciclo, un ciclo además obsesionado con culpar al lobo.

Que ese es otro tema, el de la ganadería extensiva liderada por reaccionarios armados, explotadores y victimistas. ¿Tengo yo que empatizar con agricultores franceses que mantienen una larga historia de conflictos contra la importación de productos agrícolas españoles? ¿Tengo yo que empatizar con los ganaderos franceses que a finales de 2025 y principios de 2026 bloqueaban el transporte en la frontera y protestaban contra la importación de carne? La verdad es que empatizo más con las ovejas, los perros y los lobos, cuyo enemigo común es el cazador que o bien abandona animales o sencillamente los asesina para después culpar al lobo. Yo, frente a esto, prefiero aportar un pequeño grano de arena al Fondo para la Protección del Lobo Ibérico y quedarme con la parte constructiva de Hasta la montaña, que, lejos de retratar una situación idílica, consigue que los hastiados por la alienación puedan soñar con pastos alpinos y siestas entre la hierba alta rodeados por el sonido de los cencerros.

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