Clorofilla (Ivana Gloria)

Ojos azules, pelo verde y la determinación de quien elige hacer algo espontáneo sin expresar algún tipo de duda. Parece que Maia tiene las riendas de su vida bien atadas, pero es solo una estimulante fachada con la que Ivana Gloria se permite fabular sobre las ideas de pertenencia, de madurez y de encontrar su lugar en el mundo en Clorofilla, un nuevo debut en la dirección inspirada en las ‹coming of age› adultas.

Un ‹affair› impetuoso y no tan atractivo como cabría esperar domina el inicio de Clorofilla, como excusa y futura recapitulación para que la protagonista deje de lado una gran ciudad cualquiera italiana por un recóndito pueblo de montaña donde ganarse la vida con el esfuerzo más metódico. Recolectar naranjas es un motivo como otro cualquiera para juntar a dos almas errantes y compartir la idea de no-lugar. Ivana Gloria tiene clara la historia que quiere contarnos es una sencilla y certera, así que se entretiene en combinar cromáticamente cada una de las escenas donde van a habitar Maia y Teo, su nuevo jefe, un joven también “bonito” y con pocas ganas de convivir con el resto de la sociedad, que sabe ver a través de los gestos (y olores) de Maia que algo no encaja en ella.

Esa sencilla historia va de conocerse y reconocerse en el entorno, pero el proceso de Maia va más allá del pelo teñido como símbolo, la convierte en una extensión de la naturaleza que debe aceptar sus diferencias para poder abrazarse a sí misma. En cierto modo es interesante esa forma tan extremada y extrovertida que forma parte de Maia, no como escudo para no darse a conocer sino como síntoma de personalidad más allá de su mundo interior. También es curiosa la decisión de encontrar a su compañero para este camino de autoconocimiento en una persona que se niega a expresarse y que de tan misterioso queda como un cuerpo vacío de contenido más allá de alguna escena de intimidad (dialéctica) entre ambos. En su intento de elevar la imagen enigmática y confundida de Maia, el resto de personajes son meros accesorios que combinan con su ropa colorida y sus estados de ánimo.

La gracia en Clorofilla, dado su título tan directo, es toda la mitificación de la naturaleza y la compenetración con la misma tierra para sentir. La película es un cuento de hadas bucólico que se intenta adaptar a la actualidad, dando pie a escenas de buscada belleza y colorido junto a otras donde anclar la expectativas a la realidad. Al final, un cuento de adultos no implica la felicidad plena. Maia, en otro contexto, sería una especie de musa que desconoce su potencial llegada a un campo de naranjas para inspirar a los hombres que habitan esa tierra, pero en manos de la directora es más una plasmación de sus propias experiencias convertidas en una colección de estampas policromáticas llenas de plantas, flores y aromas que no alcanzamos a olisquear.

Quizá por ser una primera película falta algo de cohesión entre escenas, diálogos y personajes, pero Ivana Gloria es capaz de focalizar su imaginario en algo más que un típico despertar en el mundo de los adultos. A su grito de aceptación le acompaña la dedicación y elegancia a la hora de encuadrar luminosamente la evolución de su protagonista, a la que se le agradece su espontaneidad, dando pie a que sea algo más creíble esa pasión inconfesable por la naturaleza, que volatiliza, una vez más, esa necesidad de encajar en la sociedad para sobrevivir. En eso todas deberíamos estar de acuerdo: encajar está sobrevalorado.

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