Scarlet (Mamoru Hosoda)

Tal vez pudiera parecer precipitado intentar reconocer una idea de voluntad autoral en los primeros trabajos de Mamoru Hosoda, sobre todo si se tiene en cuenta que estos ya estaban sujetos al imaginario de otras ficciones más extensas y ajenas al mismo. No obstante, y a diferencia de otras entregas, es innegable destacar el colorido sello estilístico del director al interpretar el vasto mundo de Eiichirō Oda en la notable One Piece: El barón Omatsuri y la Isla Secreta (2005). Pero retrocediendo, es alucinante comprobar cómo sus principales intereses temáticos e iconográficos cobran sentido desde la excelsa Digimon Adventure: ¡Nuestro juego de guerra! (2000), donde comprimía una trepidante cuenta atrás en un mediometraje que conectaba su fijación por las realidades alternas y los nuevos lenguajes vinculados a internet y el cambio de milenio. Desde aquel momento, la visión del responsable de La chica que saltaba a través del tiempo (2006) o Mirai, mi hermana pequeña (2018) estaría determinada por el recuerdo de dichas sensibilidades, que mediante su consiguiente evolución y en sus distintas variaciones terminarían confirmando su autoría como uno de los nombres más representativos de la animación japonesa y mundial.

Scarlet, su última película, intenta sintetizar sus inquietudes previas en un proyecto, en apariencia, menos inspirado que otras veces, aunque este es igualmente estimulante si se toma en perspectiva la relación con su obra anterior. En esta ocasión, Hosoda presenta una especie de limbo entre la vida y la muerte; un paisaje desértico y hostil que alberga una colisión de tiempos y personajes variopintos. La protagonista, cuyo nombre da título al film, es una princesa que proviene de un medievo indeterminado, acomodada en una vida de palacio que vio truncada su posición cuando el rey fue asesinado y esta, en su intento de venganza frustrado, también. Es en este “no-lugar” donde conoce a Hijiri, un ambulanciero que, a diferencia de Scarlet, parece adoptar un carácter mucho más compasivo y luminoso con su nueva realidad. Como si de un cuento moral se tratase, la relación entre ambos aflorará en un ejercicio de aprendizaje vital donde el director vuelca su visión ‹en pos› de encontrar una respuesta más positiva e inspirada —quizá, para algunos, ilusa o cursi—, ante las injusticias de nuestro mundo, ya sea en pasado, presente o futuro.

Antes de ahondar en dichas cuestiones y en cómo son abordadas, cabe señalar la apuesta estética sobre la que se construye gran parte de este relato, donde toma el relevo de la arriesgada y apasionante Belle (2021), que ya supuso un cambio sustancial respecto a títulos pasados. Porque, aunque anteriormente ya había tanteado con la animación por ordenador, no fue hasta aquel entonces que decidió corresponder su pleno uso para delimitar la realidad de lo virtual por medio de ese cambió de ‹look›, marcando la diferencia entre ambos a través de dos modelos creativos diferentes. Aquí el empleo es el mismo pese a no tratarse necesariamente de un espacio vinculado a un escenario digital, pero la cualidad desprendida de dicho limbo remite y justifica lo pertinente de su elección, que con sus virtudes y defectos —presumibles en un sinfín de animes fallidos que han implementado su uso—, este termina dotando de personalidad a un conjunto tan lúcido y espectacular como, por momentos, impostado y vacío.

Sin embargo, es innegable no creer en las imágenes a las que aspira. En ese sentido, está más que claro que Mamoru Hosoda busca llegar a un absoluto; en una idea ambiciosa que va más allá de los dilemas de la frontera digital o de la herida imborrable sobre el núcleo familiar —elementos también presentes—, sino que busca hablar sobre la vida y la muerte y su razón de ser, en un discurso voluntariamente catártico y shakesperiano. Ahí es donde rezuma, quizá, su verdadera integridad; en un debate sobre el porqué de la existencia, buscando la raíz para deshacerse de su complejidad y rodeos, dando lugar a una especie de cumbre (literal) o depuración de una vida y obra basada en su perpetua interrogación. Las respuestas a las que llega, aunque parezcan ligeramente banales o insatisfactorias, no quitan mérito al valor de su hazaña, que se nutre más de su evocación que de sus enunciados.

Esto último viene determinado por una imagen que me obsesiona y a la que regresa en varios momentos, donde un dragón gigantesco sobrevuela los cielos de ese espacio sin nombre. Pese al significado ligado a su valor simbólico o conceptual —véase entendido o ignorado desde muchas lecturas probables—, el cuadro cinematográfico de la propia Scarlet viendo a la criatura en la lejanía potencia lo desmesurado de su dimensión existencial, en una mirada que evoca, como mencionaba, la grandeza de su propuesta; en esa idea transversal sobre lo que nos ampara y condena a todos por igual —del mismo modo que sugiere el origen indeterminado de su espacio de acción—. En esta grandilocuencia, inevitablemente exagerada y lacrimógena, el director pretende congeniar su sinceridad más honda y sentida, en unos últimos minutos que ambicionan el éxtasis y el clímax de sus mejores películas.

Por ende, ¿es Scarlet la obra definitiva de Mamoru Hosoda? Probablemente no, pero el tiempo decidirá cómo situar su recuerdo —debo admitir que he desarrollado mi entusiasmo progresivamente, desde que pude verla hace unos meses en el marco del Festival de Sitges—, lo único que deseo, antes y ahora, es que este creador no cese en su ambición por ir todavía más lejos. Sí que creo, y eso es evidente, que aquí suscribe un trabajo que realza su importancia si se pone en paralelo el conjunto de su filmografía, demostrándose como un autor que continúa en debate con sus pasiones e inquietudes, ya sea desde la inesperada inocencia e ilusión que supuso su primer Digimon hasta la madurez y las dudas que serpentean la incertidumbre de nuestro presente y futuro.

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