Abismos del alma humana

La reina de las nieves, el cuento clásico de Hans Chistian Andersen, comienza con un espejo mágico, creado por el mismísimo diablo, que tiene la capacidad de distorsionar el reflejo de la belleza y la bondad para convertirla en fealdad y crueldad. La rotura accidental del engendro y la expansión de miles de pedazos por todos los confines de la tierra, consigue transformar el corazón y las miradas de todos los pobres desgraciados a los que alcanza, convirtiéndolos en cruentos trozos de hielo. Esa impiedad trágica es la que trastoca la vida placentera de los niños protagonistas del escritor danés, hasta que el amor de una por el otro consiga vencer el hechizo de la temida reina blanca.
Sobre estas premisas conocidas, supuestamente dirigidas a una audiencia infantil y su sencillo orden de valoración del mundo, la directora francesa Lucile Hadžihalilović ha conseguido engarzar una ficción adulta hendida de los claroscuros más perturbadores del alma humana. Sustentada en la presencia deslumbrante y arrebatadora de Marion Cotillard, con la que Hadžihalilović ya había trabajado en aquella fábula misteriosa y siniestra que fue Innocence (2004), sobre un internado para niñas dominado por la rígida directora encarnada por la estrella francesa, y donde ya se evidenciaban algunas de las líneas maestras del cine de la directora, retorna ahora a esos universos femeninos y a los relatos infantiles más clásicos, con toda la carga siniestra que encierran. Casi podríamos considerar la nueva hermosa propuesta de Hadžihalilović, más de dos décadas después de la primera colaboración entre ambas artistas, como una continuación más tenebrosa de aquella claustrofóbica institución educativa, que eleva la estilización de su puesta en escena hasta una cima genuinamente portentosa.

En La torre de hielo, el relato de Hans Christian Andersen se recita desde el comienzo, en la triste soledad acompañada de una adolescente huérfana, Jeanne (Clara Pacini), que malvive en la pobreza de un hogar triste. Nos situamos en los años setenta del siglo pasado. Y Jeanne no puede refrenar el deseo de huir de su casa en las montañas para marcharse a la ciudad. Allí, sola y sin recursos, en permanente estado de ansiedad respecto a los hombres, que percibe siempre como amenazantes peligros, intenta encontrar ayuda en una chica que patina sobre hielo; y finalmente en la mismísima reina de las nieves, que la protagonista vislumbra desde la clandestinidad, entre puertas semicerradas, casi como una ensoñación imaginada —inolvidable es la estampa de la Cotillard encumbrada por esos ropajes blancos y brillantes, ese cabello blanco, y su mirada hipnótica— cuando se ha refugiado en un local una noche. Pronto descubrimos que aquella presencia inverosímil, gélida y fascinante, es una estrella de cine, Christina Van den Berg, y que la joven se ha cobijado en el ‹set› de rodaje de una película sobre el renombrado cuento decimonónico —destaquemos aquí la presencia del mismísimo Gaspar Noé, compañero de vida de la directora, en el papel del obsesivo director del film—.

A partir de aquí, deslumbrada Jeanne tanto por el mágico ejercicio del cine como por la mujer que tiene ante sí, irá adentrándose en la película, ocupando primero el lugar de un extra y finalmente un papel más protagónico —tampoco se pueden olvidar las sucesivas secuencias que llevan a la recién llegada a conseguir el papel de otra joven actriz aterrorizada por su poderosa compañera de reparto; esos besos voraces al cuervo negro maldito no pueden ser más elocuentes—. Hadžihalilović se desenvuelve con absoluto dominio en ese terreno ambiguo, plagado de equívocos, invadido por una cierta perversión —por ejemplo, Jeanne se presenta ante diva como Bianca, que en italiano representa la pureza, la blancura—, y juega con los anhelos y los terrores de sus personajes, también desde una óptica analítica certera sobre los entresijos de las relaciones de poder, hasta el punto de que no sabemos si, en la figura de la actriz madura, la joven ve a la madre que no tiene o a alguien a quien desear sexualmente, y a la inversa. La nieve, el hielo, los tallos vidriosos de una piedra preciosa rabada del vestido omnipresente y el cine dentro del cine, le permiten también a la directora estilizar ese imaginario de cuento, alcanzando momentos de una extrema belleza y fascinación. La película discurre por un espacio cinematográfico entre Eva al desnudo, la obra maestra extraordinaria de Joseph L. Mankiewicz; El espíritu de la colmena, otra obra inconmensurable, de Víctor Erice; o Las zapatillas rojas, de los excepcionales “arqueros” británicos Michael Powell y Emeric Pressburger —esta última, es referenciada explícitamente mediante un cartel que cuelga en la pared del set—: y en algunos momentos, por su tratamiento de los escenarios reales como decorados de cine, parece evocar también a la ciudad de El gabinete del doctor Caligari, de Robert Wiene.

Por mi parte, debo destacar especialmente la sensorial estética que la cineasta consigue en la combinación de la coloración y la iluminación de sus escenas, contraponiendo las tonalidades frías, blancas, azuladas, luminosas, con las ocres y rojizas, o prácticamente negras durante los pasajes nocturnos; en mi sensibilidad alcanzan un preciosismo apabullante. Tampoco puedo dejar de lamentar que una película de este calibre, valedora del Oso de Plata a la contribución artística en el Festival Internacional de Cine de Berlín y del premio Zabaltegi-Tabakalera en el Festival de San Sebastián, no se haya podido estrenar comercialmente en nuestro país. En cualquier caso, es de agradecer que la plataforma Filmin la haya puesto a disposición este fin de semana. Una lástima inmensa, y un síntoma inequívoco de cómo esta el percal cuando se trata de obras tan preciosas, delicadas y especiales, tan bien elaboradas desde una perspectiva artística, como la de Hadžihalilović. Para mi, desde ya mismo, una de las mejores películas del año.

«El Cine es más hermoso que la vida.»





