Franz Kafka (Agnieszka Holland)

Agnieszka Holland, directora que nos contó la vida de un austrohúngaro ilustre en Charlatán (Jan Mikolášek), vuelve a los cines con otro ‹biopic› de un personaje de origen austrohúngaro, aunque esta vez de alguien ilustre a nivel mundial. Franz Kafka, escritor hoy recordado por la naturalidad con que se fue a nadar después de la invasión alemana de Polonia, es considerado un adelantado a su tiempo desde que murió, un «analista social capaz de predecir el devenir de la humanidad en la Europa del siglo XX» que destaca tanto por sus obras aún vigentes —como La metamorfosis o El proceso— como por una personalidad poliédrica que conocemos a través de la ingente correspondencia y los textos que dejó tras de sí.

En base a ellas y la reconstrucción de sus relaciones familiares y amorosas (que nos llevan a sus obras a su vez), Holland pretende contar la vida de Franz Kafka como si naciera de la propia mente del susodicho, algo que cinemáticamente suena bastante prometedor, aunque sufre de una muy extraña ambición, la de no decidirse por nada en concreto. Y es comprensible, porque la película pretende discutir, deconstruir y, de paso, interrogar al espectador sobre su propia necesidad de consumir la intimidad ajena, la de un escritor que, se estima, quemó el 90% de su obra durante su vida, una vida al parecer bastante centrada en la búsqueda del sentido de la existencia humana y del amor un poco atormentado. Quizás por eso, ese abarcar mucho, el resultado es algo extraño, a pocos ratos estimulante y a bastantes ratos inane o exasperante, oscilando entre la creatividad visual y una sensación de vacío disfrazado de profundidad.

La estructura funciona como un ‹collage› que mezcla fragmentos de la vida familiar, literaria y sentimental de Kafka que se intercalan con saltos al presente, visitas a su museo, guiños al turismo cultural y a la mercantilización del autor, pero con la expectativa de que los espectadores construyamos su discurso. Holland parece preguntarse qué hemos hecho con Kafka desde que murió: convertirlo en marca, en objeto de tesis, en ‹souvenir›, pero en el fondo su obra es un añadido más a todo ello, algo que seguramente no disfrutaría ningún fan del autor ni por supuesto el propio autor. La ironía, claro, es evidente, pero también lo es la paradoja: la película critica esa apropiación mientras participa de ella. De hecho, a veces parece más interesada en señalar el problema que en ofrecer una mirada del autor o del problema cultural (o de consumo) que lo trascienda.

En sus mejores momentos, la película capta algo esencial del universo kafkiano (había que poner el adjetivo aquí, pido perdón): esa sensación de que la realidad y el delirio comparten el mismo espacio. El absurdo en la puesta en escena, en la manera en que los personajes parecen atrapados en engranajes que no comprenden del todo, en imágenes que evocan la pérdida de dignidad, el control y la burocracia como fuerzas casi naturales. Pero esa lucidez no da para sostener sus dos horas de duración. La película está tan empeñada en ser muchas cosas a la vez —biografía, ensayo visual, comentario cultural, experimento formal— que acaba resultando, paradójicamente, difusa. Hay una sensación de sobrecarga de ideas y, al mismo tiempo, de falta de un núcleo emocional al que aferrarse.

En cuanto a su protagonista, el actor Idan Weiss encarna a Kafka con corrección y contención. No hay grandes excesos, pero tampoco una interpretación que termine de fijar al personaje en la memoria del espectador. El Kafka de Franz Kafka es más figura que hombre, más símbolo que presencia viva. Quizá sea una elección deliberada, coherente con la voluntad de hablar del mito antes que de la persona, pero a cambio la distancia emocional que hay entre él y nosotros congela la experiencia de su visionado. Menos mal que al menos la recreación de la Praga de la época resulta casi hipnótica en algunos tramos. Hay en la dirección de Agnieszka Holland un placer evidente por la composición y por las grandes estampas (¿alentando también ese turismo?), tanto diurnas como nocturnas, que convierten muchas escenas en imágenes dignas de ser contempladas por sí mismas.

Al final, Franz Kafka es como ese meme que dice «she is crazy, I love her»: la directora o los guionistas creen que visualmente hay mucha creatividad y está repleta de mensajes, pero la realidad es que el vacío es abundante para su excesiva duración. ¿Es eso un acierto dado el tema? Tal vez de forma irónica. Hay talento, hay imágenes memorables y hay una intención crítica más o menos clara. Pero también hay una sensación de que, detrás de tanto gesto creativo, el retrato de Kafka es lo de menos. Cine de autor menos imaginativo de lo que promete en su estructura.

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