
En un género tan saturado de propuestas de escaso interés como el ‹biopic› musical, El testamento de Ann Lee (2025) irrumpe como una fuerza disruptiva que expande los límites y posibilidades del género. Dirige Mona Fastvold, que co-escribe el guion con Brady Corbet, repitiendo así la dupla creativa de The Brutalist (2024) y su apuesta por el cine independiente de gran escala.
Como ‹biopic›, la primera elección notable es la de un personaje casi desconocido: Ann Lee, la religiosa inglesa que durante el siglo XVIII fundó los ‹shakers›, una rama de los cuáqueros de corte sectario. La propuesta narrativa puede parecer tradicional: seguimos a Ann Lee desde su infancia hasta su muerte, desde los primeros signos de su fe hasta su consagración como líder mística. Pero, si todo relato biográfico es una lectura parcial sobre una vida, Fastvold se niega a clausurar la suya. Concede a su protagonista tantas luces como sombras: Ann Lee es en ocasiones una mujer pionera con fuertes convicciones igualitarias y en otras una figura autoritaria, con ideas represivas, en torno a la que se organiza un culto. Ambas facetas no se contradicen sino que coexisten, y la película se resiste a ofrecer una interpretación final del personaje. En cierta medida, más que conocer a Ann Lee la vamos desconociendo. La narración comienza cercana a su punto de vista, pero se va distanciando de él a medida que su propia identidad se diluye en su figura pública. Como espectadores, vamos adoptando una postura cada vez más cercana a la de sus seguidores, para los que Ann Lee es una presencia que todo lo impregna pero imposible de mirar directamente; “la mujer vestida por el sol”, como la define la primera canción de la película. Aunque esta propuesta corre el riesgo de alienar a los espectadores en busca de certezas sobre el personaje y su legado, Ann Lee nos interpela en la medida en que permanece como un enigma.

Como musical, El testamento de Ann Lee hace de la música y el movimiento principios estructurales. La característica más reconocible de los ‹shakers›, y que les da nombre, era la expresión externa de su fe, ya que exorcizaban sus pecados a través de bruscas y repetidas sacudidas corporales. Es decir, que aunque (o precisamente porque) los ‹shakers› defendían de manera tajante el celibato, el cuerpo ocupaba un lugar central en su comunidad. A partir de esta peculiar expresión física de la fe, solo hacía falta llevar estas prácticas un paso más allá para convertirlas en coreografías. Los bailes nacen de los cuerpos agitándose y golpeándose a sí mismos; el canto, de los expresivos sonidos de desahogo y éxtasis religioso. Cada número musical se convierte en un ritual. Las composiciones musicales de Daniel Blumberg recorren el largometraje y le imprimen un ritmo constante, como un latido; destaca sobre todo el elaborado trabajo vocal, que prima las armonías y cacofonías corales que reproducen la comunión espiritual del culto. Esta banda sonora se combina con el sonido directo para enfatizar un carácter corporal, táctil, subrayado además por el rodaje en 35mm.
El testamento de Ann Lee sale de la pantalla con esta energía arrolladora, como un río que desborda los encasillamientos de género y estilo. También su protagonista desborda las categorías, permaneciendo en su misterio. El resultado es una propuesta de cine total, capaz de abrumar a parte de su público, pero cuya ambición exige verse en pantalla grande y debatirse en la conversación al salir de la sala.







