Cuando el 28 de abril de 2025 tuvo lugar el apagón eléctrico en la península ibérica, además de tener la potra de estar teletrabajando en vez de en la oficina, recuerdo que una de las primeras cosas que hice fue ponerme la radio del móvil con auriculares para entrar de lleno en la frecuencia modulada. Antes de eso, claro, abrí el cuadro eléctrico de casa para comprobar si era cosa mía, asomé el ojo a través de la mirilla de la puerta para ver si en el rellano había luz y me puse a mirar y escuchar por la ventana.
En ese transcurso de media hora de paseos previos a ponerme la radio, vi y escuché a la vecina salir de su casa, llamar al ascensor y cagarse en la mierda de edificio en el que vive antes de bajar andando las escaleras, escuché a vecinos del barrio hablando en alto desde todos los escasos rincones que atisbo desde el piso, donde las ventanas de otros pisos emitían sonidos que también formaban parte de la conversación. Se decían, unos a otros, desde cielo y tierra, que la electricidad se había ido, que algunos todavía tenían acceso a internet en el móvil, pero casi nadie les leía sus mensajes.

En aquel momento, cuando ya entré de lleno en la radio, pero sobre todo en los días posteriores, recuerdo cómo esta, a través de sus presentadores y colaboradores, destacaban el poder de la radio, ese medio algo olvidado que se mantiene y se adapta a todas las circunstancias desde que nació y vio que otras tecnologías le ganaban ciertos terrenos. Aunque en parte todos esos discursos se podían sentir algo exagerados, el hecho de que estuvieran dando información a toda España donde nadie más podía es innegablemente cierto. La información, la atención, la preocupación por la incomunicación, estuvo concentrada en el sonido. El de la radio, el de los vecinos.
Como persona que despierta o duerme poco porque en su cabeza casi siempre suena una puta canción —perdón por la palabra, pero a medida que me hago mayor cada vez me hace menos gracia este cerebro—, que escucho música todas las mañanas ya sea de camino al trabajo o para estar en casa, el sonido es felicidad, compañía y, por qué no, también reflexión. Tal vez porque te acompaña mientras andas, mientras no haces “nada más”, cuando lo que haces es tan habitual que se convierte en mecánico —hola, ducha; hola, escribir—. Es, cuando se transmite a través de la tecnología, mágico aunque no lo sea en absoluto, y quizás de todo eso nos quiera hablar Ana Endara Mislov en La felicidad del sonido (2016).

Está claro que en sus 60 minutos de metraje hay una buena parte de contexto que me es desconocido, pero el discurso que surge de las imágenes y las reflexiones asociadas al sonido es muy vívido más allá de lo sensorial, destacando sobre todo cómo tanto los seres vivos como los aparatos tecnológicos los recogen y los interpretan. Sin apenas darse importancia, como si de un homenaje se tratara, los sonidos y sus guardianes vienen y van como debatiendo entre ellos, en esa vibración en el aire, una vibración invisible. Un viaje sensorial sobre la naturaleza, la vida en comunidad, la soledad y el silencio que forman parte del sonido que ocupa esos espacios.
La felicidad del sonido es, sobre todo, un documental entrañable que recoge, como los etnomusicólogos hacían antiguamente por los pueblos perdidos de cualquier país, las tonalidades de un lugar y las personas que lo habitan en un blanco y negro impoluto. Y, como tal, muy abierto a la interpretación y poco dado a la concreción del propio discurso, dejado de la mano de cada uno de sus protagonistas. No soy capaz, aunque me lo expliquen, de entender al 100% cómo funciona la recogida y transmisión del sonido a través de una radio o cualquier otro aparato similar, pero agradezco su existencia porque su mera presencia es capaz de alejarte de la soledad, de acercarte a la conversación y, en el fondo, creo que eso es algo que se pretendía hacer con esta película.






