El agente secreto (Kleber Mendonça Filho)

Frente las expectativas volcadas en una película de esta envergadura y su respectiva recepción por los principales festivales y galas de premios —triunfando en Cannes y a la incertidumbre de los Oscars—, el reto de Kleber Mendonça Filho con El agente secreto (2025) era confirmar su vocación autoral con una obra mayor, en esa fugaz y ambigua consagración mediática que certifica a un cineasta más allá de los circuitos e intereses de una cinefilia devota. El vértigo presumible, asumo, era pensar en este como su trabajo más accesible, quizá menos molesto o incisivo, desde esa serie de síntomas comunes cuando un director más cercano a los márgenes presenta un proyecto con mayor ambición comercial. En esta ocasión, el resultado no solo soporta el peso de dicho desafío, sino que expande y configura un dispositivo que sigue dialogando con sus inquietudes previas, en una nueva exploración de Recife, su ciudad natal, como un espacio atemporal habitado por historias, recuerdos y fantasmas.

Esta relación con la propia memoria latente de la localidad está vinculada de forma subtextual con una narración más lineal, por lo menos durante su primera mitad, donde Kleber Mendonça Filho juega con unos códigos “hitchcockianos” y una serie de tropos próximos al cine de espionaje y fugitivos de los años cincuenta y sesenta. Sin embargo, el planteamiento se sitúa en el Brasil de 1977, donde un hombre llamado Marcelo —un inmejorable Wagner Moura— huye de un pasado que lo persigue. El conflicto central es anticipado en una primera secuencia tan brillante como alegórica, donde el protagonista se detiene en medio de la nada a repostar gasolina. En este escenario intervienen varios elementos de interés; por un lado está la tensión con el encargado del estacionamiento y un cadáver que, según el primero, lleva allí varios días muerto ya que este intentó robarle y nadie ha venido a buscarlo, solo unos perros callejeros que se acercan para comérselo. Por el otro lado está la aparición de dos agentes federales que, para sorpresa de todos o de nadie, ignoran el cuerpo y solo buscan extorsionar al conductor con el objetivo premeditado de robar algo de dinero o valor. En esta primera y delirante situación, el filme ya advierte de cómo sucederá su desarrollo y el tipo de constructos sociales que rigen los tiempos convulsos que expone. No obstante, lo más notable de esto es la forma que emplea el director para suscitar y acentuar dichas tensiones, en un trabajo de puesta en escena tan clásico como estimulante.

Más allá del dominio de una factura prodigiosa al servicio del texto, el primer sello autoral que genuinamente distingue la película resulta en una leve aunque evocadora decisión de montaje, una vez que Marcelo retoma su camino por carretera y este es mostrado mediante una serie de transparencias que superponen una imagen borrosa e imprecisa del mismo. Esta dispersión sirve como exposición futura de una identidad atravesada, pues más adelante el espectador comprenderá que Marcelo es un nombre en clave que el protagonista utiliza para proteger su verdadera identidad. Su cometido principal recae en el intento por transmitir lo acontecido durante su pasado, y es ahí donde el filme rezuma su cualidad expeditiva como un ejercicio de memoria histórica, mostrando sus interrogantes para ver cómo esta puede o debe ser interpelada. Resulta sorprendente, pues, descubrir cómo la acción se detiene sin ningún tipo de reparo para presentar otra a tiempo presente, donde dos historiadoras escuchan unas grabaciones de audio referentes a aquello que le sucedió al protagonista —en unas cintas que, minutos después, se verá cómo son grabadas—. Esta narración desde distintos tiempos —donde tienen cabida ‹flashbacks› precisos o ensoñaciones delirantes—, servirán al relato como mapa conceptual de un retrato confuso que se pretende completar, en una observación del prisma total que se va enriqueciendo a medida que va encajando cada una de sus partes.

Como ya sucedía en Retratos fantasma (2023), su anterior trabajo, en esta manera de aproximarse al pasado existe la intención de una mirada comprometida y activamente política, que del mismo modo que resiste desde una comunidad de personajes perseguidos —bajo la protección de la antológica Tânia Maria como Doña Sebastiana—, la forma cinematográfica que emplea sobresale a cualquier esquema presumible en una voluntad, por si quedaban dudas, eminentemente antifascista. Esto cobra especial fuerza en otra secuencia tan bella como mundana, cuando todos los inquilinos de dicho refugio se reúnen y comparten con reservas y desconfianza sus verdaderos nombres, profesiones u anhelos. En este intento por asumir de nuevo su sinceridad radica la misma posición del director, situando en primer término a estos personajes que se han visto obligados a vivir apartados, en los márgenes de la sociedad, destacando su independencia como colectivo y haciendo por resaltar su dignidad e integridad humana.

En su desarrollo, El agente secreto se descubre, en última instancia, como una historia profundamente emotiva, sobre todo por lo que concierne a la relación de Marcelo con su hijo, que debido a la circunstancia del primero, no pueden estar juntos. Sin desvelar cómo sucederán los acontecimientos siguientes, es deslumbrante la decisión de volver a Wagner Moura para interpretar a su hijo una vez este ya es un adulto, en un tipo de relevo generacional que resigue el legado del mismo. Sin embargo, esta transfusión interpretativa y espiritual va más allá: porque el cineasta no solo pretende guarecer la herencia de su protagonista utilizando al mismo actor, si no que también mira al paisaje y su progresiva configuración urbana, en una radiografía de Recife y la memoria que impregna su arquitectura; destacando una última idea tan simple como llena de pasión, cuando explica que el propio cine —como barricada y centro neurálgico de la película— se ha convertido, años después, en un hospital.

Pocos cineastas contemporáneos expresan su devoción al séptimo arte como Kleber Mendonça Filho. Ya sea mediante el documental o una ficción al uso, el director tiene esa capacidad tan única de contagiar la verdad en la que propone creer: en el poder genuino de las imágenes como un material capaz de rehacer, resistir y edificar una historia perdida. Y aunque títulos como Doña Clara (2016) o Bacurau (2019) ya certificaron este cometido, El agente secreto es, sin lugar a dudas, su obra más absoluta y rotunda, con una sensibilidad y un discurso que rivalizan ante la distancia de quienes creen en el cine como mero entretenimiento equidistante. Esto es otra historia y esta aspira hacia su trascendencia.

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